La chica que no habla CAPÍTULO 16 (PASADO) — LA NOCHE DEL LAGO (PARTE 2)
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CAPÍTULO 16 (PASADO) — LA NOCHE DEL LAGO (PARTE 2)

Elena nunca supo cuánto tiempo estuvo mirando el agua.

Podrían haber sido treinta segundos.

Podrían haber sido diez minutos.

Después escuchó un motor.

El coche de Adolfo Roldán llegó por el camino de servicio con los faros apagados durante los últimos metros.

Diego bajó primero.

—Papá, se ha caído.

Adolfo salió con una linterna.

—¿Quién?

Entonces vio a Julián.

Y a Elena.

Su rostro cambió.

—¿Dónde está la chica?

Elena señaló el agua.

—Ahí.

Adolfo corrió al borde. Iluminó la superficie.

—¿Cuánto hace?

—No sé —dijo Diego.

—¿Sabe nadar?

—No muy bien —respondió Elena.

Adolfo se quitó la chaqueta.

Julián lo agarró del brazo.

—Espera.

Adolfo lo miró.

—¿Qué haces?

—Mira la corriente.

—¡Suéltame!

Se liberó y bajó por una pequeña escalera lateral hasta el agua. Avanzó varios metros con la linterna en la boca. Diego iluminaba desde arriba.

Elena gritaba el nombre de Sofía.

No hubo respuesta.

Adolfo volvió después de varios minutos, empapado.

—No la veo.

—Hay que llamar —dijo Diego.

Julián se volvió hacia él.

—Tú no vas a llamar a nadie.

—Papá...

Adolfo subió al embarcadero.

—Cállate un momento.

—Pero está ahí.

—He dicho que calles.

Elena miró a los tres hombres.

—Tenemos que buscarla.

Adolfo volvió a alumbrar el agua.

—La corriente del desagüe está fuerte por la tormenta.

A unos cien metros del embarcadero, una compuerta antigua conectaba el lago con un canal de alivio que descendía hacia una cantera abandonada. Cuando llovía mucho, el agua se desplazaba hacia allí con fuerza.

—Puede haberla arrastrado —dijo Adolfo.

—Entonces vamos —respondió Elena.

Julián agarró el cuaderno verde del suelo.

—Nadie va a ninguna parte.

Elena se volvió.

—¿Qué?

—Tú vienes conmigo.

—No.

—Ahora.

Adolfo se acercó a Julián.

—Esto no puedes decidirlo tú.

—Mi hija está en shock.

—Hay una menor desaparecida en el agua.

—Y tú eres policía. Haz lo que tengas que hacer.

—Eso voy a hacer.

Julián dio un paso más cerca.

—¿También vas a explicar por qué tu hijo estaba aquí?

Diego levantó la cabeza.

Adolfo no respondió.

—¿Vas a contar que sabía de la relación? —continuó Julián—. ¿Que fue él quien me avisó?

—Yo no te avisé —dijo Diego.

Julián lo miró.

—Se lo contaste a tu padre.

Diego palideció.

Adolfo se volvió hacia su hijo.

—Vete al coche.

—Papá...

—Ahora.

Diego obedeció.

Elena observó cómo se alejaba.

—Cobardes.

Julián la agarró del brazo.

—No vuelvas a hablarme así.

—Está en el agua por tu culpa.

—Se cayó.

—La empujaste.

—Se cayó.

—La viste pedir ayuda.

El rostro de Julián se transformó.

Adolfo lo vio.

—¿Qué quiere decir?

Julián soltó a Elena.

—Está histérica.

—Papá la dejó ahí —dijo Elena—. Sofía sacó la mano y él no hizo nada.

Adolfo miró a Julián.

—¿Es verdad?

—No la alcanzaba.

—Mentira.

Elena corrió de nuevo hacia el borde.

Entonces vio algo atrapado entre dos pilares.

Una página.

Después otra.

El cuaderno se había abierto durante el forcejeo y varias hojas arrancadas flotaban cerca del embarcadero.

Elena metió la mano y recuperó una. La tinta se estaba corriendo.

Julián se acercó.

—Dámela.

Elena la escondió dentro de la chaqueta.

—No.

Adolfo volvió a la orilla y examinó el canal.

—Voy a bajar a la cantera.

—¿Solo? —preguntó Julián.

—Llamaré desde allí si veo algo.

Julián lo observó durante un largo segundo.

—Yo te acompaño.

Elena se puso delante.

—Yo también.

—Tú te vas a casa.

—No.

Julián la agarró con fuerza y la llevó hacia el coche.

Elena pateó, gritó, arañó.

—¡Sofía está viva!

—No lo sabes.

—¡Tú sí!

Julián la empujó dentro del asiento trasero y bloqueó la puerta.

Desde allí, Elena vio a su padre y a Adolfo caminar hacia la camioneta policial.

Diego estaba sentado delante, llorando.

Julián regresó una vez al embarcadero.

Recogió el cuaderno verde.

Elena golpeó la ventanilla.

—¡No lo toques!

Él abrió la puerta trasera.

—Escúchame. Si dices una sola palabra de esto, tu madre pagará por ello. Los Ledesma también. ¿Entiendes?

Elena lo miró con odio.

—Te odio.

Julián cerró los ojos un instante.

—Algún día entenderás que estoy protegiéndote.

—¿De qué?

Él miró hacia el lago.

—De una vida destruida por una decisión de una noche.

Después cerró la puerta.

Elena introdujo la mano dentro de la chaqueta.

La página mojada seguía allí.

La dobló tantas veces como pudo y la escondió dentro del forro roto de su bolso.

Nunca se la enseñó a nadie.

A la mañana siguiente, cuando Carmen Ledesma llamó a la policía, Elena ya sabía que su padre y Adolfo habían regresado de la cantera sin Sofía.

Lo que no sabía era qué habían encontrado allí.

Y durante dieciocho años, esa pregunta sería casi tan insoportable como la respuesta.