La chica que no habla CAPÍTULO 27 — ELENA EN PELIGRO
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CAPÍTULO 27 — ELENA EN PELIGRO

El intento de trasladar a Elena ocurrió a las cuatro y veinte de la madrugada.

Dos hombres con uniformes sanitarios llegaron al Hospital Santa Irene con documentación aparentemente correcta. Presentaron una autorización firmada para trasladarla a la Clínica Los Pinos.

La enfermera de noche llamó al médico de guardia porque el horario le pareció extraño.

La Clínica Los Pinos confirmó que no esperaba a ninguna paciente.

Para entonces, uno de los hombres ya estaba en la habitación de Elena.

La enfermera entró y lo encontró junto a la cama, sosteniendo una jeringa.

Él dijo que era un sedante para el traslado.

No había ninguna medicación prescrita.

La enfermera gritó.

El hombre huyó por la escalera de servicio.

El segundo desapareció antes de que seguridad bloqueara la salida principal.

Marina recibió la llamada de Mendieta a las cinco y siete.

Cuando llegó, había policías en cada acceso.

Elena estaba despierta, sentada en la cama, con una manta alrededor de los hombros.

Pilar lloraba junto a la puerta.

—¿Le inyectaron algo? —preguntó Marina.

—No —respondió Mendieta—. La enfermera llegó antes.

—¿Qué había en la jeringa?

—La dejó caer. La están analizando.

Salvatierra apareció desde el pasillo.

—El uniforme era robado. Las placas del vehículo, falsas.

Pilar levantó la cabeza.

—Fue Julián.

Todos la miraron.

Ella repitió:

—Fue él.

—¿Tiene alguna prueba? —preguntó Salvatierra.

—No. Pero fue él.

Marina se acercó a Elena.

—¿Estás bien?

Elena asintió.

Miró a Pilar.

Luego escribió en una hoja:

YA NO PUEDE PARAR.

Marina leyó.

—¿Quién?

Elena la miró como si la pregunta fuera absurda.

Julián.

No escribió el nombre.

Aún no.

La jeringa contenía una combinación de sedantes en una dosis peligrosa para una persona del peso de Elena. No necesariamente mortal por sí sola, pero suficiente para provocar depresión respiratoria sin supervisión.

—Podrían haberla sacado inconsciente del hospital —dijo Salvatierra.

—Y después decir que tuvo una complicación médica durante el traslado —respondió Marina.

Pilar se cubrió la boca.

Elena tomó el bolígrafo otra vez.

ÁLVARO DIJO QUE SI LE PASABA ALGO HABÍA COPIAS.

Marina se inclinó.

—¿Copias de qué?

Elena escribió:

PÁGINA. AUDIO.

—Encontramos ambos.

Elena cerró los ojos con alivio.

—¿Hay algo más?

Dudó.

Después escribió:

INÉS.

Marina recordó el nombre de la fotografía del grupo.

—¿Inés Salas?

Elena asintió.

—¿Qué tiene Inés?

Elena escribió una frase lentamente:

SOFÍA LE DIO ALGO EL DÍA ANTES.

—¿Sabes qué?

Negó.

Pilar habló detrás.

—Yo sí.

Marina se volvió.

Pilar tenía la mirada fija en el suelo.

—Una carta. Vi a Sofía dársela a Inés en la plaza. Pensé que era una tontería de adolescentes. Después de la desaparición, Julián preguntó varias veces si alguien había recibido algo de ella.

—¿Por qué nunca mencionó a Inés?

—Porque no lo recordé hasta ahora.

Marina no estaba segura de creer esa parte, pero no importaba.

Salvatierra ya buscaba el nombre en su teléfono.

—Inés Salas vive en Salamanca. Profesora de instituto. Tenemos dirección.

Elena tomó la mano de Marina.

Esta vez no temblaba.

La había intentado silenciar una vez mediante miedo.

Ahora alguien había intentado hacerlo con una aguja.

El peligro ya no podía disfrazarse de trauma familiar.

Marina apretó su mano.

—Vamos a terminar esto.

Elena la miró.

Y, aunque no habló, por primera vez Marina vio algo distinto del miedo.

Decisión.