CAPÍTULO 9 (PRESENTE) — SEGUNDA SESIÓN CON ELENA
Marina llegó al hospital a las nueve de la mañana con una sola palabra escrita en una tarjeta blanca.
SOFÍA.
No llevaba fotografías. No llevaba el cuaderno. No quería que Elena pudiera refugiarse en objetos ni en explicaciones. Solo en aquella palabra.
Pilar Varela había solicitado estar presente en la sesión. Marina se negó. El médico responsable, tras discutirlo durante quince minutos con la familia, confirmó que Elena era una paciente adulta y que la presencia de su madre no era necesaria.
Cuando Marina entró, Elena estaba de pie junto a la ventana.
—Buenos días.
Elena no se giró.
Marina se sentó y dejó la tarjeta boca abajo sobre la mesa.
—Ayer te hice demasiadas preguntas.
Nada.
—Hoy quiero hacer menos.
Esperó.
—Cuando una persona deja de hablar después de un trauma, a veces el problema no está en las palabras. Está en lo que cree que ocurrirá si las pronuncia.
Elena cerró los dedos alrededor del alféizar.
—No voy a pedirte que describas la muerte de Álvaro.
Una respiración corta.
—Tampoco voy a pedirte que me cuentes qué pasó hace dieciocho años.
Elena giró lentamente la cabeza.
Marina dio la vuelta a la tarjeta.
SOFÍA.
Elena se quedó inmóvil.
Luego comenzó el temblor.
Primero en la mano izquierda. Después en los hombros.
—Mírame.
Elena no podía.
—No necesitas hablar. Respira conmigo.
Marina marcó el ritmo con la mano. Cuatro segundos de inspiración. Pausa. Seis de exhalación.
Elena tardó en seguirla, pero finalmente lo hizo.
—¿Sofía era importante para ti?
Los ojos se llenaron de lágrimas.
Marina movió la tarjeta unos centímetros.
—¿La querías?
Elena cerró los ojos.
Una lágrima cayó.
Aquello era una respuesta.
—¿Ella quería irse contigo?
Elena abrió los ojos de golpe.
Marina no supo si había acertado hasta que la mujer retrocedió dos pasos.
—Los billetes eran dos —continuó—. No uno.
Elena se llevó una mano al pecho.
—Julián los encontró.
Un sonido escapó de la garganta de Elena.
No era una palabra.
Era apenas aire quebrado.
Marina se levantó despacio.
—Tu padre sabía lo de Sofía.
Elena negó con violencia.
—¿No lo sabía?
Negó otra vez, pero Marina entendió que no respondía a la pregunta. Le estaba pidiendo que parara.
—De acuerdo.
Volvió a sentarse.
—Paramos.
Elena la miró. Por primera vez había algo parecido a gratitud mezclado con miedo.
—Solo una cosa más. Tu marido estaba investigando lo que pasó con Sofía, ¿verdad?
La puerta se abrió antes de que Elena reaccionara.
Pilar apareció acompañada por un hombre alto de setenta años con traje azul oscuro.
Marina lo reconoció de las fotografías antiguas.
Julián Varela.
Apenas había cambiado en la expresión. El pelo se había vuelto blanco, pero la postura era la misma: espalda recta, barbilla ligeramente elevada, la seguridad tranquila de quien nunca había tenido que pedir permiso para entrar en una habitación.
—La sesión ha terminado —dijo.
Marina se puso de pie.
—¿Quién le ha autorizado a entrar?
—Soy su padre.
—Eso no responde a mi pregunta.
Julián miró a Elena. Ella bajó la vista.
—Mi hija necesita descansar.
—Su hija necesita poder decidir quién entra en su habitación.
Pilar murmuró:
—Doctora, por favor.
Julián dio un paso hacia Marina.
—Aprecio su interés profesional, pero Elena está enferma. No convierta esto en una investigación policial.
—No soy policía.
—Entonces compórtese como una psicóloga.
Marina sostuvo su mirada.
—Precisamente por eso necesito que salga.
El silencio se tensó.
Elena comenzó a frotarse el pulgar contra la base del índice.
Julián lo vio.
Su expresión se suavizó de inmediato.
—Cariño —dijo—. Nadie va a obligarte a recordar nada.
Elena levantó la cabeza.
Marina vio terror.
No hacia la memoria.
Hacia él.
Julián puso una mano sobre el hombro de su hija.
Elena se encogió.
Marina no necesitó más.
—La sesión ha terminado —dijo ella—. Pero porque Elena necesita descansar, no porque usted lo ordene.
Recogió la tarjeta.
En el pasillo, Julián salió detrás.
—Doctora Ferreira.
Marina se giró.
—San Román es un pueblo pequeño. A veces quienes vienen de fuera interpretan mal cosas que no comprenden.
—¿Eso es un consejo?
—Una cortesía.
—No me gustan demasiado las cortesías que suenan a advertencia.
Julián sonrió sin humor.
—Entonces quizá está demasiado involucrada.
Se marchó.
Salvatierra llamó diez minutos después.
—Tengo algo sobre Julián Varela. Fue alcalde durante ocho años. Antes presidió una empresa inmobiliaria. Sigue controlando medio ayuntamiento a través de socios y familiares.
Marina observó desde el final del pasillo cómo Julián hablaba con un médico.
—Añade una cosa más.
—¿Cuál?
—Elena le tiene miedo.
—¿Estás segura?
—Lo suficiente.
—Eso no prueba nada.
—Nunca he dicho que lo pruebe.
Marina miró la tarjeta que todavía sostenía.
SOFÍA.
El temblor de Elena había empezado con aquel nombre.
Pero el miedo verdadero había aparecido cuando su padre entró en la habitación.