CAPÍTULO 4 (PASADO) — LA RELACIÓN PROHIBIDA
La primera persona a la que Sofía estuvo a punto de contárselo fue Inés.
No lo hizo.
La segunda fue su madre.
Tampoco.
La tercera fue Diego Roldán.
Ese fue su error.
Dos semanas después de que el coche oscuro empezara a aparecer frente a su casa, Sofía encontró una nota dentro de su mochila.
DÉJALA EN PAZ.
La leyó tres veces.
El aula estaba vacía. Era agosto, pero el instituto municipal abría algunas mañanas para los alumnos que preparaban recuperaciones. Sofía guardó la nota y salió por la puerta lateral.
Elena la esperaba detrás del polideportivo.
—¿Qué pasa?
Sofía le mostró el papel.
Elena perdió el color de la cara.
—¿Quién te ha dado esto?
—Si lo supiera no estaría preguntándomelo.
—Tenemos que dejar de vernos.
Sofía se quedó inmóvil.
—No.
—Durante un tiempo.
—No.
—Sofi.
—¿Quién puede saberlo?
Elena miró hacia la carretera.
—Mi padre me hizo preguntas.
—¿Qué sabe?
—No lo sé.
Sofía sacó de su bolsillo el sobre con los billetes.
—Podemos irnos.
Elena lo abrió. Madrid. Veintinueve de agosto.
—¿Los has comprado tú?
—Sí.
—Tenemos instituto.
—Podemos terminarlo allí.
—No funciona así.
—¿Y cómo funciona? ¿Esperamos hasta que tu padre decida que puede controlar toda nuestra vida?
Elena dobló los billetes cuidadosamente.
—Mi madre no puede quedarse sola con él.
La frase abrió una puerta que Elena llevaba meses manteniendo cerrada.
—¿Te pega?
—No.
—¿Le pega a ella?
—No.
—Entonces ¿qué hace?
Elena tragó saliva.
—Controla todo. El dinero. La ropa de mi madre. Con quién hablamos. A dónde vamos. Si se enfada puede pasar dos días sin dirigirnos la palabra y luego vuelve como si nada. Como si fuéramos nosotras las culpables.
Sofía tomó sus manos.
—Eso no es normal.
—En mi casa sí.
Un vehículo apareció por la carretera. Elena soltó a Sofía.
Era una furgoneta que pasó de largo.
—Guarda los billetes —dijo Sofía.
Elena se los devolvió.
—No puedo prometerte que vaya.
—No te he pedido una promesa.
—Es exactamente lo que me estás pidiendo.
Se marchó.
Esa tarde Sofía encontró a Diego trabajando en el embarcadero de su padre. Los Roldán alquilaban pequeñas embarcaciones a turistas.
—Necesito preguntarte algo.
—Eso suena peligroso.
Sofía le mostró la nota.
—¿Has visto a alguien siguiéndome?
Diego dejó de sonreír.
—¿Desde cuándo?
—Dos semanas.
—¿Se lo has contado a tu padre?
—No quiero policía.
El padre de Diego dirigía el puesto policial local.
—Entonces ¿qué quieres?
Sofía miró el lago. El secreto ya no parecía pertenecerles solo a ella y a Elena.
—Necesito saber si puedo confiar en ti.
—Claro que puedes.
Sofía respiró.
—Elena y yo estamos juntas.
Diego tardó un segundo en entender.
—¿Juntas?
—No me obligues a explicarlo como si tuvieras cinco años.
—No. Ya. ¿Desde cuándo?
—Navidad.
—Joder.
Sofía esperó la risa.
No llegó.
—¿Alguien más lo sabe?
—No.
Le enseñó la nota.
Diego miró hacia la carretera.
—¿Elena cree que ha sido alguien?
—Su padre.
La expresión de Diego cambió.
—¿Qué?
—Nada.
—Conoces a Julián.
—Todo el mundo conoce a Julián.
—Tu padre es amigo suyo.
Diego dejó de mirarla.
—No te metas con Julián Varela.
—No me estoy metiendo con él.
—Te estás metiendo con su hija.
Sofía retrocedió.
—Qué bonito.
—No quería decirlo así.
—Pues lo has dicho.
Diego bajó la voz.
—Julián no pierde.
—¿Qué significa eso?
—Que si cree que eres un problema, buscará la manera de que dejes de serlo.
Sofía se rio. Diego no.
—No le digas nada a nadie.
—No lo haré.
—Ni a tu padre.
—Ni a mi padre.
Ella empezó a marcharse.
—Sofi.
Se volvió.
—Si Elena te dice que pares, para. Ella sabe mejor que tú de qué tiene miedo.
Esa noche Diego cenó con su padre.
Después de medianoche, alguien llamó desde el teléfono fijo de los Roldán a la casa de Julián Varela.
La conversación duró menos de tres minutos.
Al día siguiente, el coche oscuro dejó de pasar frente a la casa de Sofía.
Eso fue lo que más la asustó.