CAPÍTULO 11 (PRESENTE) — PUNTO MEDIO ELENA ESTUVO ALLÍ
La prueba estaba en una fotografía que nadie había considerado prueba.
En el fondo de una de las fotografías aparecían Sofía y Elena.
No estaban juntas.
Eso era lo importante.
Sofía caminaba hacia la plaza. Elena, diez metros detrás, hablaba con Diego. Julián Varela se veía al otro lado de la calle observándolos.
La hora constaba en la ficha: 19:43.
Marina amplió la imagen.
Elena tenía algo en la mano.
Un sobre.
Llamó a Salvatierra.
—Necesito que vengas.
—Estoy a cuarenta minutos.
—Entonces tarda treinta.
Él llegó en treinta y cinco.
Marina le mostró la foto.
—¿Y?
—Mira la esquina del sobre.
Se veía una línea azul y parte de un logotipo.
Salvatierra abrió la copia digital de los billetes encontrados después de la desaparición. El mismo logotipo.
—Elena tenía los billetes esa tarde —dijo Marina.
—Eso no prueba que estuviera en el lago por la noche.
—No. Pero prueba que formaba parte del plan.
—Ya lo sospechábamos.
—Tengo algo más.
Había conseguido que el hospital autorizara una revisión de los efectos personales entregados a Elena cuando ingresó. Entre ellos estaba una cadena antigua con un pequeño colgante circular.
Marina había visto ese colgante antes.
En una fotografía de Sofía.
La imagen databa de julio de aquel verano. Sofía llevaba la cadena alrededor del cuello.
—¿Estás segura de que es el mismo? —preguntó Salvatierra.
—Tiene una muesca en el borde derecho. Mira.
Coincidía.
En la parte posterior había dos iniciales grabadas: S.L.
Salvatierra se quedó en silencio.
—Elena conserva desde hace dieciocho años un colgante que pertenecía a Sofía.
—Podría habérselo regalado antes.
—Podría.
—Siempre dices eso cuando ya has decidido qué ocurrió.
Marina lo miró.
—Todavía no he decidido nada. Pero quiero preguntarle de dónde lo sacó.
La tercera sesión comenzó sin Julián ni Pilar.
Marina colocó sobre la mesa una fotografía ampliada del colgante.
Elena lo reconoció al instante.
Su mano fue al cuello.
—Era de Sofía.
Elena cerró los dedos alrededor de la cadena.
—¿Te lo dio ella?
Nada.
—¿Lo llevabas la noche que desapareció?
Elena dejó de respirar durante un segundo.
Marina sostuvo su mirada.
—Estuviste allí.
Elena negó.
Pero demasiado tarde.
—Estuviste en el lago.
Elena empezó a llorar en silencio.
—No te estoy acusando de hacerle daño.
Elena la miró.
—Creo que viste algo.
Marina deslizó una hoja en blanco y un lápiz.
—No necesitas hablar. Puedes escribir una palabra. Un nombre. Un lugar.
Elena tomó el lápiz.
Durante varios segundos, Marina creyó que lo haría.
La punta tocó el papel.
Dibujó una línea corta.
Luego otra.
No era una letra.
Era la forma de un embarcadero.
Elena soltó el lápiz como si quemara.
Marina sintió que el caso cambiaba de forma delante de ella.
Elena no estaba traumatizada solo por el asesinato de Álvaro.
Su silencio actual no había empezado hacía tres noches.
Había empezado en aquel embarcadero dieciocho años atrás.
Cuando salió de la habitación, Salvatierra esperaba fuera.
—¿Algo?
Marina le mostró el dibujo.
—Ella estuvo allí.
Salvatierra observó las dos líneas.
—Eso no aguanta en un tribunal.
—No estoy pensando en un tribunal.
—Entonces ¿en qué?
Marina guardó la hoja.
—En por qué su marido terminó muerto justo cuando Elena volvió al lugar donde aprendió a callar.