CAPÍTULO 2 (PASADO, 18 AÑOS ATRÁS) — EL VERANO DE SOFÍA
Aquel verano todo el mundo decía que Sofía Ledesma había cambiado.
Su madre lo decía cuando pensaba que ella no escuchaba. Las vecinas lo decían en la panadería. Inés decía que estaba insoportable. Diego prefería decir que se había vuelto misteriosa, porque Diego intentaba convertir cualquier cosa en una historia interesante.
Solo Elena no decía nada.
Era julio y San Román llevaba doce días soportando un calor que parecía ajeno a las montañas.
El lago estaba lleno desde primera hora de familias, adolescentes y turistas de fin de semana.
Desde la plaza se veía la hilera de coches junto a la carretera, las sombrillas de colores y las barcas blancas alejándose de la orilla.
Sofía odiaba aquella época del año. Durante nueve meses, San Román era un pueblo de mil ochocientas personas donde todos sabían quién había discutido con quién, quién debía dinero y qué matrimonio llevaba seis meses durmiendo en habitaciones separadas.
En verano llegaban extraños y los vecinos fingían convertirse en personas distintas.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día?
Sofía levantó la mirada. Inés Salas estaba de pie frente a ella con el bikini debajo de una camiseta amarilla y dos botellas de refresco en la mano.
—Estoy leyendo.
—Estás mirando la misma página desde que he llegado.
Sofía cerró el libro.
—¿Has venido a vigilarme?
—Eso lo hace tu madre gratis.
Inés se sentó sobre la hierba.
A unos veinte metros, Diego y otros chicos se empujaban sobre el embarcadero. Elena estaba con ellos. Llevaba un bañador rojo y el pelo recogido.
Diego dijo algo. Elena se echó a reír.
Sofía sintió un pinchazo desagradable en el pecho.
—Ahí está otra vez —dijo Inés.
—¿Qué?
—Esa cara.
—¿Qué cara?
—Como si quisieras matar a alguien.
Inés siguió la dirección de su mirada.
—Diego.
—¿Qué pasa con Diego?
—Llevas toda la semana rara con él.
—No estoy rara con nadie.
—Claro. Por eso ayer te fuiste de la fiesta sin despedirte.
Sofía abrió otra vez el libro.
—Me dolía la cabeza.
—Y por eso llevas tres semanas evitando venir a mi casa.
—Tu hermano escucha música a todo volumen.
—Mi hermano tiene doce años.
—Precisamente.
Inés la observó.
—¿Qué te pasa?
Ahí estaba la pregunta.
—Nada.
—Somos amigas desde los nueve años.
Sofía sonrió.
—Eso solo significa que llevas ocho años molestándome.
Inés le dio un empujón con el hombro. Sofía se rio.
Durante unos segundos consiguió sentirse como antes.
Entonces Elena se levantó del embarcadero. Sus miradas se encontraron. Elena apartó la suya de inmediato.
La sonrisa de Sofía desapareció.
—Voy a comprar agua.
—Tienes una botella ahí.
—Está caliente.
Sofía caminó hacia los vestuarios. Atravesó un pasillo y salió por una puerta metálica al viejo almacén de barcas.
Esperó.
Elena apareció un minuto después.
—¿Estás loca?
—Hola a ti también.
—Inés te ha visto venir.
—Inés cree que estoy enfadada con Diego. Es más fácil que contarle la verdad.
Elena cerró la puerta.
—Baja la voz.
—No estoy gritando.
—En este pueblo no hace falta gritar.
Sofía dio un paso hacia ella.
—Anoche no viniste.
—No pude.
—Podrías haber avisado.
—Mi padre estaba despierto.
—Tu padre siempre está despierto.
Elena miró hacia la puerta.
—No podemos seguir haciendo esto aquí.
Sofía soltó una risa seca.
—¿Aquí dónde? ¿En el almacén? ¿En el pueblo? ¿En el planeta?
—Sabes lo que quiero decir.
—No. Últimamente nunca sé qué quieres decir.
Elena cerró los ojos.
—Solo necesito tiempo.
Sofía había empezado a odiar aquella palabra.
Llevaban siete meses robando minutos dentro de casas vacías, senderos del bosque, vestuarios y coches prestados. Siete meses prometiéndose que algún día dejarían de esconderse.
—Tengo diecisiete años —dijo Sofía—. No pienso pasarme la vida esperando a que tu padre me dé permiso para existir.
Los ojos de Elena se endurecieron.
—No se trata solo de él.
—Siempre se trata de él.
—No conoces a mi padre.
—Lo conozco suficiente.
Elena dio un paso hacia ella.
—No.
La forma en que lo dijo hizo que Sofía callara.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Elena.
—He dicho que no.
Sofía la observó.
—Te ha preguntado por mí.
Elena no respondió.
—¿Qué te dijo?
—Que pasas demasiado tiempo en casa.
—Qué tragedia.
—No bromees.
Sofía bajó la voz.
—¿Sabe algo?
Elena tardó demasiado en contestar.
—No.
Fuera, alguien gritó desde el agua.
Sofía tomó la mano de Elena.
—Podemos irnos.
—¿Adónde?
—A cualquier sitio.
—Tenemos diecisiete años.
—En septiembre cumplo dieciocho.
—Yo no.
—En noviembre sí.
Elena soltó una pequeña risa, pero estaba a punto de llorar.
—¿Y qué hacemos hasta entonces?
Sofía apretó sus dedos.
—Sobrevivir a San Román.
Esta vez Elena sonrió de verdad.
Sofía la besó. Fue un beso corto. Después otro. Elena le puso una mano en la nuca. Durante unos segundos, el pueblo dejó de existir.
Entonces algo golpeó la puerta exterior.
Elena se separó.
—¿Qué ha sido eso?
Sofía escuchó. Nada.
—Algún niño.
Cuando regresaron al lago, Diego Roldán ya no estaba en el embarcadero.
Aquella noche Sofía cenó con sus padres en silencio. Subió a su habitación antes del postre y sacó de debajo del colchón un cuaderno de tapas verdes.
Escribió la fecha.
17 de julio.
Luego añadió:
“E. cree que podemos seguir escondiéndonos hasta que el mundo cambie solo. Yo creo que el mundo no cambia si nadie lo obliga.”
Escuchó un coche detenerse frente a la casa.
Se asomó a la ventana. Un vehículo oscuro estaba aparcado al otro lado de la calle. No reconoció al conductor. La luz interior se apagó.
Sofía esperó.
El coche no se movió.
Después de casi un minuto arrancó y desapareció detrás de la esquina.
Volvió al escritorio. En la página siguiente había un sobre. Dentro guardaba dos billetes de autobús.
San Román-Madrid.
Veintinueve de agosto.
Solo ida.
No sabía todavía si Elena tendría el valor suficiente para subir a aquel autobús.
Pero ella sí.
Cerró el cuaderno.
En la calle, el coche oscuro pasó por delante de la casa una segunda vez.