La chica que no habla CAPÍTULO 25 — LA PRUEBA OCULTA
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CAPÍTULO 25 — LA PRUEBA OCULTA

La chimenea de la casa del lago tenía treinta y cuatro piedras visibles.

Marina las contó dos veces.

“Detrás de la piedra que no ennegrece.”

Salvatierra se negó a dejarla entrar sin orden, pero utilizó el mensaje anónimo y el nuevo audio para conseguir una inspección limitada. Llegaron al amanecer acompañados por dos agentes de científica.

La piedra estaba en el lateral derecho, casi a ras del suelo. Todas las demás tenían pequeñas manchas oscuras de humo. Aquella no.

Un técnico golpeó suavemente.

Sonó hueca.

Retiraron el mortero viejo.

Detrás había una cavidad del tamaño de un libro.

Dentro encontraron una bolsa impermeable.

Marina vio primero el papel doblado.

Después, una pequeña grabadora digital.

Salvatierra dejó escapar el aire.

—Álvaro.

La bolsa contenía tres objetos: una página antigua con tinta parcialmente corrida, una tarjeta de memoria y la grabadora.

La página empezaba con la letra de Sofía.

“17 de agosto.”

La última entrada completa antes de su desaparición.

Marina leyó con guantes, sin tocar directamente el papel.

“J. tiene los billetes. Elena dice que no sabe cómo los consiguió. Adolfo me habló hoy y fingió que era un consejo, pero no lo era. Si algo sale mal mañana, no me he ido sola. No me he fugado. Quiero irme con E. porque tenemos miedo de J.”

Abajo, una frase estaba subrayada dos veces:

“Si desaparezco, buscad en el lago.”

Salvatierra cerró los ojos.

—Esto habría cambiado el caso entero.

—Por eso desapareció del cuaderno.

La grabadora era más reciente. Pertenecía a Álvaro.

Los técnicos clonaron la memoria antes de reproducir nada.

Había un archivo de cuarenta y siete minutos fechado la noche del asesinato.

La voz de Álvaro aparecía primero.

—La grabadora está encendida. Si estás oyendo esto, Julián viene hacia aquí.

Marina sintió un escalofrío.

Después se oía una puerta.

Julián.

—¿Dónde está Elena?

—Arriba.

—Me dijiste que estaría sola.

—Te dije que necesitaba hablar contigo.

—Apaga eso.

—No.

Pasos.

Álvaro empezó a enumerar pruebas: el expediente manipulado, los billetes, la falsificación del cuaderno, la cantera.

Julián negaba cada cosa.

Hasta que Álvaro mencionó la página.

El silencio duró seis segundos.

—¿Qué página?

—La que Elena guardó.

—Elena no guardó nada.

—Entonces ¿por qué llevas dieciocho años buscándola?

Un golpe contra una mesa.

La voz de Julián cambió.

—No tienes idea de lo que hice para protegerla.

—¿Protegerla? Sofía murió y obligaste a tu hija a vivir como si fuera culpable.

—Sofía se cayó.

—Y estaba viva en la cantera.

Silencio.

Marina miró a Salvatierra.

Álvaro continuó:

—Adolfo me lo dijo.

Julián respondió muy bajo:

—Adolfo siempre fue débil.

Entonces se oyó una segunda voz.

Elena.

—Álvaro, ¿qué está haciendo aquí?

Ella acababa de entrar.

La conversación se volvió caótica.

Elena gritó a Álvaro por citar a su padre. Álvaro intentó explicar. Julián exigió el cuaderno y la página.

—No la tiene —dijo Elena.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Mientes.

—No vuelvas a hablarle así —intervino Álvaro.

Después llegó un sonido de forcejeo.

Algo metálico cayó.

Elena gritó.

Álvaro dijo:

—Julián, baja eso.

Un golpe seco.

Luego otro sonido: un cuerpo contra el suelo.

Elena empezó a gritar el nombre de su marido.

Julián respiraba con fuerza.

—Mírame —dijo a su hija.

Elena sollozaba.

—Mírame. Esto ha sido un accidente.

Marina sintió náuseas.

La misma frase.

Dieciocho años después.

Julián continuó:

—Vas a subir. Te sentarás. No hablarás con nadie hasta que yo te diga qué hacer.

Elena decía “no” entre lágrimas.

—Si hablas, tu madre perderá todo. ¿Entiendes? Y esta vez no podré protegerte.

Pasos.

Una puerta.

Después varios minutos de silencio interrumpidos por ruidos. Julián limpiando, moviendo cosas, abriendo una ventana.

Al final, antes de que la grabación terminara, se oyó su voz muy cerca del dispositivo.

—¿Dónde lo escondiste, Álvaro?

No encontró la grabadora.

Salvatierra detuvo el audio.

Nadie habló durante varios segundos.

—Ya lo tenemos —dijo finalmente.

Marina miró la página de Sofía.

—Tenemos a Álvaro.

—Y tenemos a Julián en la escena, admitiendo el encubrimiento y amenazando a Elena después del golpe.

—No admite haber matado a Sofía.

—No necesitamos resolver ambos casos hoy.

En ese momento se oyó un ruido en la planta superior.

Los agentes levantaron la cabeza.

—¿Hay alguien más? —preguntó Marina.

—No debería.

Un cristal se rompió.

Uno de los policías corrió hacia las escaleras.

Por la ventana lateral, una figura salió al jardín.

Salvatierra gritó.

La persona corrió hacia el bosque.

Marina miró la bolsa con la evidencia.

Alguien había llegado a la casa mientras ellos estaban dentro.

No para observar.

Para recuperar exactamente lo que acababan de encontrar.