La chica que no habla CAPÍTULO 23 (PRESENTE) — ELENA CASI HABLA
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CAPÍTULO 23 (PRESENTE) — ELENA CASI HABLA

Marina ya no tenía autorización para tratar a Elena.

Por eso no llamó “sesión” al encuentro.

El doctor Mendieta permitió que entrara durante diez minutos como parte de una despedida clínica. La decisión era cuestionable. Los dos lo sabían.

Elena estaba sentada en la cama.

No había dormido bien. Tenía los ojos hundidos y el cabello recogido de cualquier manera.

Marina cerró la puerta.

—Me han apartado de tu evaluación.

Elena levantó la mirada.

—Tu familia presentó una queja. No sé si volveré a trabajar contigo.

Los labios de Elena se separaron.

Nada salió.

Marina se sentó.

—No quiero que pienses que me voy porque hayas hecho algo mal.

Elena negó con la cabeza.

—Sé que has intentado decirme cosas. Quizá te he presionado demasiado.

Elena volvió a negar.

Esta vez con más fuerza.

Marina la observó.

—¿Quieres que siga?

Elena asintió.

El gesto fue inmediato.

Marina sintió una punzada de emoción y la dejó pasar.

—No puedo hacerlo oficialmente.

Elena tomó la hoja que había sobre la mesa. Escribió una palabra con mano temblorosa.

NO.

Después añadió:

PARAR.

Marina leyó.

—¿No quieres parar?

Elena asintió.

Tomó aire.

Escribió otra frase.

ÉL SABE QUE ÁLVARO ENCONTRÓ ALGO.

Marina sintió que el corazón aceleraba.

—¿Quién?

Elena dejó el lápiz.

Sus labios se movieron.

Una sílaba débil salió de su garganta.

—Pa...

Marina se quedó inmóvil.

Elena cerró los ojos, frustrada.

—No tienes que forzarlo.

Elena golpeó la cama con el puño.

Volvió a intentarlo.

—Pa...

La puerta se abrió de golpe.

Un enfermero apareció.

—Doctora, tiene que salir.

—Tengo autorización de Mendieta.

—La familia ha solicitado el alta voluntaria y hay abogados abajo.

Elena abrió los ojos aterrorizada.

—¿Alta? —preguntó Marina.

—Traslado. Vienen a recogerla.

Marina se levantó.

—¿A qué centro?

—No lo sé.

Elena agarró la muñeca de Marina.

Era la primera vez que la tocaba.

Sus dedos estaban helados.

—No —susurró.

La palabra fue casi inaudible.

Pero estuvo allí.

Marina y el enfermero la escucharon.

Elena la repitió.

—No.

Marina se inclinó.

—¿No quieres irte?

Elena negó, respirando con rapidez.

—Entonces no vas a irte.

El enfermero dudó.

—La familia...

—Es adulta y acaba de expresar una negativa. Llama a Mendieta.

En el pasillo apareció Pilar acompañada por dos abogados.

Julián no estaba.

—Elena necesita salir de aquí —dijo Pilar.

Marina se interpuso.

—Elena ha dicho que no.

Pilar se quedó inmóvil.

—¿Ha hablado?

Marina la miró.

—Una palabra.

Pilar empezó a llorar.

Durante un segundo pareció feliz.

Después miró hacia el ascensor.

Miedo.

—No debería haberlo hecho.

—¿Qué?

—Hablar.

Marina sintió un escalofrío.

—¿Dónde está Julián?

Pilar no respondió.

El teléfono de Marina vibró.

Era Salvatierra.

—Tenemos una cámara de tráfico —dijo sin saludar—. El coche de Julián estuvo en la carretera de la casa del lago la noche en que murió Álvaro.

Marina miró a Elena.

Ella seguía agarrada a su muñeca.

—¿A qué hora?

—Entró a la una y cincuenta y seis. Salió a las dos y treinta y dos.

La llamada de emergencias de Elena había sido a las dos y cuarenta.

Marina cerró los ojos un instante.

La línea entre las dos muertes acababa de hacerse visible.