La chica que no habla CAPÍTULO 6 (PASADO) — GRIETAS EN EL PUEBLO
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CAPÍTULO 6 (PASADO) — GRIETAS EN EL PUEBLO

A principios de agosto, Sofía dejó de esconder que estaba enfadada.

No contó por qué.

Eso fue suficiente.

En San Román, un secreto nunca necesitaba ser conocido para convertirse en rumor. Solo necesitaba existir.

Su madre fue la primera en enfrentarse a ella.

—¿Has discutido con Elena?

Sofía dejó la cuchara dentro del café.

—¿Por qué?

—Porque ya no viene.

—Está ocupada.

—Antes estaba aquí todos los días.

Carmen dobló un paño de cocina.

—La señora Varela me ha preguntado por ti.

Sofía sintió un vacío en el estómago.

—¿Pilar?

—Sí. Quería saber cómo estabas.

—Qué amable.

—No pongas ese tono.

—¿A ti no te parece raro?

—Últimamente todo te parece una conspiración. Estás irritable. Llegas tarde. Mientes.

—¿Sobre qué?

—Eso me gustaría saber.

Sofía se levantó.

—Voy a salir.

—Son las nueve de la mañana.

—Sí. Suele pasar una vez al día.

Cerró la puerta antes de oír el resto.

En la plaza se encontró con Inés.

—Tenemos que hablar —dijo su amiga—. Diego está raro.

—¿Qué quieres decir?

—Ayer le pregunté si venías al lago y me dijo que te dejara tranquila. Diego nunca quiere dejar tranquila a nadie.

Sofía continuó caminando.

—No significa nada.

—¿Habéis discutido?

—No.

—¿Te gusta?

Sofía se echó a reír.

—¿Diego? Créeme. No me gusta Diego.

Inés cruzó los brazos.

—Entonces ¿qué está pasando?

Sofía pensó en decírselo. Otra vez. Inés era su mejor amiga desde niñas. Pero decirlo convertía algo íntimo en información, y la información en San Román tenía vida propia.

—Nada.

Se separaron frente a la panadería.

A medio camino del lago, Sofía vio a Adolfo Roldán junto a su coche policial.

—Sofía. Un momento.

No quería detenerse.

Lo hizo.

Adolfo tenía cincuenta años y la clase de sonrisa que parecía diseñada para tranquilizar.

—Tu padre dice que estás pensando en estudiar fuera.

—¿Ha hablado con él?

—Nos conocemos desde hace treinta años. Madrid, ¿no?

El corazón de Sofía golpeó.

—¿Qué?

—La universidad.

—No lo sé todavía.

Adolfo sonrió.

—Tu madre está preocupada.

—Mi madre siempre está preocupada.

—Los padres somos así.

—Usted no es mi padre.

La sonrisa se apagó.

—No. Pero conozco a tu familia. Y a los Varela.

Sofía sintió frío.

—No sé qué tiene que ver Elena.

—Yo no he dicho Elena.

Se miraron.

—¿Quién le ha contado algo?

Adolfo suspiró.

—A veces creemos que nuestros problemas son enormes porque tenemos diecisiete años.

—No sabe nada de mis problemas.

—Sé que algunas decisiones tienen consecuencias.

—¿Me está amenazando?

—Te estoy aconsejando.

—No se lo he pedido.

Sofía empezó a caminar.

—Hay familias a las que conviene no poner contra la pared.

Aquella noche arrancó tres páginas del cuaderno, las dobló y las metió en un sobre con el nombre de Elena.

A la mañana siguiente fue a la casa de los Varela. Pilar abrió la puerta.

—¿Está Elena?

—No.

—¿Dónde está?

—Con su padre.

—¿Cuándo vuelve?

Pilar miró el sobre.

—Creo que deberías irte.

Sofía la observó.

—¿Usted también?

Pilar bajó la voz.

—No hagas esto más difícil.

—¿Hacer qué?

—Mi marido cree que sería mejor que dejaras de venir.

—¿Y usted qué cree?

Pilar tardó demasiado.

—Creo que deberías pensar en tu familia.

—Estoy pensando en ella.

—No me refiero a Elena.

Sofía retrocedió.

—No termine esa frase.

Se marchó sin entregar el sobre.

Tres días después Diego la llamó.

—Ven al embarcadero. Elena me ha pedido que te diga algo.

Diego esperaba solo junto al cobertizo.

—¿Dónde está?

—No viene. Su padre la va a llevar unos días fuera.

—¿Adónde?

—No sé.

—Mientes.

—No lo sé.

Sofía lo miró.

—¿Le contaste a tu padre?

Diego no respondió.

—Me prometiste que no dirías nada.

—Estaba preocupado. Pensé que podía ayudarte.

Sofía le dio una bofetada.

—No vuelvas a hablarme.

—No sabía que reaccionaría así.

—Eres un imbécil.

Aquella tarde vio a Julián Varela sentado en la terraza del Café Central. Traje gris. Camisa blanca, aunque hacía más de treinta grados.

Julián levantó la mirada cuando Sofía pasó.

Sobre la mesa, frente a él, había un sobre abierto.

Los billetes de autobús sobresalían por uno de los extremos.

Madrid.

Veintinueve de agosto.

Sofía se tocó el bolsillo.

Vacío.

Aquella noche faltaban doce días para que desapareciera.