La chica que no habla CAPÍTULO 18 (PRESENTE) — LA FAMILIA DE ELENA SE CIERRA
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CAPÍTULO 18 (PRESENTE) — LA FAMILIA DE ELENA SE CIERRA

La orden no llegó.

Un juez consideró insuficiente la declaración tardía de Diego para autorizar excavaciones en terrenos privados sin una ubicación más precisa. Salvatierra salió del despacho judicial con la mandíbula tensa.

—Necesitamos más.

—Siempre necesitamos más —dijo Marina.

—Así funciona una investigación.

—Y así funciona también un encubrimiento cuando ha tenido dieciocho años para hacerse respetable.

El problema siguiente llegó desde el hospital.

Pilar y Julián habían solicitado el traslado de Elena a una clínica privada en otra provincia.

—¿Puede impedirlo? —preguntó Salvatierra.

—Si Elena lo acepta, no. Si no está en condiciones de decidir, el equipo médico puede intervenir, pero su familia está argumentando que yo estoy empeorando el cuadro.

—¿Lo estás?

Marina lo miró.

—Buena pregunta.

No era sarcasmo.

Aquella tarde se reunió con el psiquiatra responsable, doctor Mendieta. Él apoyó las manos sobre el escritorio.

—Marina, la paciente se altera notablemente después de tus sesiones.

—Porque estamos tocando el núcleo del trauma.

—Eso no significa que sea terapéuticamente oportuno.

—No estoy haciendo terapia tradicional. Estoy evaluando su capacidad y su estado.

—Precisamente. Estás investigando un homicidio a través de una paciente traumatizada.

La crítica dolió porque contenía una parte de verdad.

—Si su familia la traslada, queda aislada con las mismas personas a las que teme.

—¿Tienes pruebas de que teme a sus padres?

—Conductuales.

—No bastan para privar a la familia de decisiones.

Marina salió sin haber ganado nada.

Pilar la esperaba junto al ascensor.

—Necesito hablar con usted.

—¿Sin su marido?

Pilar miró alrededor.

—Precisamente.

Entraron en una pequeña sala de espera vacía.

Pilar se sentó.

Por primera vez no parecía una mujer perfectamente compuesta. Tenía ojeras y las manos desnudas de joyas.

—Elena no puede seguir con esto.

—¿Con qué?

—Con usted preguntándole por Sofía.

—¿Por qué?

Pilar apretó los labios.

—Porque la destroza.

—¿O porque puede hablar?

La mujer levantó la vista.

—No sabe lo que está haciendo.

—Entonces explíquemelo.

Pilar tardó varios segundos.

—Mi marido siempre ha querido controlar las cosas.

—Eso ya lo sé.

—No sabe hasta dónde llega.

—Estoy empezando a imaginarlo.

Pilar cerró los ojos.

—La noche en que Sofía desapareció, Elena volvió a casa empapada y cubierta de barro. Julián llegó después. Él me dijo que la chica se había caído y que Adolfo la estaba buscando.

Marina permaneció inmóvil.

—¿Qué más?

—Nada.

—Eso no es verdad.

Pilar la miró.

—Mi marido quemó ropa en la chimenea del jardín al amanecer.

Marina sintió un escalofrío.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Lo vio?

—Vi una chaqueta oscura. Y zapatos.

—¿Eran de él?

—Creo que sí.

—¿Por qué nunca lo contó?

Pilar soltó una risa rota.

—Porque era una cobarde.

Marina no la corrigió ni la consoló.

—¿Y ahora?

—Ahora también tengo miedo.

—Entonces ¿por qué me lo cuenta?

Pilar miró hacia la puerta.

—Porque Álvaro vino a verme hace un mes. Me preguntó exactamente lo mismo. Yo le dije que no recordaba nada.

—¿Julián se enteró?

—Sí.

—¿Cómo?

—No lo sé.

—¿Qué hizo?

Pilar se frotó las manos.

—Me preguntó qué le había dicho. Le contesté que nada. Después me dijo que era mejor que Elena y Álvaro dejaran de hacer preguntas si querían seguir teniendo una vida tranquila.

Marina sintió que todas las piezas se acercaban.

—¿Le está diciendo que su marido amenazó a Álvaro?

—Le estoy diciendo lo que dijo.

—¿Declarará eso a la policía?

Pilar palideció.

—No.

—Señora Varela...

—No puedo.

—Su yerno está muerto.

—Lo sé.

—Su hija está aterrorizada.

—Lo sé.

—Y aun así quiere llevársela lejos.

Pilar empezó a llorar.

—Quiero mantenerla viva.

La frase suspendió el aire.

Marina se inclinó.

—¿Cree que Julián puede hacerle daño a Elena?

Pilar no respondió.

No hacía falta.

Cuando Marina volvió a la habitación, Julián estaba dentro hablando con Elena en voz baja.

Se calló al verla.

—Las visitas familiares han terminado —dijo Marina.

Julián sonrió.

—No sabía que ahora dirigía el hospital.

—No lo dirijo. Pero el equipo médico ha limitado las visitas porque Elena se altera.

—Curiosamente, se altera sobre todo después de hablar con usted.

Marina sostuvo su mirada.

—Quizá porque conmigo tiene la posibilidad de elegir.

Julián se acercó lo suficiente para que Elena no pudiera oírlo.

—Tenga cuidado con confundir curiosidad con ayuda.

—Y usted tenga cuidado con confundir silencio con obediencia.

Por primera vez la sonrisa desapareció por completo.

Julián salió.

Elena miró la puerta cerrarse.

Luego miró a Marina.

Con la mano temblorosa, señaló su propio pecho.

Después a la puerta.

Luego cruzó un dedo sobre el cuello.

Marina sintió un frío intenso.

No sabía si Elena decía “me matará”.

O “mató”.

Pero ya entendía algo esencial:

el silencio de Elena no era una reliquia del pasado.

Tenía guardianes activos en el presente.