CAPÍTULO 12 (PASADO) — LO QUE ELENA VIO
Elena llegó al bosque a las diez y veintisiete.
Había salido de casa por la ventana del lavadero porque Julián había quitado la llave de la puerta principal y había dicho que nadie saldría aquella noche.
Su madre la vio.
No intentó detenerla.
Solo le dijo:
—Ten cuidado.
Elena corrió hasta el sendero del lago con los billetes escondidos dentro de la chaqueta.
A mitad de camino escuchó un coche detrás.
Se escondió entre los árboles.
Era el vehículo de su padre.
Julián pasó de largo.
Elena supo entonces que Sofía estaba en peligro.
No sabía cómo él había descubierto la cita. Quizá había escuchado la llamada. Quizá Diego había hablado. Quizá llevaba semanas leyendo cada movimiento de su hija.
Corrió detrás del coche, pero el sendero obligaba a rodear el bosque y ella podía cortar entre los árboles.
Llegó al embarcadero vieja con el pecho ardiendo.
La luz estaba encendida.
Sofía ya estaba allí.
Julián también.
Elena se quedó detrás de un pino.
No fue cobardía al principio.
Fue cálculo.
Pensó que si aparecía, su padre se pondría peor. Pensó que podría esperar unos segundos, escuchar, entender.
Sofía levantó el cuaderno verde.
—Está todo aquí.
Julián dio un paso hacia ella.
—Dámelo.
Elena se llevó una mano a la boca.
Quiso salir.
Entonces alguien le agarró el brazo desde atrás.
Estuvo a punto de gritar.
Diego.
—Calla —susurró él.
Elena intentó soltarse.
—¿Qué haces aquí?
—Mi padre recibió una llamada de Julián. Escuché parte.
—Suéltame.
—Espera.
—¡Suéltame!
Diego la soltó justo cuando Sofía gritó su nombre desde el embarcadero.
Elena avanzó.
Diego volvió a detenerla.
—Tu padre está fuera de sí.
—Es ella.
—Lo sé.
—Tengo que ir.
Entonces la luz se apagó.
Durante unos segundos no vieron nada.
Elena escuchó voces, un forcejeo y un golpe de madera.
—¡Sofía!
Corrió.
Diego fue detrás.
La bombilla volvió a encenderse, débil, parpadeando.
Sofía estaba en el suelo, de rodillas. Julián sujetaba el cuaderno.
—Elena —dijo Sofía.
Aquella fue la última vez que pronunció su nombre.
Julián se volvió.
—Vete a casa.
Elena siguió caminando.
—Dame el cuaderno.
—Vete.
—Es suyo.
Sofía se puso de pie.
Diego apareció detrás de Elena.
Julián lo vio.
—¿Qué haces tú aquí?
Nadie respondió.
Sofía aprovechó el segundo de distracción para intentar recuperar el cuaderno.
Julián tiró hacia atrás.
Ella no lo soltó.
El papel se rasgó.
Varias páginas volaron sobre el embarcadero.
Sofía perdió el equilibrio.
Elena vio el instante exacto en que su zapatilla resbaló sobre la madera mojada.
Vio los brazos abiertos.
Vio la sorpresa en su rostro.
Sofía cayó al agua.
—¡Sofi!
Elena corrió hacia el borde.
Julián la agarró por la cintura.
—¡Suéltame!
En el agua, Sofía apareció una vez, tosiendo.
—¡No sé nadar bien! —gritó.
Elena forcejeó.
—¡Papá, suéltame!
Diego dio un paso hacia el borde.
Julián le gritó:
—¡Quieto!
Fue una orden tan fuerte que Diego se congeló.
Sofía volvió a hundirse.
Elena mordió la mano de su padre.
Julián la soltó con una maldición.
Ella llegó al borde justo cuando una mano de Sofía apareció entre las ondas.
Se tumbó sobre las tablas y estiró el brazo.
—¡Dame la mano!
Sus dedos llegaron a rozarse.
Entonces Julián agarró a Elena por los hombros y la arrastró hacia atrás.
—¡No!
Elena gritó hasta que le dolió la garganta.
Diego seguía inmóvil.
—¡Haz algo!
Diego miró a Julián.
Después al agua.
Y echó a correr hacia el bosque.
Elena creyó que huía.
No supo hasta mucho después que había ido a buscar a su padre.
Julián la sujetó contra el suelo.
—Escúchame.
—¡Está viva!
—Escúchame.
—¡Sofía!
Del agua llegó un golpe contra la madera.
Julián miró hacia el embarcadero.
Por primera vez pareció tener miedo.
Elena consiguió soltarse y corrió hacia el borde.
No vio a Sofía.
Solo ondas.
Y algo flotando junto a uno de los pilares.
El colgante.
La cadena se había roto.
Elena lo recogió sin pensar.
Detrás de ella, Julián respiraba con dificultad.
—Nos vamos.
—No.
—Ahora.
—Tenemos que buscarla.
—Elena.
—Está viva.
Julián miró el agua negra.
—Ya no.
Elena se volvió hacia él.
Aquella frase se quedó dentro de ella durante dieciocho años.
No porque demostrara que su padre había matado a Sofía.
Sino porque la había pronunciado antes de que nadie pudiera saberlo.