CAPÍTULO 19 (PASADO) — LA DECISIÓN DE ELENA
La mañana después de la desaparición, Elena tomó la decisión de callar en una habitación que olía a colonia de su madre.
Pilar estaba sentada en la cama.
Elena sostenía el colgante roto de Sofía.
—Tenemos que ir a la policía —dijo.
Pilar tenía los ojos rojos.
—Tu padre dice que Adolfo ya sabe lo que pasó.
—Adolfo está mintiendo.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
Elena le contó lo que había visto.
No todo.
No pudo describir la mano de Sofía saliendo del agua. No pudo repetir el grito. Pero dijo suficiente.
Pilar se quedó sin color.
—Julián no la empujó a propósito.
—No importa.
—Fue un accidente.
—La dejó ahogarse.
—Elena...
—La dejó.
Pilar se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
—Tenemos que contarlo.
—Sí.
Elena levantó la cabeza, sorprendida.
—¿Sí?
Pilar asintió, llorando.
—Sí.
Fue el momento más cerca que estuvieron de hacerlo.
Bajaron las escaleras juntas.
Julián estaba en el despacho con el teléfono.
Las vio aparecer.
—¿Adónde vais?
—A hablar con Adolfo —dijo Pilar.
Julián colgó.
—No.
Pilar temblaba.
—Sofía ha muerto.
—No sabemos eso.
—Elena lo vio.
Julián miró a su hija.
—Elena estaba alterada.
—No me trates como si estuviera loca —dijo ella.
—Nadie ha dicho eso.
—La vi pedir ayuda.
Julián se levantó lentamente.
—Si vais a la policía ahora, ¿qué crees que ocurrirá?
—Dirán la verdad.
—¿Qué verdad? ¿Que una chica resbaló durante una discusión? ¿Que mi hija estaba allí porque llevaba meses manteniendo una relación secreta con ella? ¿Que Diego también estaba? ¿Que Adolfo tardó en activar una búsqueda acuática?
—Todo eso —respondió Elena.
Julián sonrió con tristeza fingida.
—Entonces prepárate para que el pueblo convierta a Sofía en un escándalo. Para que sus padres sepan cada detalle por los periódicos. Para que digan que la empujaste tú. Que estabais peleando porque quería irse. Que Diego estaba celoso.
—No pueden inventar eso.
—Claro que pueden.
Pilar dijo:
—Julián, basta.
Él sacó una carpeta de un cajón.
Dentro había documentos de la empresa donde trabajaba Rafael Ledesma, la hipoteca de su casa y una deuda antigua.
—Rafael lleva meses cobrando anticipos que no puede devolver. Si mi empresa reclama lo que debe, pierden la casa.
Elena lo miró con incredulidad.
—Eres un monstruo.
—Estoy intentando que entiendas las consecuencias.
—Los estás amenazando.
—Estoy explicándote cómo funciona el mundo.
Pilar se puso delante de su hija.
—No vas a hacerle nada a los Ledesma.
Julián la miró.
—Depende de lo que ocurra hoy.
Elena agarró el colgante dentro del puño.
—¿Y mamá?
Julián no respondió.
No necesitó hacerlo.
Pilar llevaba veinte años dependiendo económicamente de él. No tenía cuenta propia. La casa estaba a nombre de una sociedad. Julián conocía cada miedo y sabía convertirlo en una cuerda.
Elena pensó en Carmen.
En Rafael.
En su madre.
En Sofía debajo del agua.
—Si callo —dijo—, ¿los dejarás en paz?
Pilar se giró.
—No.
Julián respondió:
—Sí.
—Elena, no —dijo Pilar.
—¿Y Diego?
—Su padre se ocupará de él.
—¿Y Sofía?
Julián bajó la mirada.
—Si está viva, aparecerá.
Elena supo que no lo estaba.
Ese fue el trato.
No escrito. No firmado.
Mucho más eficaz por ello.
Elena no declaró.
Pilar tampoco.
Rafael conservó su trabajo. La familia Ledesma no perdió la casa.
Adolfo redactó un informe donde la palabra “fuga” apareció cada vez con mayor frecuencia.
Diego dijo haber visto a Sofía en la estación.
Dos semanas después, Elena intentó contarle la verdad a Carmen. Llegó hasta la puerta de su casa.
La vio desde fuera sentada junto al teléfono, esperando una llamada.
Julián apareció en coche al otro lado de la calle.
No bajó.
Solo miró a su hija.
Elena se marchó.
A los dieciocho años se fue a estudiar fuera.
A los veintiuno dejó de hablar con Diego.
A los veintitrés comenzó terapia por ataques de pánico, pero nunca mencionó a Sofía por su nombre.
A los veintinueve conoció a Álvaro.
A los treinta y cinco regresó a la casa del lago.
Y cuando vio a su marido muerto en el suelo, comprendió que el trato que había hecho a los diecisiete nunca había terminado.
Solo había esperado.