52
CARTA
Tras el descanso, Craig Brafford se sentó en la mesa de la defensa.
Desde el lado de la Fiscalía, Buscher le lanzó un par de miradas de enfado, apretando fuertemente la mandíbula.
Habría jurado que ese hombre había matado a su mujer.
Era la segunda vez que se equivocaba desde que había puesto los ojos en ese caso.
Goodridge miró inquisitivamente a Buscher y luego se encogió de hombros ante la preocupación tácita de su cliente.
—Todos en pie —ordenó el alguacil, y todos se levantaron.
Eran poco más de las dos de la tarde, y el ligero olor a comida rápida había acompañado a algunos de los asistentes a la sala, adherido a sus ropas y a su pelo como los abrojos al pelaje enmarañado de un perro callejero.
El juez Cromwell tomó asiento y dejó caer el mazo.
—Se reanuda la sesión. Señor Buscher, ¿está listo para interrogar al acusado?
No lo estaba. Ni de lejos. Inhalando con fuerza, se puso de pie, preparándose para la tormenta de mierda que sus palabras estaban a punto de desatar.
—Señoría, en este momento, el Estado solicita desestimar los cargos de asesinato. Hemos tenido conocimiento de pruebas nuevas... —Hizo una pausa; ya que la conmoción que había en la sala se estaba tragando sus palabras.
—¡Orden! —gritó el juez Cromwell, golpeando el mazo con furia varias veces—.
Orden. Este es el último aviso. Una interrupción más, y continuaremos a puerta cerrada.
—Otro golpe de mazo selló su amenaza, y el alboroto se apaciguó por completo.
El murmullo sordo de la gente moviéndose en sus asientos y algunos susurros aún perturbaron la paz por un momento, pero Cromwell miró enfadado al público desde el banco hasta que estuvo satisfecho—. Por favor, prosiga, señor Buscher.
El fiscal se aclaró la garganta con discreción y luego tiró instintivamente del nudo de la corbata, sintiendo que no podía respirar.
—Hemos tenido conocimiento de pruebas nuevas —repitió—. A la luz de dichas pruebas, el Estado desea presentar un cargo nuevo. —Se produjo un silencio tenso—. Intento de asesinato en primer grado.
La frustración que reemplazó la sorpresa inicial de Cromwell fue inconfundible.
—Señor Buscher —dijo con calma, en voz baja y amenazadora—, está convirtiendo mi sala en un circo, y no lo voy a permitir.
Ya he pasado la edad en la que me interesaba ver payasos haciendo malabarismos.
—Pareció considerar sus opciones durante un instante mientras miraba fijamente a Buscher, que le sostuvo la mirada sin inmutarse.
No podía hacer otra cosa—. Abogados, acérquense —dijo.
Buscher esperó a que Goodridge lo alcanzara y se acercaron al estrado.
Cromwell tapó el micrófono.
—¿De qué va todo esto, señor Buscher?
—Hemos descubierto que la mujer del acusado está viva. y quiere testificar. Planeo llamarla a continuación.
—Señoría —dijo Goodridge, con el tono enardecido que habría usado Buscher si estuviera en el lugar del abogado de la defensa—, esto es ridículo. Mi cliente es claramente inocente, y el fiscal improvisando sin base, nada más. Solicito que se desestimen todos los cargos.
Cromwell miró a Goodridge con el ceño fruncido. Por culpa de su entusiasmo, la defensa había cometido un error crítico.
—No tan rápido, abogado. Hay un cargo del que su cliente se ha declarado culpable, y ese cargo se mantiene. —Apoyó las manos en la superficie brillante del estrado y apretó los labios—. Además, quiero oír lo que la mujer del acusado tiene que decir sobre todo este lío.
Goodridge alzó las manos en un gesto pacificador.
—Pero, señoría, no estamos preparados para interrogar...
—Pida un aplazamiento, señor Goodridge. Se lo concederé, pero después de las preguntas del fiscal.
Goodridge miró a Cromwell como si tratara de evaluar si valía la pena suplicarle un poco más; luego cedió y dijo:
—Entendido. Gracias, señoría.
Buscher regresó a la mesa de la acusación y permaneció de pie mientras Goodridge tomaba asiento junto a Craig Brafford y lo agarraba del antebrazo, para después susurrarle algo al oído.
Tras aclararse la garganta de nuevo, Buscher dijo:
—El Estado llama a Andrea Wilmore Brafford.
A pesar de los numerosos golpes de mazo de la impaciente mano de Cromwell, los susurros y las exclamaciones de sorpresa se propagaron entre los espectadores, elevándose como una ola durante una tormenta.
—No ha tardado mucho, ¿verdad? —gritó Craig Brafford; su voz se oyó perfectamente por encima del ruido de la multitud—. Les he dicho que estaba viva.
—Orden en la sala —repitió Cromwell, frunciendo el ceño. Se inclinó sobre el estrado como si estuviera a punto de bajar de allí y disciplinar él mismo al desobediente público.
La entrada de la mujer del acusado provocó el silencio y el estupor del público.
Andi levantó la mano, repitió el juramento y subió al estrado.
Pálida, demacrada, muy delgada y visiblemente abrumada, clavó los ojos en su padre, cuya alegría, apenas contenida y llena de lágrimas, indicó a Buscher que su aparición también era una sorpresa para él. «Qué interesante...».
Buscher se acercó al estrado, pensando aún en la mejor estrategia para el interrogatorio directo de la testigo que nadie esperaba ver allí.
—Andrea Wilmore Brafford, permíteme empezar diciendo lo felices que estamos todos de ver que está viva.
