CAPÍTULO 8 (PASADO) — LA NOCHE DEL LAGO (PARTE 1)
Ninguno de los tres lo sabía.
Carmen preparó pescado. Rafael abrió una botella de vino. La televisión estaba encendida en el salón y las ventanas de la cocina permanecían abiertas porque la tormenta de la tarde había dejado el aire pesado.
—Mañana viene tu tía —dijo Carmen.
Sofía levantó la vista.
—Pensaba que venía el domingo.
—Ha cambiado de idea. Podrías intentar estar en casa.
—Estoy en casa.
—Sabes a qué me refiero.
Sofía miró el reloj.
21:37.
A las diez y media debía encontrarse con Elena.
Habían hablado por teléfono aquella mañana durante cuarenta segundos.
—Necesito verte —había dicho Elena.
—Yo también.
—En el embarcadero viejo.
—¿Esta noche?
—Sí.
—¿Tu padre?
Silencio.
—No lo sabe.
Sofía no estaba segura de creerla.
—Tengo tus billetes.
—Lo sé.
—Los tiene él.
—Ya lo sé.
Otra pausa.
—Sofi.
Hacía días que nadie la llamaba así.
—¿Qué?
—Ven sola.
A las nueve y cincuenta, Sofía subió a su habitación. Metió en una mochila el cuaderno verde, una chaqueta, una linterna y veinte euros. No llevaba ropa. No pretendía irse aquella noche.
A las diez y ocho bajó.
—Voy a dar una vuelta.
Carmen se giró desde el fregadero.
—¿Ahora?
—No tardaré.
—Una hora.
Sofía sonrió.
—Una hora.
Fue la última vez que Carmen vio sonreír a su hija.
Fuera, el aire olía a lluvia. Sofía tomó la calle que bajaba al lago.
No vio el coche oscuro.
Aquello debería haberla tranquilizado.
No lo hizo.
A medio camino creyó escuchar pasos detrás. Se detuvo.
Nada.
Llegó al sendero. Allí ya no había farolas. Encendió la linterna y atravesó cuatrocientos metros de bosque hasta el embarcadero viejo.
Pensó en Elena. En Madrid. En la posibilidad absurda de que todo pudiera arreglarse aquella noche.
Cuando vio el lago, apagó la linterna.
La bombilla del embarcadero estaba encendida.
—¿Elena?
Nada.
Sofía salió del bosque.
El agua estaba negra.
Alguien estaba al final del embarcadero.
De espaldas.
—¿Eres tú?
La figura se volvió. La luz quedaba detrás y no pudo ver el rostro.
—¿Dónde está Elena?
La persona no respondió.
—He preguntado dónde está Elena.
Un paso.
Sofía retrocedió.
—No te acerques.
La figura se detuvo.
Entonces habló.
—Tenemos que terminar con esto.
Sofía conocía aquella voz.
El miedo le llegó antes que el pensamiento.
—¿Dónde está?
—No va a venir. Vuelve a casa.
—Mientes.
—Vuelve a casa y olvida los billetes.
—Dámelos.
—No.
—Son míos.
—No vas a ir a Madrid.
—No puede decidir eso.
Sofía retrocedió hasta sentir el primer tablón del embarcadero bajo el pie.
—Escúchame bien.
—No.
—Hay cosas que no entiendes.
—Todo el mundo me dice eso.
Sofía metió una mano en la mochila y sacó el cuaderno.
—Elena me quiere.
Silencio.
—Y yo la quiero a ella.
—No vuelvas a decir eso.
—Nos vamos a ir.
—No.
—Sí.
—He dicho que no.
Sofía levantó el cuaderno.
—Está todo aquí.
La figura se detuvo.
—¿Qué?
—Todo. Las amenazas. Lo que ha hecho. Lo que nos han dicho.
No era completamente cierto, pero suficiente.
—Dame eso.
—No.
El viento abrió las páginas.
—Si me pasa algo, alguien lo encontrará.
Otra mentira. No había copias. No había contado a nadie dónde lo guardaba.
—No sabes con qué estás jugando.
—No estoy jugando. Mañana se lo contaré a mi madre. Después, a quien haga falta.
La figura avanzó.
—No harás eso.
—Pruébeme.
En algún lugar del bosque crujió una rama.
Ambos miraron.
Sofía creyó ver movimiento entre los árboles.
—¿Elena?
Nadie respondió.
Cuando volvió la cabeza, la figura estaba mucho más cerca.
—Dame el cuaderno.
—No.
Una mano intentó agarrarlo. Sofía tiró hacia atrás.
—¡Suéltame!
Los dedos se cerraron alrededor de su muñeca. Sofía golpeó con la otra mano. El cuaderno cayó abierto sobre las tablas.
—¡Elena!
Desde el bosque llegó un jadeo.
Había alguien allí.
Sofía volvió la cabeza.
Ese segundo fue suficiente.
Una mano la empujó.
Su talón resbaló.
Consiguió agarrarse a una cuerda y cayó de rodillas sobre las tablas.
La figura se quedó frente a ella.
Detrás, entre los árboles, alguien observaba.
La bombilla oscilaba con el viento.
Sofía levantó la cabeza.
—Ella está aquí, ¿verdad?
Ninguna respuesta.
—Elena está aquí.
Otra rama se rompió en la oscuridad.
Sofía sonrió, no porque estuviera tranquila, sino porque comprendió que ya no estaba sola.
Pero no llegó a ver quién salió de entre los árboles.
La luz se apagó.