CAPÍTULO 17 (PRESENTE) — EL TESTIGO VIVO
Diego Roldán llegó veinte minutos tarde.
El bar estaba casi vacío. Eligió una mesa en la esquina, lejos de las ventanas. Había envejecido mejor de lo que Marina esperaba: cabello corto, barba gris en la mandíbula, ropa discreta. Solo las manos lo traicionaban. No dejaban de moverse.
Salvatierra mostró la placa.
—Esto es voluntario, de momento.
Diego sonrió sin humor.
—Bonita forma de decirlo.
Marina colocó sobre la mesa una copia de su declaración de hacía dieciocho años.
—Usted dijo que vio a Sofía en la estación a las once y media.
—Eso recordaba.
—El último autobús había salido antes.
—No dije que subiera a un autobús.
—También dijo que llevaba una mochila.
—Sí.
—¿La vio realmente en la estación?
Diego miró la hoja.
—Ha pasado mucho tiempo.
—La pregunta no.
Silencio.
Salvatierra habló:
—Álvaro Cifuentes se reunió con usted dos semanas antes de morir.
Diego levantó la vista.
—Sí.
—¿Qué le contó?
—Nada que no supiera.
—Entonces ¿para qué se reunió con él?
Diego se frotó las manos.
—Porque estaba cansado.
Marina esperó.
—¿De qué?
—De despertarme cada agosto pensando en aquella noche.
No necesitó más presión.
Diego cerró los ojos.
—No vi a Sofía en la estación.
Salvatierra no se movió.
—¿Dónde la vio?
—En el embarcadero viejo.
Marina sintió un pulso en las sienes.
—¿Estaba viva?
—Sí.
—¿Quién estaba con ella?
Diego miró hacia la barra, aunque nadie podía oírlos.
—Julián.
—¿Y Elena?
—Llegó antes que yo. Estaba escondida en el bosque.
Marina dejó que continuara.
Diego contó la cita, el forcejeo, la caída. Admitió que había sujetado a Elena durante segundos porque pensó que intervenir empeoraría todo.
—Después fui a buscar a mi padre.
—¿Por qué no llamó a emergencias?
—No tenía móvil. Mi padre estaba cerca. Julián lo había llamado antes.
—¿Para qué?
—No lo sé.
—Sí lo sabe.
Diego apretó los labios.
—Para tener a alguien que pudiera arreglarlo si salía mal.
Salvatierra se inclinó.
—¿Qué ocurrió cuando volvió con Adolfo?
—Mi padre se metió en el agua. No encontró a Sofía.
—¿Después?
Diego miró sus manos.
—Fueron a la cantera.
—¿Quiénes?
—Mi padre y Julián.
—¿Usted no?
—Me dejaron en casa.
—¿Qué encontraron?
—Mi padre nunca me lo dijo directamente.
Marina observó su rostro.
—¿Indirectamente?
Diego respiró hondo.
—Años después, cuando estaba enfermo, bebió demasiado. Dijo que había cosas que un padre hacía para salvar a un hijo y después descubría que no había salvado a nadie.
—Eso no responde.
—También dijo: “Nunca debimos moverla”.
El ruido del bar pareció desaparecer.
Salvatierra habló primero.
—¿Mover a quién?
—No lo dijo.
—No nos tome por idiotas.
—Sé lo que significa. Pero no sé de dónde la movieron ni adónde.
Marina pensó en la cantera.
—Álvaro creía que Adolfo sabía dónde estaba el cuerpo.
Diego palideció.
—Me preguntó lo mismo.
—¿Qué le respondió?
—Que hablara con mi padre.
—¿Y lo hizo?
—Sí.
—¿Resultado?
Diego negó.
—Mi padre le cerró la puerta en la cara. Pero dos días después Álvaro me llamó. Dijo que había encontrado “el punto”.
—¿Qué punto?
—No explicó. Solo dijo que el lago no era donde debían buscar.
Marina y Salvatierra se miraron.
La teoría de que Sofía seguía en el lago se derrumbó.
—¿Dónde podría estar? —preguntó Marina.
Diego se quedó pensando.
—La cantera vieja tenía un pozo de extracción. Muy profundo. Después lo rellenaron parcialmente cuando la empresa de Julián compró los terrenos.
—¿Cuándo?
—Meses después de la desaparición.
Salvatierra sacó el teléfono.
—Necesito la ubicación exacta.
Diego dibujó un mapa en una servilleta.
Antes de marcharse, Marina le hizo una última pregunta.
—¿Por qué mintió durante dieciocho años?
Diego tardó en contestar.
—Porque tenía diecisiete años y mi padre me dijo que, si hablaba, destruiría la vida de Elena. Después cumplí dieciocho. Luego veinticinco. Luego treinta.
La miró con los ojos húmedos.
—Y cada año que pasaba, la verdad me hacía parecer peor.
Marina guardó la servilleta.
—Porque cada año era peor.
Diego asintió.
No se defendió.
Cuando salieron, Salvatierra ya estaba llamando para solicitar una orden de inspección de los terrenos de la antigua cantera.
Marina miró el cielo cubierto.
Por primera vez en dieciocho años, la investigación de Sofía no apuntaba hacia una carretera de salida.
Apuntaba hacia un lugar concreto.
Y ese lugar pertenecía a Julián Varela.