La chica que no habla PRÓLOGO
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La chica que no habla

La chica que no habla

Por J.P. Brian

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PRÓLOGO

La luz del embarcadero estaba encendida.

Eso era lo primero que recordaba.

No la voz. No el grito. No el sonido del agua cuando alguien cayó. La luz.

Una bombilla amarillenta suspendida de un poste de madera, rodeada de insectos que chocaban una y otra vez contra el cristal. Se balanceaba con el viento y proyectaba sobre el lago una columna temblorosa que parecía partir la superficie en dos.

Años después, cuando todo lo demás se había deformado, aquella luz seguía intacta.

Había llovido durante la tarde. El barro se pegaba a las zapatillas y la madera del embarcadero estaba húmeda, resbaladiza. El bosque olía a tierra mojada y a pino.

Alguien respiraba demasiado deprisa.

—No tenías que venir.

La frase llegó desde la oscuridad.

Después, silencio.

El lago de San Román era negro de noche. No azul oscuro, no gris. Negro. Como si a pocos metros de la orilla dejara de ser agua y se convirtiera en otra cosa.

Una mano sujetaba un cuaderno.

Pequeño. De tapas verdes.

La esquina inferior estaba doblada y algunas páginas se habían hinchado por la humedad.

—Dámelo.

La mano retrocedió.

—No.

Una palabra.

Nada más.

El viento hizo vibrar las ramas.

Desde el pueblo llegó el sonido lejano de una campana anunciando las once.

Una. Dos. Tres veces.

Después alguien dio un paso sobre el embarcadero.

La madera crujió.

—No entiendes lo que estás haciendo.

—Lo entiendo perfectamente.

Había rabia en aquella voz. Pero también miedo. Un miedo tan grande que cualquiera habría podido verlo incluso en la oscuridad.

El cuaderno cambió de manos durante un instante. Hubo un tirón, un jadeo. Algo pequeño y metálico rebotó entre las tablas y desapareció por uno de los huecos.

La luz del embarcadero volvió a balancearse.

Una sombra avanzó. Otra retrocedió.

—Para.

El agua estaba muy cerca.

—Te he dicho que pares.

Una mano se levantó. Tal vez para golpear. Tal vez para protegerse.

Entonces llegó el ruido.

Seco.

Demasiado duro para haber sido solo una caída.

Durante unos segundos, el lago volvió a quedarse completamente inmóvil.

El cuaderno permanecía abierto sobre las tablas. Una de sus páginas se agitaba con el viento. Había una frase escrita en tinta azul. Tres palabras. La tercera estaba tachada.

Alguien se agachó para recogerlo.

Entonces se oyó un sonido desde el agua.

Un movimiento débil.

Una respiración.

Todavía había tiempo.

La persona junto al borde se quedó quieta.

Mirando.

Solo mirando.

El agua volvió a agitarse. Una mano apareció durante un segundo bajo la luz amarilla.

Luego desapareció.

La campana del pueblo dejó de sonar.

Y aquella noche, en San Román, comenzó un silencio que duraría dieciocho años.