La chica que no habla CAPÍTULO 15 (PRESENTE) — PRIMERA AMENAZA
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CAPÍTULO 15 (PRESENTE) — PRIMERA AMENAZA

La rueda delantera derecha del coche de Marina estaba suelta.

Lo descubrió porque Salvatierra había insistido en revisar el vehículo después de la fotografía anónima.

Un mecánico del taller policial tardó menos de cinco minutos en confirmar que tres tuercas habían sido aflojadas deliberadamente.

—Si hubieras cogido autopista —dijo Salvatierra—, quizá se habría desprendido.

Marina miró la rueda desde el otro lado del taller.

—Quizá.

—No digas “quizá” como si estuviera hablando del tiempo.

—No voy a fingir que sé qué habría pasado.

—Sé lo que está pasando ahora. Alguien quiere asustarte.

—Entonces está funcionando a medias.

—¿A medias?

—Estoy asustada. No pienso parar.

Salvatierra soltó una palabrota.

—Eso no es valentía. Es una mala evaluación de riesgo.

—Gracias, inspector. Tomaré nota del diagnóstico.

Él se acercó.

—Marina. Esto ya no es una curiosidad profesional.

—Nunca lo fue.

—Puedes apartarte.

—También tú.

—Yo llevo placa.

—Y eso evitó que mataran a Álvaro, supongo.

Salvatierra apretó la mandíbula.

Marina se arrepintió al instante.

—No era justo.

—No.

—Pero tampoco voy a retirarme porque alguien afloje unas tuercas.

Salvatierra la observó.

—Entonces al menos deja de improvisar.

Aquel mismo día localizaron a Diego Roldán.

Vivía a cuarenta kilómetros de San Román y trabajaba como comercial para una empresa de suministros industriales. Nunca se había casado. No tenía antecedentes. Había pasado seis años fuera del país y regresado después de la muerte de su madre.

Marina llamó desde la comisaría.

—Señor Roldán, soy la doctora Marina Ferreira. Estoy colaborando en una investigación relacionada con Elena Varela.

Silencio.

—¿Qué le ha pasado a Elena?

La pregunta fue demasiado rápida.

—Su marido ha muerto.

Diego tardó en responder.

—Lo he leído.

—Necesitamos hablar con usted sobre Sofía Ledesma.

La línea quedó muda.

Marina esperó.

—No sé nada —dijo él finalmente.

—Usted declaró haberla visto la noche de su desaparición.

—Hace dieciocho años.

—Lo recuerdo.

—No, señor Roldán. Usted lo recuerda. Nosotros estamos intentando entender por qué su declaración se tomó antes de que se registrara oficialmente la denuncia.

Otra pausa.

—Eso será un error.

—También puede serlo que el último autobús saliera cuarenta minutos antes de la hora en que usted dijo haber visto a Sofía en la estación.

Diego respiró al otro lado.

—¿Dónde quiere verme?

Acordaron un bar de carretera para la mañana siguiente.

Esa noche Marina recibió otro mensaje.

No había número visible.

Una fotografía de Elena adolescente y Sofía junto al lago.

Debajo, una frase:

LA PRÓXIMA FOTO SERÁ DE USTED EN EL AGUA.

Marina no respondió.

Envió la captura a Salvatierra.

Él llamó inmediatamente.

—Voy a mandar una patrulla a tu casa.

—No hace falta.

—No era una pregunta.

Marina cerró las cortinas.

Por primera vez desde que había empezado el caso, sintió el impulso de revisar dos veces la cerradura.

Se sirvió un vaso de agua y se quedó de pie en la cocina.

El miedo era una emoción útil cuando no se confundía con una orden.

Le decía que el peligro existía.

No le decía qué hacer con él.

Marina abrió en el portátil la fotografía de Sofía.

Diecisiete años.

Una vida convertida en un expediente mal cerrado.

—No —dijo en voz alta, aunque no había nadie para escucharla.

No iba a retroceder.

A la mañana siguiente entrevistaría a Diego Roldán.

Y por primera vez, alguien que había estado vivo aquella noche tendría que contarle qué vio realmente.