CAPÍTULO 21 (PRESENTE) — SOSPECHA SOBRE MARINA
El correo llegó desde el Colegio Oficial de Psicología a las diez y once.
Se había presentado una queja formal contra Marina Ferreira por conducta profesional inapropiada, posible vulneración de límites clínicos e interferencia con una investigación penal.
Firmaba Julián Varela en representación de la familia.
Marina leyó el documento sin sorpresa.
Lo que sí la sorprendió fue la llamada de su directora media hora después.
—Necesito que te apartes temporalmente de la evaluación de Elena.
—No.
—No es una negociación.
—La paciente está en riesgo.
—Eso lo determinará el equipo del hospital.
—Su padre está intentando trasladarla.
—Y tú estás entrevistando testigos de una desaparición de hace dieciocho años.
Marina guardó silencio.
—Dime que eso no es cierto.
No podía.
—Estoy colaborando con la policía.
—Tu encargo era evaluar a Elena, no convertirte en investigadora.
—Las dos cosas están conectadas.
—Precisamente por eso deberías haber establecido límites.
La palabra le dolió.
Límites.
Había pasado años exigiéndolos a otros profesionales.
Ahora alguien los utilizaba contra ella y no podía decir que estuviera completamente equivocado.
A mediodía, Salvatierra llegó a su despacho.
—Me han llamado de Asuntos Internos.
—Perfecto. Día productivo.
—Quieren saber por qué una psicóloga tiene acceso a documentos que no son estrictamente clínicos.
—Porque tú me los diste.
—Eso no me ayuda.
—Nunca he querido ayudarte a ascender.
Él no sonrió.
—Marina, esto es serio.
Ella cerró el correo.
—¿Me vas a apartar?
—Oficialmente, ya no puedes participar en entrevistas policiales.
—¿Oficialmente?
Salvatierra suspiró.
—No he dicho nada más.
—Eso ha sonado exactamente a decir algo más.
—No quiero saber qué haces fuera de mis diligencias mientras no cometas un delito.
—Qué estándar tan inspirador.
Salvatierra se acercó a la ventana.
—Tenemos otro problema. La solicitud para registrar la cantera se ha filtrado. La empresa de Julián ha presentado un informe diciendo que el terreno fue rellenado y nivelado hace diecisiete años, con permisos en regla.
—¿Rellenaron el pozo meses después de la desaparición?
—Sí.
—Eso debería ser suficiente.
—No lo es.
Marina pensó en Álvaro.
“Adolfo sabe dónde está el cuerpo.”
—Voy a hablar con Adolfo.
—No.
—Ya no participo en tu investigación, ¿recuerdas?
—No conviertas un tecnicismo en permiso para hacer una estupidez.
—Diego dijo que Álvaro lo visitó.
—Adolfo ya se negó a declarar formalmente.
—Quizá no me vea como policía.
—Te verá como alguien que puede arruinarle la vida.
—Me sirve.
Adolfo vivía en una casa pequeña a las afueras de San Román.
Marina fue al atardecer.
Sola.
Sabía que Salvatierra se enfadaría. También sabía que si le avisaba intentaría detenerla.
Adolfo abrió la puerta después de que llamara tres veces.
Era más pequeño de lo que imaginaba. Setenta años, espalda encorvada, piel pálida.
Cuando escuchó el nombre de Marina, intentó cerrar.
Ella puso el pie.
—Álvaro Cifuentes estuvo aquí.
Adolfo se quedó quieto.
—Y ahora está muerto.
—No puedo ayudarla.
—Diego ya habló.
El anciano cerró los ojos.
—Entonces que cargue él con lo suyo.
—Dijo que usted movió el cuerpo de Sofía.
Adolfo abrió los ojos.
—No dijo eso.
Marina sintió una descarga de certeza.
—No. No lo dijo.
Adolfo comprendió demasiado tarde.
—Váyase.
—¿Dónde la llevaron?
—Váyase.
—¿A la cantera?
—No sabe de qué habla.
—Álvaro sí lo sabía.
El rostro de Adolfo se quebró.
—Ese hombre no sabía cuándo parar.
—¿Eso le dijo Julián antes de matarlo?
Adolfo retrocedió.
—Fuera.
—¿Lo mató Julián?
—Fuera de mi casa.
Adolfo empujó la puerta.
Antes de que se cerrara, Marina oyó una frase.
Muy baja.
—Busque donde el agua dejó de ser agua.
La puerta se cerró.
Marina se quedó en el porche.
Donde el agua dejó de ser agua.
Miró hacia las montañas. La cantera quedaba al oeste del lago. El antiguo canal de alivio terminaba precisamente allí.
El agua había llegado a un pozo de extracción que, meses después, fue rellenado con tierra y escombros.
El agua dejó de ser agua.
Marina sacó el teléfono.
No llamó a Salvatierra.
Todavía no.
Primero necesitaba saber si Álvaro había llegado a la misma conclusión.
Y si por eso había terminado muerto.