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LA LLAMADA
Habían pasado varias semanas desde la sentencia de Craig, pero a Andi aún se le saltaban las lágrimas al recordar los mordaces comentarios del juez. Mientras recogía la mesa y ponía el lavavajillas, aquellas palabras resonaban en su cabeza con claridad, doliéndole tanto como aquel día.
—De vez en cuando, en la carrera de un juez, hay un caso que es a la vez desconcertante e inolvidable —había dicho—.
El jurado ha hablado, y el acusado, Craig Brafford, ha sido declarado culpable de intento de asesinato en primer grado.
El testimonio de la víctima, por difícil de creer que fuera, está respaldado por las pruebas recuperadas por la policía.
Múltiples vídeos de vigilancia muestran a la víctima saliendo a gatas del vertedero y caminando por calles desiertas, de camino a casa.
«Los análisis de sangre realizados en el hospital encontraron niveles de veneno lo bastante altos como para causar el deterioro mental que podría explicar por qué la víctima no pidió ayuda.
—Dejó de hablar un momento y se frotó la frente—.
Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si lo que hemos presenciado aquí no era alguna forma de sadismo psicológico, enfermo y retorcido.
«Tenemos esclavitud y servidumbre. Una víctima que soporta la humillación y nunca se defiende.
Una mujer joven con estudios que no defiende su vida cuando está claramente amenazada.
Tenemos tortura y sadismo en un hombre dominante y temerario que disfrutó prolongando el sufrimiento de su víctima.
¿O debería decir, de su pareja? —Levantó los ojos y miró primero a Craig y luego a Andi a través de los cristales redondos de sus gafas—.
Por suerte, la ley es muy clara en estos casos.
«Sea sadismo o no, sea un juego enfermizo o no, envenenar a alguien, intentar matarlo y luego deshacerse de su cuerpo es ilegal y se castiga con largos años entre rejas.
Sin embargo, no pedir ayuda después de haber sido víctima de algo no es un delito.
—Cerró la carpeta que tenía delante y apoyó la mano sobre ella—.
Señor Brafford, cumplirá quince años en una cárcel estatal.
—Luego se giró hacia ella, ignorando las protestas de Craig—.
Señorita Wilmore, como padre de una joven de su edad, le recomiendo encarecidamente que busque ayuda en un psicólogo o psiquiatra de confianza.
«Toda vida humana es preciosa, incluida la suya. El hecho de que no se haya dado cuenta me preocupa profundamente. Espero que reciba la ayuda que necesita.
Andi cerró la puerta del lavavajillas y pulsó un par de botones.
La máquina empezó a coger agua. Se apoyó en el borde del mostrador, intentando quitarse de la cabeza el recuerdo de la voz de Cromwell.
Se secó las lágrimas, tratando de ocultárselas a su padre, pero ya era demasiado tarde. Sus brazos le rodeaban los hombros.
—Shhh, se acabó, mi niña. No volverá a hacerte daño. Estás a salvo.
Con el rostro enterrado en su pecho, ella lloró unos instantes, permitiéndose sentirse protegida y amada.
—Lo sé —gimoteó—. Es por lo que dijo el juez durante la sentencia. Tenía razón. Ninguna persona en su sano juicio habría hecho lo que yo hice. Y él no sabe ni la mitad.
—El doctor Ellefson dijo que los niveles de veneno que había en tu torrente sanguíneo explicaban el deterioro del juicio. Ya escuchaste lo que dijo, le desconcertaba que hubieras sobrevivido.
—No tenía el juicio deteriorado, papá. Sentí muchas otras cosas, pero no sentí que estuviera loca. Tomé decisiones horribles, sí, pero parecían lógicas en aquel momento.
Él la guio hasta la mesa, le acercó una silla, se sentó a su lado y le cogió las manos.
—Te diré lo que fue, y tienes razón, no fue solo el veneno.
—Sonreía, pero sus ojos azules brillaban—.
Cuando te maltratan psicológicamente, pronto aprendes que no importas, que tu sufrimiento no tiene significado y que no hay escapatoria.
—Sus ojos se oscurecieron cuando se desviaron hacia el brazo de Andi, donde las marcas de los pinchazos señalaban sus venas—.
Quería matarlo, ¿sabes? —Frunció el ceño y bajó la cabeza—.
Igual que se sacrifica a un animal rabioso.
Verte así, saber por lo que pasaste..., ojalá lo hubiera hecho, aunque eso significara que estaría cumpliendo condena yo en vez de él.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Andi.
—Me alegro de que no lo hicieras —susurró—.
También te habría perdido a ti y nunca me lo habría perdonado.
Yo traje este mal a nuestras vidas, papá.
—Respiró hondo, deseando liberarse de las lágrimas y la tristeza por una noche—.
Ahora estamos aquí, tenemos todo lo que necesitamos y podríamos ver una película juntos y comer un poco de helado. ¿Qué me dices?
