CAPÍTULO 28 — LA ALIADA INESPERADA
Inés Salas abrió la puerta con el mismo gesto de sospecha que había tenido en las fotografías de adolescente.
Tenía treinta y cinco años, cabello corto y una alianza de plata. Detrás de ella se oía a un niño viendo dibujos animados.
—¿Elena está viva? —fue lo primero que preguntó.
Marina y Salvatierra se miraron.
—Sí —respondió Marina.
Inés cerró los ojos.
—Entonces entren.
No necesitó que le explicaran demasiado.
Había visto las noticias sobre Álvaro. Había visto el nombre de Julián aparecer y desaparecer en artículos digitales. Sabía que tarde o temprano alguien llamaría a su puerta.
—Sofía me dio una carta —dijo antes de que Marina preguntara.
—El día antes de desaparecer.
Inés asintió.
—Me dijo que no la abriera salvo que ella no apareciera al día siguiente.
—¿La abrió?
—Sí.
—¿Qué decía?
Inés se levantó.
—Todavía la tengo.
Subió al piso superior y regresó con una caja metálica. Dentro había fotografías, entradas de conciertos, pulseras y un sobre amarillento.
En el frente: Para Inés. Solo si no vuelvo.
Salvatierra se puso guantes.
—Necesitamos documentarlo antes de abrirlo otra vez.
—Lo he abierto cientos de veces —dijo Inés.
—A partir de ahora importa cómo lo hagamos.
Dentro había dos hojas.
La letra era la misma del cuaderno original.
Sofía había escrito:
“Inés: si estás leyendo esto, algo ha salido mal. No quiero que piensen que me escapé sola. Quiero irme de San Román, sí, pero con Elena. Su padre sabe lo nuestro y nos está amenazando. Diego se lo contó a Adolfo y desde entonces todo ha empeorado. Mañana voy a ver a Elena en el embarcadero. Si no vuelvo, habla con mi madre y enseña esto a alguien que no sea Adolfo.”
Marina sintió un dolor seco en el pecho.
La segunda hoja era más corta.
“Hay dos billetes para Madrid. Si aparece solo uno o dicen que iba sola, están mintiendo.”
Salvatierra dejó la carta sobre la mesa.
—¿Por qué no la entregó?
Inés miró hacia la ventana.
—Lo intenté.
—¿A quién?
—A Carmen. Fui a su casa dos días después. Julián estaba allí.
Marina se quedó inmóvil.
—¿Qué ocurrió?
—Me vio con el sobre. Preguntó qué era. Le dije que nada. Después me siguió hasta mi casa.
—¿La amenazó?
—No directamente. Me dijo que Sofía se había marchado y que Elena estaba destrozada. Que no ayudaba alimentar rumores. Luego dijo que mi padre podía perder el contrato de transporte que tenía con el ayuntamiento.
—¿Y usted calló?
Inés asintió, con vergüenza.
—Tenía diecisiete años.
Marina pensó en Diego diciendo casi lo mismo.
—Después fui a Adolfo —continuó Inés—. No le enseñé la carta. Le dije que Sofía me había contado que tenía miedo de Julián. Adolfo me dijo que estaban investigando todas las hipótesis y que yo estaba confundiendo una pelea familiar con una desaparición.
—¿Nunca se lo contó a Carmen?
—Años después. Cuando Julián ya no podía hacer nada con el trabajo de mi padre.
—¿Qué dijo ella?
Inés miró a Marina.
—Que prefería no saber más si no había pruebas.
Aquello sorprendió a Marina.
—¿Carmen Ledesma no quiso la carta?
—No era que no quisiera. Estaba rota. Había pasado años esperando. Creo que temía que una nueva esperanza la matara.
Inés respiró hondo.
—Pero hace tres semanas me llamó Álvaro.
Salvatierra levantó la cabeza.
—¿Cómo consiguió su número?
—Elena se lo dio.
—¿Le habló de la carta?
—Sí. Me pidió una copia. Se la envié escaneada.
—¿Por qué no tenemos ese archivo?
—Usó una cuenta cifrada. Dijo que no quería dejarlo en su correo habitual.
—¿Le dijo algo más?
Inés asintió.
—Que Elena recordaba haber visto a alguien sacar a Sofía del canal.
Marina sintió que el aire cambiaba.
—¿A quién?
—No lo sabía. Elena solo recordaba luces y dos hombres. Álvaro creía que uno era Adolfo.
—Eso ya lo sabemos.
—Hay más.
Inés abrió la caja y sacó una fotografía Polaroid.
Mostraba la antigua cantera desde un camino elevado. En una esquina se veía un cartel de la empresa Varela y, junto al pozo, una estructura de hormigón.
—Mi padre trabajó allí —dijo Inés—. Esa estructura era un depósito de drenaje. Cuando rellenaron el pozo, no lo llenaron entero. Sellaron primero una cámara lateral.
—¿Una cámara? —preguntó Salvatierra.
—Sí. Mi padre siempre decía que habían enterrado media cantera sin inspeccionarla porque Julián tenía prisa por empezar la obra.
Marina miró la fotografía.
—¿Puede señalar dónde estaba esa cámara?
Inés tomó un bolígrafo.
Marcó un punto.
Aquello era lo que faltaba.
No una confesión.
Pero una ubicación precisa dentro de un terreno enorme.
Salvatierra sonrió por primera vez en días.
—Con esto y la carta, el juez nos dará la orden.
Inés cerró la caja.
—Si encuentran a Sofía, quiero estar cuando se lo digan a Carmen.
Marina asintió.
Cuando salieron, Salvatierra ya estaba hablando con fiscalía.
Marina miró la carta dentro de la bolsa de evidencia.
Sofía había hecho exactamente lo que todos dijeron que no había hecho.
Había dejado una señal.
El problema no era que nadie pudiera haber conocido la verdad.
Era que demasiadas personas habían tenido razones para no escucharla.