La chica que no habla CAPÍTULO 20 (PRESENTE) — GIRO EL CUADERNO MIENTE
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CAPÍTULO 20 (PRESENTE) — GIRO EL CUADERNO MIENTE

El informe de laboratorio llegó a las ocho y cuatro de la mañana.

Marina lo leyó dos veces.

La tinta de las primeras ciento nueve páginas del cuaderno era compatible con productos comercializados dieciocho años atrás.

La tinta de las últimas diecisiete no.

Había sido fabricada, como pronto, nueve años después de la desaparición de Sofía.

Marina llamó a Salvatierra.

—El cuaderno miente.

—Los cuadernos no mienten.

—Este sí.

Se reunieron en la comisaría. El técnico explicó que el papel era original, pero varias hojas habían sido extraídas y sustituidas cuidadosamente por otras del mismo tipo. El cosido había sido rehecho.

—¿La letra? —preguntó Marina.

—Un perito calígrafo cree que intenta imitar la escritura original. Bastante bien.

—¿Quién?

—Aún no podemos decirlo.

Marina abrió la copia digital.

Las páginas falsas eran precisamente las que reforzaban la teoría de fuga.

“Quiero desaparecer.”

“Nadie debe buscarme.”

“Madrid será solo el principio.”

Frases que Marina había considerado extrañamente maduras.

Ahora sabía por qué.

—Alguien reconstruyó el diario años después —dijo Salvatierra.

—No reconstruyó. Fabricó.

—¿Julián?

—Es la opción obvia.

—La obvia no siempre es correcta.

Marina sonrió sin humor.

—Ahora eres tú el prudente.

Había otra sorpresa. En dos páginas falsas aparecían huellas parciales de Pilar.

No de Julián.

Marina sintió que el suelo cambiaba.

—Necesito hablar con ella.

Pilar aceptó verla en una cafetería lejos del hospital.

Cuando Marina puso el informe sobre la mesa, la mujer no preguntó qué significaba.

Lo sabía.

—Usted tocó esas páginas.

Pilar bajó la mirada.

—Sí.

—¿Las escribió?

—No.

—¿Quién?

Silencio.

—Señora Varela, si sigue protegiendo a su marido después de la muerte de Álvaro...

—No estoy protegiéndolo.

—Entonces dígame quién falsificó el cuaderno.

Pilar respiró hondo.

—Yo ayudé a coserlo.

Marina se quedó quieta.

—¿Por qué?

—Hace nueve años, Elena tuvo una crisis muy grave. Estaba viviendo fuera. Había empezado a recordar cosas que había bloqueado. Volvió a San Román y buscó el cuaderno.

—¿Dónde estaba?

—Julián lo guardaba.

—¿Durante nueve años?

Pilar asintió.

—Elena lo encontró en su despacho. Vio que faltaban páginas. Le exigió explicaciones. Julián dijo que Sofía había escrito que quería irse, pero que esas hojas se habían perdido con el agua.

—Y después aparecieron nuevas.

—Semanas más tarde.

—¿Escritas por quién?

Pilar empezó a llorar.

—Por mí.

Marina tardó un segundo en procesarlo.

—Acaba de decir que no las escribió.

—No inventé el texto. Julián me dio frases. Me hizo practicar la letra de Sofía con cuadernos escolares que había conseguido de la familia. Yo las copié.

—Eso es escribirlas.

—Sí.

Pilar cerró los ojos.

—Dios. Sí.

—¿Por qué?

—Porque Elena estaba desmoronándose. Julián dijo que si creía que Sofía realmente quería huir, podría dejar de culparse.

—¿Y usted le creyó?

—Quise creerle.

Marina sintió rabia.

—Reescribieron la memoria de su hija para que pudiera vivir con una mentira.

Pilar levantó la cabeza.

—¿Cree que no lo sé?

—¿Álvaro descubrió esto?

—Sí.

—¿Cómo?

—Elena le enseñó el cuaderno hace unos meses. Él notó diferencias en la letra. Mandó analizar fotografías de las páginas. Después vino a preguntarme.

—¿Le dijo la verdad?

Pilar negó.

—No al principio.

—¿Después?

—Dos días antes de su muerte.

Marina se inclinó.

—¿Qué le contó?

—Todo lo del cuaderno. Le dije que Julián había conservado el original durante años. Y que una página verdadera seguía existiendo.

—¿Dónde?

Pilar miró a Marina.

—Elena la escondió la noche del lago.

—¿La tiene?

—No sé dónde está. Álvaro creía que sí.

Marina salió de la cafetería con más respuestas y menos certezas.

El cuaderno que parecía una ventana al pasado era también un instrumento construido para deformarlo.

Sofía había escrito parte.

Pilar había falsificado otra.

Julián había dictado una historia.

Elena había vivido atrapada entre ambas.

Y Álvaro había muerto poco después de descubrirlo.

Por primera vez desde que empezó la investigación, Marina ya no sabía qué parte de las palabras podía creer.

Solo sabía que alguien había dedicado dieciocho años a decidir qué versión del pasado debía sobrevivir.