CAPÍTULO 13 (PRESENTE) — EL MARIDO
Marina conoció a Álvaro Cifuentes a través de los archivos que había dejado detrás.
No era la mejor forma de conocer a alguien. Tampoco la peor.
Su despacho en la redacción seguía cerrado con una cinta amarilla cuando Salvatierra consiguió una orden para revisarlo.
El periódico ocupaba la segunda planta de un edificio estrecho en el centro de la ciudad.
El director, Ernesto Vidal, los recibió con la hostilidad cansada de quien llevaba cuatro días respondiendo las mismas preguntas.
—Álvaro no escribía sobre San Román —dijo por tercera vez.
—¿Está seguro? —preguntó Marina.
—Era mi empleado.
—Eso no responde a mi pregunta.
Vidal la miró con desagrado.
—Los periodistas no le cuentan todo a sus jefes.
Salvatierra señaló el despacho.
—Por eso vamos a mirar nosotros.
El lugar estaba demasiado ordenado. Una mesa, dos archivadores, una estantería y una pizarra blanca sin anotaciones. En el ordenador, los técnicos habían encontrado proyectos sobre contratos urbanísticos de tres municipios. Ninguno era San Román.
Marina abrió el primer archivador.
—¿Cuánto tiempo llevaba trabajando aquí?
—Once años —respondió Vidal desde la puerta—. Era bueno. Demasiado bueno para saber cuándo parar.
—¿Tenía enemigos?
—Era periodista. Claro que tenía enemigos.
En el segundo cajón apareció una carpeta sin etiqueta. Dentro había impresiones de noticias viejas. Sofía Ledesma.
Marina levantó la primera hoja.
Vidal palideció.
—Eso no estaba ahí la última vez que entré.
—¿Cuándo fue?
—El jueves anterior a su muerte.
Las páginas estaban llenas de notas manuscritas de Álvaro.
“¿Por qué no buzos?”
“Diego declara antes de denuncia.”
“J.V. entrega billetes secos.”
“E. estuvo allí.”
Marina sintió un golpe en el pecho.
La última anotación estaba rodeada por un círculo.
“Adolfo sabe dónde está el cuerpo.”
Salvatierra se inclinó.
—Eso cambia las cosas.
—No necesariamente. Puede ser una hipótesis.
—Una hipótesis por la que alguien quizá lo mató.
En el fondo de la carpeta había una tarjeta de memoria vacía y una factura de una empresa de digitalización documental en San Román.
—¿Fue al pueblo recientemente? —preguntó Marina.
Vidal asintió.
—Varias veces. Me dijo que estaba haciendo un favor a Elena.
—¿Qué clase de favor?
—Nunca lo explicó.
Marina hojeó la agenda de Álvaro. Dos semanas antes de morir aparecía escrito:
“D.R. — 17:30. Bar estación.”
Diego Roldán.
Tres días después:
“A.R. — NO QUIERE HABLAR.”
Adolfo.
Y la noche anterior al viaje a la casa del lago:
“J.V. sabe que sé.”
No había nada más.
Salvatierra miró a Marina.
—Julián.
—Puede ser.
—¿Otra vez “puede ser”?
—Hasta que tengamos algo que no sea una inicial, sí.
En el ordenador encontraron un borrador sin título. Solo seis párrafos. Álvaro escribía sobre un pueblo que había aprendido a convivir con una ausencia hasta convertirla en costumbre. No daba nombres. En una línea decía:
“Las fugas voluntarias no suelen necesitar policías que redacten la historia antes de que la familia sepa que alguien ha desaparecido.”
El archivo había sido modificado por última vez a las 18:02 del viernes, horas antes de que Álvaro y Elena viajaran a San Román.
Marina cerró el portátil.
—Él la llevó allí para investigar.
—O para enseñarle lo que había descubierto.
—Elena no quería volver.
—Quizá Álvaro pensó que enfrentarse al lugar la ayudaría.
Marina no contestó. Demasiadas personas confundían obligar a alguien a mirar una herida con curarla.
Salieron del periódico cerca del mediodía.
En el aparcamiento había un sobre debajo del limpiaparabrisas del coche de Marina.
No tenía nombre.
Salvatierra lo vio antes de que ella lo tocara.
—Espera.
Se puso guantes y lo abrió.
Dentro había una sola fotografía.
Marina entrando en la casa del lago dos días antes.
En el reverso, escrito con rotulador negro:
DEJE A LOS MUERTOS DONDE ESTÁN.
Salvatierra levantó la mirada y recorrió el aparcamiento.
—¿Has visto a alguien?
—No.
—A partir de ahora no vas sola a ninguna parte.
Marina observó la fotografía.
—Eso incluye el hospital, supongo.
—Incluye hasta el supermercado.
—No seas dramático.
—Un hombre está muerto, una mujer lleva cuatro días sin hablar y alguien te está fotografiando.
Marina guardó silencio.
Salvatierra tenía razón.
Por la tarde recibió una llamada desde un número oculto.
—¿Doctora Ferreira?
Era una voz de hombre mayor.
—Sí.
—Deje de preguntar por Sofía.
—¿Quién habla?
—Alguien que todavía recuerda lo que pasó cuando la gente preguntaba demasiado.
—¿Adolfo Roldán?
La línea quedó en silencio.
Después se cortó.
Marina miró el teléfono.
No sabía si había acertado.
Pero alguien en San Román acababa de confirmar una cosa esencial:
Álvaro no había muerto por lo que investigaba en otros municipios.
Había muerto por algo que llevaba dieciocho años enterrado junto al lago.