—Me parece una idea estupenda —respondió él—. Tomemos ese helado en el patio. ¿Puedo fingir que fumo un puro? —Andi frunció el ceño en broma—. ¿La mitad de uno entonces?
Sonriendo, Andi se dirigió al congelador y sacó una tarrina de helado de chocolate light , cogió dos cucharas y salió al patio.
Su padre ya estaba sentado en uno de los sillones de mimbre, echando humo.
Permanecieron en silencio durante un rato, saboreando sus respectivos manjares y observando las profundas tonalidades púrpuras del crepúsculo.
—Todavía no me puedo creer lo que has hecho —dijo Hunter después de un rato—, pero estoy orgulloso de ti. Más de lo que te crees.
Andi sonrió, conteniendo un nudo que tenía en la garganta.
—Las cosas cambian —dijo él—, pero también permanecen igual. Todavía hierves huevos, ¿no?
La sonrisa de Andi se desvaneció.
—Lo había olvidado, pero me acabo de acordar. Tenías unos seis años cuando te enseñé a robar un matasellos con un huevo duro. ¿Te acuerdas?
El silencio fue su única respuesta.
—Un par de años después, lo pusiste a prueba.
¿Lo recuerdas? No querías que tu madre asistiera a una tutoría; estabas en segundo de primaria, ¿verdad?
—Ella asintió, secándose una lágrima rebelde con el dedo—.
Escribiste una notificación avisando a los residentes de que estuvieran en casa para una inspección de la instalación de gas y la sellaste y todo.
No sé de dónde copiaste el texto, pero era perfecto.
Tu madre se quedó en casa esa tarde. —Se rio en voz baja—.
No tuvimos valor para decirte que la fecha de la notificación estaba mal.
—¿Qué? —Andi se giró hacia él, con la boca abierta—. No me lo puedo creer. Entonces, ¿por qué no fue a la tutoría?
—Ya sabíamos lo del suspenso —respondió él, colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja—. Pensamos que te esforzarías más si creías que te habías salido con la tuya, eso es todo.
—Ah, me manipulasteis —dijo ella, señalándolo con el dedo.
—Fue culpa tuya. Antes de falsificar una notificación oficial, revisa bien las fechas, señorita.
—Empezaron a reírse y sus voces se unieron armoniosamente en el momento compartido de alegría—.
Me he dado cuenta hace un momento, sentado aquí.
Así es como lo lograste. La carta. No lo entendía, porque oí a ese abogado testificar que había recibido la carta con matasellos de cuatro días antes de tu... Pero debiste hervir unos huevos y...
Ella se llevó el dedo a los labios y él se calló. Durante un rato, escucharon el bullicio del bosque que había junto al arroyo, con el croar de los sapos, el canto de los grillos y el ulular ocasional de los búhos.
—Volverás a amar —dijo Hunter, de repente—. Te lo prometo.
La mano de Andi se congeló a medio camino de su boca. No podía imaginarse saliendo con otro hombre, acostándose con él, estando a solas con él. Se estremeció y abandonó la cuchara dentro de la tarrina antes de apartarla a un lado.
—Freddy quiere hablar contigo —dijo Hunter, mirando la punta de su puro, con el ceño fruncido como si el círculo incandescente le hubiera ofendido de algún modo—. Cree que puede ayudarte.
Andi bajó la cabeza ante la amenaza de las lágrimas.
—Es mejor hablar con un amigo que con un desconocido —añadió su padre en voz baja—.
Freddy no te va a juzgar. Es un gran psiquiatra.
—Se rio entre dientes y exhaló una bocanada de humo—.
Me hice pruebas para la demencia cuando empecé a tener esas corazonadas sobre Craig.
—Ella lo miró, sorprendida—. Sí, dos veces.
No confiaba en mí mismo. Pensaba que me había vuelto loco.
—Hizo un gesto con la mano cerca de la sien.
Andi respiró hondo, y la brisa húmeda y fresca del atardecer le dio la fuerza que necesitaba.
—Pregúntale a Freddy cuándo puedo ir a verlo.
Hunter lanzó un par de círculos de humo al aire nocturno.
—Pregúntaselo tú misma —respondió en voz baja.
Ella sonrió y le apretó la mano. Era hora de empezar a sanar.
Cuando él se fue a la cama, Andi recogió lo que quedaba en la mesa y revisó el correo del día. El logotipo de la Universidad de Texas A&M en un sobre blanco llamó su atención, provocándole un escalofrío al recordar la última vez que había recibido una carta como aquella.
La abrió con rapidez, rasgando el sobre, ansiosa por leer su contenido.
Mientras leía el breve párrafo, se le dibujó una amplia sonrisa en los labios.
Le ofrecían el puesto de científica investigadora.
La doctora Marjorie Hitchens firmaba la carta, que terminaba con una nota personal en la que le daba la bienvenida a bordo, si seguía interesada.
Todavía sonriente, se coló en el dormitorio de su padre para compartir la noticia. Él dormía profundamente, roncando con suavidad. La buena noticia podía esperar hasta el día siguiente.