CAPÍTULO 1 (PRESENTE) — LA LLAMADA
El teléfono de Marina Ferreira sonó a las seis y diecisiete de la mañana.
No era una hora a la que llegaran buenas noticias.
Abrió los ojos y tardó varios segundos en comprender que el sonido no formaba parte del sueño.
Sobre la mesa de noche seguía abierto el expediente que había estado leyendo hasta pasada la una: un adolescente acusado de agredir a su padrastro, tres entrevistas contradictorias y una madre convencida de que una evaluación psicológica podía convertir una familia rota en una explicación sencilla.
El móvil volvió a vibrar.
Número desconocido.
—¿Sí?
—¿Doctora Ferreira?
La voz era masculina, grave, demasiado despierta.
—Soy yo.
—Inspector Salvatierra. Nos vimos hace unos años, en el caso Molina.
Marina cerró los ojos un instante. Recordaba el caso. Y recordaba al inspector.
—Buenos días.
—Lo siento por la hora.
—Cuando alguien empieza una conversación así, normalmente no lo siente.
Hubo una pausa.
—Necesitamos una evaluación.
Marina apartó la manta.
—¿De quién?
—Una mujer llamada Elena Varela.
El nombre no le decía nada.
—¿Está detenida?
—No.
—¿Investigada?
—Todavía no sabemos exactamente qué es.
Aquello consiguió despertarla.
Mientras preparaba café, Salvatierra resumió el caso.
Elena Varela, treinta y cinco años. Casada con Álvaro Cifuentes, periodista de investigación.
Tres noches antes habían pasado el fin de semana en una casa perteneciente a la familia de Elena, junto al lago de San Román.
A las dos y cuarenta de la madrugada Elena llamó a emergencias y no dijo una sola palabra.
La operadora escuchó su respiración durante cuarenta y tres segundos antes de que la llamada se cortara.
Una patrulla llegó diecisiete minutos después.
Encontraron a Álvaro muerto en el salón por un traumatismo craneal.
Elena estaba sentada en el dormitorio, con las rodillas pegadas al pecho.
Desde entonces no había hablado.
—¿Tres días? —preguntó Marina.
—Ni una palabra.
—¿Daño neurológico?
—Descartado.
—Entonces tienen varias hipótesis.
—El juez quiere saber si puede declarar. La familia dice que está en shock. Algunos creen que finge.
—¿Y usted?
—Creo que una persona puede estar traumatizada y seguir ocultando cosas.
A las nueve y veinte, Marina atravesaba el pasillo de la unidad psiquiátrica del Hospital Santa Irene. Salvatierra la esperaba junto a una puerta.
Había envejecido. El pelo, antes completamente negro, tenía franjas grises sobre las sienes.
—Gracias por venir.
—No me agradezca nada todavía.
Él le entregó una carpeta.
—Elena Varela. Sin antecedentes psiquiátricos importantes. Una crisis de ansiedad hace nueve años. Nada más.
Marina hojeó las primeras páginas. Fotografía. Una mujer de cabello castaño oscuro, rostro estrecho, ojos grandes. En la fotografía sonreía.
—¿Encontraron el arma?
—No.
Marina levantó la mirada.
—Eso no lo mencionó por teléfono.
—Quería que viniera.
—Manipulación torpe.
—Eficaz.
—¿Entrada forzada?
—Una ventana lateral abierta. Ninguna huella útil.
—¿Objetos robados?
—Nada evidente.
—¿Elena tenía sangre encima?
—En las manos y en la ropa.
—Compatible con intentar ayudarlo.
—Lo sé.
Salvatierra abrió la puerta.
La habitación tenía una cama, dos sillones y una ventana que daba a un pequeño jardín interior. Elena estaba sentada junto al cristal. No llevaba bata de hospital, sino pantalones negros y un jersey gris demasiado ancho. Las manos descansaban sobre sus piernas.
Marina dejó la carpeta en una mesa y se sentó en el sillón más alejado. No dijo nada durante el primer minuto. A veces el silencio funcionaba mejor cuando no se intentaba derrotarlo.
Elena tampoco se movió.
—Me llamo Marina Ferreira. Soy psicóloga forense. No estoy aquí para obligarte a declarar.
Un parpadeo.
—Tampoco estoy aquí para decidir si dices la verdad. Lo único que necesito saber es qué te impide hablar.
Silencio.
Marina abrió la carpeta.
—Tu marido se llamaba Álvaro Cifuentes.
Los dedos de Elena se contrajeron.
—Murió hace tres noches. ¿Recuerdas lo que ocurrió?
Nada.
Marina tomó una hoja y escribió SÍ y NO. La dejó sobre la mesa con un bolígrafo.
—No necesitas hablar. ¿Viste morir a Álvaro?
Los ojos de Elena bajaron hacia el papel.
—¿Estabas en la habitación cuando ocurrió?
Nada.
—¿Había otra persona en la casa?
Elena cerró los ojos.
Marina se inclinó ligeramente hacia delante.
—Si alguien te hizo daño, podemos protegerte.
Elena abrió los ojos y movió la cabeza una sola vez.
No.
Era la primera respuesta.
—¿No podemos protegerte?
Elena permaneció quieta.
—¿O nadie te hizo daño?
Volvió a mirar hacia la ventana.
La sesión duró cuarenta minutos. Elena no respondió a ninguna otra pregunta.
Cuando Marina salió, Salvatierra estaba apoyado contra la pared.
—¿Finge?
—No lo creo.
—¿Mutismo traumático?
—Puede ser.
—Eso no suena muy concluyente.
—Porque llevo cuarenta minutos con ella.
Salvatierra se separó de la pared.
—El juez quiere una respuesta esta semana.
—El juez puede querer también que llueva dinero.
—Sigue siendo el juez.
Marina le devolvió la carpeta.
—Quiero ver la casa.
—¿Para evaluar su estado psicológico?
—Quiero conocer el lugar donde se produjo el trauma.
No era mentira. Tampoco era toda la verdad.
—¿Qué viste ahí dentro? —preguntó él.
Marina miró la puerta cerrada.
—Cuando le dije que podíamos protegerla, me dijo que no.
—Puede tener miedo del asesino.
—Puede.
—Pero no crees eso.
Marina recordó los ojos de Elena. No parecía estar intentando evitar el recuerdo de hacía tres noches. Parecía estar intentando contener algo mucho más antiguo.
—Creo que ya tenía miedo antes de que su marido muriera.
La casa del lago quedaba a casi dos horas de la ciudad. Salvatierra prometió organizar la visita para la mañana siguiente.
Antes de irse, Marina volvió a mirar por el cristal de la puerta. Elena seguía junto a la ventana. Había cerrado la mano derecha y frotaba compulsivamente el pulgar contra la base del índice, como si intentara borrar una mancha invisible.
Marina salió del hospital pensando que al día siguiente examinaría el escenario de un asesinato.
Todavía no sabía que llegaba dieciocho años tarde.