CAPÍTULO 22 (PASADO) — EL CUERPO QUE NUNCA APARECIÓ
Sofía no murió cuando cayó al lago.
Lo primero que sintió fue frío.
No miedo. El miedo había llegado antes, sobre el embarcadero, cuando comprendió que la persona frente a ella no estaba intentando convencerla, sino decidir por ella. En el agua no hubo espacio para pensar. Solo frío, oscuridad y el instinto brutal de sacar la cabeza.
Abrió la boca demasiado pronto y tragó agua.
Pateó.
Sus zapatillas pesaban. La chaqueta se hinchó alrededor del cuerpo. Durante un segundo logró tocar uno de los pilares del embarcadero, pero la corriente la arrancó de allí.
Escuchó a Elena gritar su nombre.
Intentó responder.
Otra ola le golpeó la cara.
La corriente de desagüe tiraba hacia el extremo oeste del lago, donde el agua de lluvia desbordaba por el viejo canal. Sofía conocía aquella zona. De niña, Rafael le había prohibido acercarse. Había hierros, piedras y una compuerta oxidada que a veces quedaba medio abierta.
Quiso nadar hacia la orilla.
No pudo.
El agua la arrastró.
Durante varios segundos perdió la orientación. Arriba y abajo dejaron de significar algo. Golpeó una roca con el hombro. Después otra cosa dura contra la sien.
La oscuridad se cerró.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba tumbada sobre barro.
Llovía.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Tosió agua y sintió un dolor agudo en las costillas. La pierna derecha no respondía bien. A su lado corría un hilo de agua hacia un agujero profundo: la antigua cantera de San Román.
Sofía intentó ponerse de pie.
Cayó.
—Elena —dijo.
La voz apenas salió.
Se arrastró varios metros hasta apoyarse contra una piedra.
Vio luces en la distancia.
Dos linternas.
Sintió alivio.
—¡Aquí!
La primera vez no la oyeron.
—¡Aquí!
Las luces se detuvieron.
Después avanzaron hacia ella.
Sofía reconoció una de las voces.
—Dios mío.
Un hombre llegó primero y se arrodilló.
—Está viva.
La otra figura se quedó unos pasos atrás.
Sofía intentó enfocar.
—Elena...
—Tranquila —dijo el hombre arrodillado—. No te muevas.
—Llama...
—Voy a pedir una ambulancia.
La figura que permanecía detrás habló.
—No.
El hombre se volvió.
—¿Qué?
—Espera.
—Está herida.
—Lo sé.
Sofía reconoció aquella segunda voz.
El alivio desapareció.
Intentó retroceder.
—No.
El hombre arrodillado la miró.
—¿Qué pasa?
Sofía volvió a decirlo.
—No.
La figura se acercó.
En una mano llevaba algo largo y metálico. Una barra corta, quizá parte de una herramienta del vehículo.
El primer hombre se puso de pie.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué crees que ocurrirá si la llevamos a un hospital?
—Está viva.
—Y hablará.
—Entonces hablará.
—¿Y nuestros hijos?
Silencio.
La lluvia golpeaba las hojas.
Sofía intentó levantarse de nuevo.
La pierna cedió.
—Por favor.
El primer hombre dio un paso hacia ella.
—Voy a ayudarte.
La otra figura lo sujetó.
—Piensa.
—Suéltame.
—Piensa en Diego.
Sofía escuchó el nombre.
Entonces comprendió quién era el hombre que quería ayudarla.
Adolfo Roldán.
Miró a la segunda figura, pero la luz quedaba detrás de su rostro.
—Elena sabe —susurró Sofía.
El hombre se quedó quieto.
—Elena sabe todo.
—Elena no dirá nada.
—Sí dirá.
La voz de Sofía era débil, pero sonrió.
—Me quiere más de lo que te teme.
Algo se quebró en el rostro oculto.
Adolfo lo vio.
—No.
Fue una palabra dirigida al otro hombre.
Sofía intentó arrastrarse.
La mano con la barra metálica se levantó.
Adolfo agarró el brazo.
—He dicho que no.
Forcejearon.
La herramienta cayó al barro.
Sofía siguió arrastrándose hacia el camino.
Escuchó una maldición detrás.
Luego pasos.
Una mano la alcanzó por el tobillo lesionado.
Sofía gritó.
—¡Suéltame!
Adolfo volvió a intervenir.
—¡Basta!
—Ya no hay vuelta atrás.
—Claro que la hay.
—No para mí.
Sofía se giró.
Por un instante vio la cara del hombre sobre ella.
No hubo sorpresa.
Solo confirmación.
—Elena te odiará —dijo.
La mano se cerró alrededor de su cuello.
Adolfo gritó algo.
Sofía arañó los dedos.
El aire dejó de entrar.
El cielo sobre la cantera estaba gris por la tormenta, atravesado por las ramas negras de los pinos.
Pensó en su madre fregando los platos.
En Rafael fingiendo leer el periódico.
En Inés riéndose de todo.
En Elena diciendo que necesitaba tiempo.
Sofía había creído que el tiempo era algo que podía ganarse.
No sabía que también podía ser algo que otros te quitaran.
La presión desapareció de repente.
Respiró.
Adolfo había empujado al hombre.
—¡Estás loco!
—Ya nos ha visto.
—Siempre nos había visto.
Sofía intentó gritar.
Una piedra golpeó su cabeza.
No supo quién la lanzó.
El mundo se volvió blanco.
Después, nada.
Más tarde, dos hombres trasladaron un cuerpo hasta el pozo de extracción de la cantera.
Uno de ellos lloraba.
El otro no.
Envolvieron a Sofía en una lona que encontraron en el vehículo de mantenimiento.
La bajaron a una cavidad profunda donde el agua y el barro cubrían el fondo.
Meses después, cuando la empresa propietaria de los terrenos recibió autorización para rellenar el pozo, toneladas de tierra, grava y restos de obra sellaron el lugar.
Durante dieciocho años, nadie excavó allí.
En el pueblo se siguió diciendo que Sofía Ledesma había escapado a Madrid.
Y uno de los dos hombres que conocían la verdad empezó cada mañana diciéndose que él no había sido quien la mató.