CAPÍTULO 10 (PASADO) — EL ENCUBRIMIENTO
A la mañana siguiente de la desaparición de Sofía, Elena llevaba seis horas sin dormir.
Estaba sentada en la cocina de su casa con una taza de leche fría entre las manos.
Pilar había intentado hacerla beber. Elena no podía tragar.
Julián entró a las siete y diez.
Llevaba la misma camisa de la noche anterior, aunque se había cambiado los pantalones. El cabello estaba húmedo.
—¿Has dormido? —preguntó a Elena.
Ella no respondió.
Pilar miró a su marido.
—¿Dónde estabas?
—Con Adolfo.
—¿Toda la noche?
—Ha desaparecido una chica.
Pilar se quedó quieta.
—¿Qué chica?
Julián abrió un armario y sacó café.
—Sofía Ledesma.
La taza resbaló entre las manos de Elena y golpeó la mesa. No se rompió.
Pilar la miró.
—Elena.
—No pasa nada —dijo Julián.
Elena se levantó.
—Quiero ir a casa de Carmen.
Su voz salió áspera.
—No —dijo Julián.
—Tengo que verla.
—No.
—Es mi amiga.
—Precisamente.
Pilar miró de uno a otro.
—¿Qué está pasando?
Julián se acercó a Elena.
—Anoche estabas en casa.
Elena retrocedió.
—Papá...
—Estuviste aquí desde las diez.
—No.
La palabra salió antes de que pudiera contenerla.
Julián la miró con una quietud absoluta.
—Sí.
Pilar se puso de pie.
—Julián.
—Ve arriba, Elena.
—No.
—Ahora.
Ella empezó a llorar.
—Sofía estaba viva.
Pilar dejó escapar una exhalación.
Julián agarró a su hija por el brazo.
—Arriba.
—La vi. Estaba viva.
—Elena.
—Podías haberla sacado.
La bofetada no fue fuerte.
Eso fue lo peor.
No hubo pérdida de control. No hubo rabia. Julián la golpeó como quien cierra una puerta que ha quedado abierta.
Pilar se interpuso.
—¡Basta!
Julián la miró.
—Sube con ella.
—¿Qué has hecho?
Él no respondió.
A las ocho y veinte, Adolfo Roldán llegó a la casa.
Diego estaba en el coche, pálido, mirando al frente.
Julián recibió a Adolfo en el despacho.
Elena, desde el piso superior, escuchó fragmentos a través del conducto de calefacción.
—...la madre llamará pronto.
—Ya he hablado con Rafael.
—El chico tiene que mantener la versión.
—Lo hará.
—¿Y Elena?
Silencio.
—Elena estaba en casa.
—Julián...
—Estaba en casa.
Adolfo bajó la voz.
—No puedo hacer desaparecer todo.
—No te estoy pidiendo eso. Solo que investigues lo que parece evidente.
—No parece evidente.
—Lo parecerá.
Después hablaron de los billetes.
Elena dejó de escuchar.
Se encerró en el baño y vomitó.
A las nueve y doce, Carmen Ledesma presentó oficialmente la denuncia.
Antes de las diez, Adolfo ya había tomado declaración a Diego.
A las once, varios vecinos comenzaron a buscar por los caminos próximos a la carretera.
Julián apareció en la plaza y organizó grupos con una eficacia que impresionó a todo el mundo. Llevó linternas. Prestó dos vehículos de su empresa. Llamó a conocidos en pueblos cercanos. Abrazó a Rafael Ledesma delante de todos.
—La encontraremos.
Elena observó desde el coche de su madre.
Rafael lloró sobre el hombro de Julián.
Pilar apretó el volante.
—¿Qué pasó anoche?
Elena no contestó.
—Tu padre llegó empapado.
Elena miró por la ventana.
—Dime qué pasó.
—No puedo.
—¿Por qué?
Elena se giró.
—Porque él dijo que si hablo, te destruirá a ti también.
Pilar palideció.
—Tu padre no haría...
Elena la miró.
Pilar no terminó la frase.
Durante la siguiente semana, San Román buscó a Sofía en todas partes excepto donde había desaparecido.
Se registraron senderos, casas abandonadas, estaciones, carreteras. Se mostraron fotografías en pueblos vecinos. Adolfo pidió colaboración a otras comisarías.
El lago fue recorrido por la orilla.
Nadie pidió buzos.
Julián encontró los billetes dos días después, secos dentro de un sobre.
Adolfo los registró como prueba de una fuga planificada.
Diego declaró que había visto a Sofía cerca de la estación.
Elena no declaró.
Cada vez que alguien preguntaba por ella, Julián respondía que estaba destrozada por la desaparición de su amiga.
Era verdad.
Solo que no por las razones que todos suponían.
Un mes después, la búsqueda perdió intensidad.
Dos meses después, dejó de aparecer en los periódicos.
Seis meses después, la gente comenzó a hablar de Sofía en pasado.
Pilar conservó una caja con recortes de prensa que nunca mostró a nadie.
Diego dejó de acercarse al embarcadero viejo.
Adolfo siguió siendo policía hasta su jubilación.
Julián ganó las elecciones municipales cuatro años más tarde.
Y Elena aprendió algo que tardaría dieciocho años en olvidar:
un pueblo entero no necesita ponerse de acuerdo para guardar un secreto.
Solo necesita que cada persona tenga una razón distinta para callar.