CAPÍTULO 29 — CRISIS PERSONAL
La excavación de la cantera estaba prevista para el lunes.
Marina no llegó al domingo sin pagar el precio de haber llegado tan lejos.
Al salir de su edificio a las siete de la tarde, encontró la puerta del coche abierta.
No recordó haberla dejado así.
Se detuvo.
El instinto le dijo que no se acercara.
Entonces escuchó un ruido detrás.
Se giró demasiado tarde.
Una mano la empujó contra la pared del garaje.
El golpe le vació los pulmones.
Un hombre con gorra y mascarilla intentó arrebatarle el bolso.
Marina se aferró.
—¡Suéltalo!
El hombre la golpeó en las costillas.
El bolso cayó.
Él lo abrió, sacó el portátil y el sobre donde Marina llevaba copias impresas de sus notas.
—¿Quién te manda?
No respondió.
Marina intentó verle los ojos.
El hombre la empujó otra vez.
Su cabeza chocó contra el lateral del coche.
Cayó.
Antes de perder la conciencia, escuchó una frase.
—Te dijeron que pararas.
Despertó en urgencias con seis puntos sobre la ceja, dos costillas fisuradas y Salvatierra sentado junto a la cama.
Parecía furioso.
—No empieces —dijo Marina.
—Ni siquiera has abierto bien los ojos.
—Conozco esa cara.
—Te podían haber matado.
—Pero no lo hicieron.
—Brillante observación clínica.
Marina intentó incorporarse y se arrepintió.
—Se llevaron el portátil.
—Sí.
—Mis notas.
—Sí.
—¿El cuaderno?
—Está en custodia policial.
Marina respiró con alivio.
—La grabación también —añadió él—. No has perdido las pruebas importantes.
—Entonces ¿qué buscaban?
—Puede que no lo supieran.
Salvatierra dudó.
—Hay otra cosa.
—Qué bien.
—Te han suspendido preventivamente de toda actividad forense hasta que se resuelva la queja.
Marina cerró los ojos.
Aquello dolió más de lo que esperaba.
Había dedicado doce años a construir una carrera basada en algo simple: no convertirse en protagonista de los casos de otros.
Había fallado.
Tal vez por buenas razones.
Seguía siendo un fallo.
—¿Y tú?
—Me han retirado temporalmente de la dirección del caso por filtraciones y por tu participación no autorizada.
Marina abrió los ojos.
—Lo siento.
—No lo digas.
—Es culpa mía en parte.
—Es culpa de quien mató a un hombre y lleva dieciocho años enterrando pruebas.
—No es lo mismo.
—No. Pero no voy a hacerle el favor de confundirlo.
Al día siguiente, Pilar llamó.
Elena sería trasladada a una unidad protegida cuya ubicación no conocería la familia extensa. Había aceptado.
—Pregunta por usted —dijo Pilar.
Marina miró el vendaje reflejado en la ventana.
—Dígale que estoy bien.
—Quiere verla.
—No puedo.
—¿Porque se lo han prohibido?
—Porque quizá ya he cruzado demasiadas líneas.
Pilar guardó silencio.
—Marina, mi hija lleva dieciocho años dejando que otras personas decidan por ella lo que es seguro. No haga usted lo mismo.
La frase quedó en el aire.
Esa tarde, Marina recibió un sobre entregado por mensajero.
Sin remitente.
Dentro había una copia de la página de Sofía y una nota escrita por Elena.
NO NECESITO QUE ME SALVES. NECESITO QUE ME CREAS CUANDO HABLE.
Marina leyó la frase varias veces.
Después llamó a Salvatierra.
—Tengo una idea.
—No.
—Ni siquiera la has escuchado.
—Conociéndote, ahorro tiempo.
—Julián cree que la página original es lo único que puede demostrar que Sofía no huyó. Cree también que Elena sabe dónde estaba escondida.
Silencio.
—Sigue.
—Hagámosle creer que Elena va a entregarla públicamente.
—La policía ya tiene la página.
—Él no sabe si existen más.
—¿Quieres usar a Elena como cebo?
Marina cerró los ojos.
Álvaro había hecho exactamente eso.
—No. Quiero preguntarle qué quiere hacer ella.
—Estás suspendida.
—Y tú apartado.
—Gran equipo.
—Salvatierra.
Él suspiró.
—Si Elena decide participar por voluntad propia, necesitaremos fiscalía, vigilancia y un plan que no dependa de improvisar.
Marina miró la nota.
Por primera vez, el último movimiento no podía diseñarlo ella sola.
Tenía que pertenecer a Elena.
—De acuerdo.
—¿Eso significa que por una vez vas a escuchar?
—No abuses del momento.
Marina colgó.
Había perdido temporalmente su trabajo, su acceso oficial al caso y una parte de la seguridad con la que había entrado en aquella historia.
Pero el punto más bajo tenía una ventaja extraña.
Ya no podía fingir que controlaba nada.
Solo podía elegir qué estaba dispuesta a arriesgar.
Y esta vez, la decisión final no sería suya.