La chica que no habla CAPÍTULO 3 (PRESENTE) — LA CASA DEL LAGO
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CAPÍTULO 3 (PRESENTE) — LA CASA DEL LAGO

Dieciocho años después, la bombilla del embarcadero seguía allí.

Marina la vio antes que la casa. Colgaba de un poste inclinado al final de la pasarela, apagada bajo la luz gris de la mañana.

—Parece más pequeño en las fotos —dijo.

Salvatierra cerró la puerta del coche.

—Todo parece más pequeño cuando no hay un cadáver.

La casa Varela estaba construida sobre una elevación a unos cincuenta metros del agua. Piedra oscura, tejado inclinado y grandes ventanales que miraban hacia el lago. No había ninguna vivienda cercana.

—¿Cuánto tiempo llevaba Elena sin venir aquí?

—Según su madre, años.

—¿Y por qué vino con Álvaro?

—Era idea de él. Fin de semana tranquilo.

Marina observó la fachada.

—Un periodista trae a su mujer a una casa que ella evita desde hace años para tener un fin de semana tranquilo.

—Por eso está usted aquí.

Dentro olía a madera, humedad y productos de limpieza. El salón estaba casi exactamente como había quedado tras la inspección. La alfombra había sido retirada, pero sobre el suelo quedaba una zona más clara frente a la chimenea.

—Aquí —dijo Salvatierra—. Traumatismo en la parte posterior del cráneo. Un solo golpe fuerte.

—¿Arma?

—Nada. Una pala de chimenea y dos atizadores. Limpios.

Marina caminó alrededor.

—¿Elena llamó desde aquí?

—Desde su móvil. No sabemos en qué habitación.

—¿Sangre en las escaleras?

—Transferencia en el pasamanos. De Álvaro.

—Entonces subió después de tocarlo.

El dormitorio principal estaba al final del pasillo. La cama seguía deshecha. Sobre una cómoda había un reloj, un cargador y una fotografía enmarcada de Elena y Álvaro.

—¿Cuánto llevaban casados?

—Seis años.

—¿Problemas conocidos?

—Ninguno grave.

—Eso no existe.

Salvatierra corrigió:

—Ninguno registrado.

En el piso superior había también una biblioteca, un despacho viejo y un dormitorio infantil que nadie utilizaba. Al final del pasillo, una puerta daba a un trastero.

El polvo allí era más grueso.

—Aquí no limpiaron —dijo Marina.

—No parece.

Había cajas, juguetes, libros escolares y fotografías. Marina abrió un álbum. Elena adolescente aparecía junto al lago con otros chicos. Detrás de ellos, un hombre alto de cabello oscuro sonreía sin mostrar los dientes.

—¿Su padre?

—Julián Varela. Vive en el pueblo.

Marina pasó otra página. Elena con cuatro adolescentes. Una muchacha había girado la cara justo cuando tomaron la foto.

—¿Quiénes son?

—Ni idea.

En una esquina había un escritorio viejo. Uno de los cajones estaba bloqueado.

Marina tiró.

—¿Revisaron esto?

—La científica revisó la casa.

—No he preguntado eso.

Salvatierra se arrodilló y abrió la cerradura con una herramienta.

Dentro había sobres, facturas y fotografías. Marina retiró los papeles. El fondo del cajón estaba ligeramente levantado.

—Espera.

Metió un dedo en la ranura.

La tabla salió.

Debajo había un cuaderno.

Tapas verdes.

La esquina inferior doblada.

Salvatierra sacó una bolsa de evidencias.

—No lo toque.

Fotografió la posición y lo recogió con guantes.

La primera página tenía una fecha de dieciocho años atrás. La letra era pequeña, inclinada. Había páginas arrancadas y, a mitad del cuaderno, una caligrafía casi idéntica pero ligeramente más rígida.

Marina se inclinó.

—Para.

Había una frase subrayada.

Salvatierra leyó:

—“Si Sofía hubiera hablado aquella noche, ninguno de nosotros habría podido volver a casa.”

Marina lo miró.

—¿Quién es Sofía?

Salvatierra buscó el nombre escrito en otra página: Sofía Ledesma.

Tecleó en su teléfono.

Durante varios segundos solo se oyó el viento contra la ventana.

—Mierda.

Le mostró la pantalla. Una noticia digitalizada de un periódico local. La fotografía mostraba a una chica de diecisiete años.

CONTINÚA LA BÚSQUEDA DE UNA JOVEN DESAPARECIDA EN SAN ROMÁN.

Fecha: dieciocho años antes.

—¿La encontraron? —preguntó Marina.

Salvatierra siguió leyendo.

—No. El caso se cerró como fuga voluntaria.

Marina volvió a mirar el cuaderno escondido.

Una chica desaparecida. Un diario oculto. Y, dieciocho años después, un hombre asesinado en la misma casa.

Desde la ventana podía verse el embarcadero y la bombilla al final.

Marina sintió una certeza incómoda.

El asesinato de Álvaro Cifuentes no había empezado tres noches atrás.

Había empezado con una chica llamada Sofía.