CAPÍTULO 14 (PASADO) — EL VERDADERO ENCUBRIDOR
Dos días después de la desaparición de Sofía, Julián Varela llevó a Adolfo Roldán al viejo almacén municipal.
Era un edificio sin ventanas detrás del ayuntamiento. Adolfo había estado allí cientos de veces. Aquella mañana le pareció diferente.
Julián cerró la puerta.
Sobre una mesa había un sobre.
—Los billetes —dijo Adolfo.
—Los encontraste cerca de la casa de la chica.
—No puedo poner eso si me los das tú.
Julián se sirvió agua de una botella.
—Puedes escribir que te informé de dónde estaban.
—Eso no es lo mismo.
—Adolfo.
El policía lo miró.
Se conocían desde niños. Habían estudiado juntos. Habían hecho negocios. Julián había conseguido que el ayuntamiento adjudicara a la empresa del hermano de Adolfo varios trabajos. Adolfo había ignorado alguna denuncia menor contra empleados de Julián.
Hasta entonces, ambos llamaban a aquello amistad.
Aquella mañana entendieron que tenía otro nombre.
—¿Está muerta? —preguntó Adolfo.
Julián bebió.
—No la encontré.
—No te he preguntado eso.
—Cayó al agua.
—¿La viste salir?
Julián dejó el vaso.
—No.
—Entonces tenemos que buscarla.
—Lo estamos haciendo.
—Con gente caminando por la carretera.
—Si metes buzos, conviertes el lago en el centro del caso.
—Porque puede estar en el lago.
Julián se acercó.
—Mi hija estaba allí.
Adolfo apretó la mandíbula.
—También mi hijo.
—Exacto.
Durante varios segundos, ninguno habló.
—Diego dice que Sofía cayó —murmuró Adolfo.
—Diego llegó tarde.
—Dice que tú la agarraste.
—Intenté quitarle un cuaderno.
—¿Y después?
Julián no respondió.
Adolfo cerró los ojos.
—Dios.
—No sabes qué ocurrió.
—Sé lo suficiente.
Julián apoyó las manos sobre la mesa.
—Escúchame bien. Si esto se convierte en un homicidio, Elena será interrogada. Diego será interrogado. Saldrá todo. La relación entre las chicas. Lo que nuestros hijos hicieron. Las mentiras. El hecho de que tú supieras que Diego iba al lago y no lo detuvieras.
—Yo no sabía...
—No importa lo que supieras. Importa lo que podrán decir que sabías.
Adolfo miró los billetes.
—¿Qué quieres que haga?
—Tu trabajo. Investiga una fuga.
—Eso no es mi trabajo.
—Es la explicación más probable.
—No para mí.
Julián se inclinó.
—Rafael Ledesma trabaja para mi empresa. La casa donde vive la familia está hipotecada con una garantía que controla mi banco. Carmen cuida a su madre y no puede marcharse. ¿Quieres convertir su vida en un circo durante años para terminar sin cuerpo y sin pruebas?
Adolfo levantó la cabeza.
—No metas a la familia.
—Ya están dentro.
Julián abrió el sobre.
Dos billetes para Madrid.
—La chica quería irse. Eso es cierto.
Adolfo no preguntó cómo los había conseguido.
—Y si está viva —continuó Julián—, aparecerá.
—¿Y si no?
—Entonces no hay nada que podamos arreglar.
Adolfo se quedó mirando los billetes.
Fue el momento exacto en que decidió.
No decidió ocultar un asesinato. Se dijo que no sabía si había habido uno.
No decidió destruir una familia. Se dijo que evitaba destruir varias.
No decidió proteger a Julián. Se dijo que protegía a Diego.
Las personas rara vez elegían convertirse en cómplices con una frase clara.
Lo hacían construyendo una explicación que pudieran soportar.
Adolfo tomó el sobre.
—No habrá buzos sin un indicio concreto.
Julián asintió.
—Por supuesto.
—Y si aparece algo...
—Haremos lo que corresponda.
Ambos sabían que mentía.
Aquella tarde, Julián fue a casa de los Ledesma.
Carmen estaba sentada junto al teléfono.
Rafael fumaba en la cocina aunque llevaba diez años sin fumar.
Julián se arrodilló frente a Carmen.
—No vamos a dejar de buscarla.
Ella le agarró las manos.
—Encuéntrala.
Julián sostuvo la mirada de aquella mujer durante casi cinco segundos.
—Lo haré.
Esa misma noche dijo a Elena que si alguna vez hablaba de lo que había visto, su madre perdería todo y los Ledesma también.
Elena tenía diecisiete años.
Le creyó.
Cuatro años después, Julián fue elegido alcalde de San Román.
Ocho años después, su empresa controlaba gran parte de los terrenos alrededor del lago.
Doce años después, Adolfo se jubiló con honores.
Dieciocho años después, cuando Álvaro Cifuentes comenzó a hacer preguntas, Julián todavía tenía las llaves de demasiadas puertas.
Y lo sabía.