CAPÍTULO 5 (PRESENTE) — EL CUADERNO
El cuaderno llegó a la oficina de Marina dentro de una bolsa transparente.
Legalmente no debería haber estado allí.
Técnicamente tampoco lo estaba: Salvatierra había conseguido autorización para que ella examinara una copia digitalizada porque podía contener información relevante para la evaluación de Elena.
Marina llevaba dos horas leyendo la vida de una adolescente desaparecida.
La primera mitad estaba escrita con una letra uniforme.
“E. dice que tiene miedo.”
“E. no vino.”
“He comprado los billetes.”
Después aparecían nueve páginas arrancadas.
Más adelante, la voz cambiaba. No necesariamente la caligrafía. La voz.
Marina había pasado años trabajando con declaraciones, diarios y reconstrucciones autobiográficas. Las personas no escribían igual durante toda su vida, pero había cosas difíciles de falsificar: el ritmo, la distancia emocional, las palabras que alguien elegía para nombrarse.
En las primeras páginas, quien escribía parecía tener diecisiete años.
En las últimas, no.
El teléfono vibró.
—Tenemos análisis preliminar —dijo Salvatierra—. Huellas parciales de Elena.
—¿Solo de Elena?
—Las útiles, sí.
—Eso no significa que lo escribiera.
—No.
—¿La tinta?
—Todavía nada.
Marina volvió al principio. En una página fechada el 21 de julio aparecía una frase:
“Papá dice que hay personas que confunden querer a alguien con destruirlo.”
Papá.
Si el cuaderno era de Elena, tenía sentido. Pero las primeras páginas parecían estar escritas por Sofía.
Abrió la fotografía del grupo encontrada en la casa. Detrás había cuatro nombres: Inés. Diego. Elena. Sofi.
Buscó en internet. Los resultados eran escasos. Tres noticias sobre la desaparición.
JOVEN DE SAN ROMÁN, DESAPARECIDA DESDE EL VIERNES.
CONTINÚA SIN RESULTADOS LA BÚSQUEDA DE SOFÍA LEDESMA.
Y cuatro semanas después:
LA POLICÍA MANEJA LA HIPÓTESIS DE UNA MARCHA VOLUNTARIA.
La investigación mencionaba ropa preparada, una pequeña cantidad de dinero y conflictos familiares. No se hablaba del lago. Tampoco de Elena.
Marina llamó otra vez a Salvatierra.
—¿Dónde vivía Elena a los diecisiete?
—San Román. Nació allí.
—Quiero el expediente de Sofía.
—Está archivado.
—Entonces desarchívalo.
—No funciona así.
—Sí funciona así. Solo tarda más.
A las cuatro volvió al hospital.
Elena estaba sentada en el mismo sillón.
Marina llevó una copia de la fotografía.
—Sé que creciste en San Román. También sé que conocías a Sofía Ledesma.
Los ojos de Elena se movieron.
Marina colocó la foto sobre la mesa.
—Eres tú. Y esta es Sofía.
Elena no miró.
—Desapareció hace dieciocho años. La policía dijo que se marchó voluntariamente. ¿Fue así?
La respiración cambió.
—Tu marido sabía quién era Sofía.
Los ojos se abrieron.
—Encontramos un cuaderno escondido en la casa.
Elena se levantó de golpe. El sillón chocó contra la pared.
—¿Es tuyo?
Elena negó. Una vez. Luego otra. Más rápido.
—¿Era de Sofía?
Se llevó ambas manos al cuello.
—No tienes que hablar.
Elena retrocedió hasta la pared y miró la puerta, como si esperara que alguien entrara.
—Estás segura aquí.
La frase produjo la misma reacción que el día anterior: desesperación.
—¿No estás segura?
Elena bajó las manos. Sus labios se movieron.
No salió ningún sonido.
Pero Marina vio la forma de una palabra.
No.
La puerta se abrió.
Una mujer de unos sesenta años entró con un abrigo crema y un bolso de piel.
—¿Qué está haciendo?
—¿Quién es usted?
—Su madre. Pilar Varela.
Fue directamente hacia Elena y la abrazó. Elena permaneció rígida.
—La sesión no ha terminado —dijo Marina.
—Para mí sí.
—No funciona así.
—Mi hija acaba de sufrir un trauma. Compórtese como si lo supiera.
Marina recogió la fotografía. Pilar la vio.
Su rostro cambió.
Solo un instante.
—¿De dónde ha sacado eso?
Marina observó la reacción.
—¿Conoce a Sofía Ledesma?
Pilar palideció.
—Salga.
—Señora Varela...
—He dicho que salga.
Marina miró a Elena. Ella tenía los ojos clavados en su madre. No había consuelo en ellos. Había advertencia.
En el pasillo Marina llamó a Salvatierra.
—Necesito ese expediente hoy.
—Estoy intentando conseguirlo.
—La madre de Elena conoce a Sofía.
—Vivían en el mismo pueblo.
—No es eso.
—¿Qué viste?
Marina miró a través del cristal. Pilar hablaba a su hija en voz baja.
—Vi a una mujer que lleva dieciocho años esperando que alguien haga esa pregunta.