—Gracias —dijo ella, inclinándose hacia delante para estar más cerca del micrófono.
—Empecemos por el principio, por la tarde del siete de octubre, el jueves en que su marido regresó del congreso de Miami. ¿Recuerda los acontecimientos de esa noche?
—Sí —respondió con calma; su voz era sombría y estaba cargada de tristeza—. Nunca la olvidaré . Fue la noche en que mi marido me mató.
El acusado se puso de pie de un salto, inclinándose sobre la mesa de la defensa.
—¡Me tendiste una trampa! ¡Aún estás viva!
—Señor Goodridge, controle a su cliente —ordenó Cromwell.
Goodridge agarró el brazo de Brafford con ambas manos y tiró de él hacia su asiento. Por los susurros airados y los gestos cortantes que observó desde la distancia, Buscher dedujo que Goodridge estaba amenazando a su cliente para que se comportara de manera adecuada.
Imperturbable, la testigo continuó hablando:
—Fue la noche en que me mató, o al menos eso creyó él.
—Se detuvo un momento, como si se hubiera quedado sin palabras—.
Desde todos los puntos de vista, sí me mató, igual que mató a mi bebé nonato.
Me desperté cubierta de sangre, envuelta en una alfombra y enterrada entre basura en un vertedero del sur de Houston. Sobreviví por pura casualidad.
El doctor Wilmore jadeó y se tapó la boca con las manos temblorosas mientras las lágrimas le corrían por la cara. Al verlo, Andrea empezó a llorar también, en silencio, sin hacer ruido. Se llevó las manos al pecho en un mensaje tácito a su padre.
—¿Qué hizo después de despertarse en el vertedero?
Ella sacudió la cabeza y bajó los ojos.
—Conseguí llegar a duras penas a la casa de mi padre. Allí pasé incontables días entrando y saliendo de la conciencia. Perdí a mi bebé —añadió, con la voz temblorosa, entrecortada.
—¿Llamó usted al nueve, uno, uno?
—No.
—¿Por qué? —preguntó Buscher, curioso por escuchar su explicación—. ¿Es una científica, una bióloga a la que le faltan unos meses para obtener su doctorado y, aun así, no buscó atención médica?
—Hasta hace muy poco no me di cuenta de que me había envenenado.
Pensé que estaba conmocionada después de lo que había ocurrido, nada más.
Temía por mi vida y estaba llorando la pérdida de mi bebé.
—Volvió a mirar a su padre—. Tenía la cabeza hecha un lío...
Y quizá todavía la tengo igual. Podría ser un efecto del veneno en mi cerebro, no lo sé.
—La policía estuvo en casa de su padre y no la encontraron allí. Fueron el martes siguiente, el doce de octubre, después de que un correo electrónico anónimo alertara sobre su desaparición. ¿Dónde estaba ese día?
Andrea volvió a mirar a su padre con una leve sonrisa en los labios.
—Hay una pequeña cabaña junto al río. Ni siquiera es una cabaña, es solo una cubierta sobre una hamaca y una mosquitera; la construyó mi padre. Cuando no estaba en la casa, estaba allí.
—¿No escuchó a la policía mientras registraba la casa?
—Durante las dos primeras semanas, entraba y salía de la consciencia. No recuerdo que estuvieran allí.
Buscher se paseó ansiosamente por delante del estrado. Había algo en su testimonio que no cuadraba. ¿Qué había comido durante todo ese tiempo? Estaba pálida y delgada, así que quizá no había sido demasiado. ¿Por qué no llamó al menos a su padre?
—Una científica altamente cualificada no pide ayuda después de perder mucha sangre. ¿Cómo explica eso?
—Yo... No puedo hacerlo —respondió ella con franqueza—. Creo que aún estaba conmocionada tras lo ocurrido el jueves por la noche.
—¿Qué sucedió el jueves por la noche, después de que su marido regresara de su viaje a Miami?
Ella se movió ligeramente en su asiento y respiró hondo. Tal vez fuera la imaginación de Buscher, pero parecía que se había puesto aún más pálida, más blanca de lo que ya estaba.
—Esperé a que Craig volviera de su viaje y le dije que quería el divorcio.
No le hizo mucha gracia, pero no era la primera vez que lo discutíamos.
Le aseguré que no quería dinero ni mi parte de la casa ni nada.
Pareció estar de acuerdo y me propuso que cenáramos juntos mientras concretábamos los detalles.
Iba a marcharme esa noche para instalarme en la casa de mi padre.
—¿Y luego qué pasó?
—Nos sentamos a cenar juntos por última vez antes de que yo hiciera la maleta.
La comida sabía rara, pero comí un poco.
Luego sentí mareos y náuseas. Vomité y me desmayé.
—Se detuvo un momento, con los ojos fijos en el vacío—.
Justo antes de caerme, recuerdo que Craig me miraba con indiferencia y me preguntó: «¿Necesitas algo, cariño?
». Me observó mientras caía y no movió ni un dedo.
Debí golpearme la cabeza con algo porque lo último que recuerdo es ver estrellas.
Luego me desperté en el vertedero, horas más tarde.
—Qué experiencia tan traumática. Sin embargo, después de despertar, no avisó a la policía. —Miró al acusado y percibió un odio salvaje en sus ojos mientras observaba a su mujer.
—Estaba, y sigo estando, conmocionada —respondió Andi, con voz débil, quebrada—.
No sé cómo se puede superar algo así. Pensé que éramos felices.
Pero luego, sobre todo después de decirle que estaba embarazada, empecé a sentir que algo estaba terriblemente mal.
Hablé con Craig varias veces, pero él lo negó.
Fue entonces cuando escribí la carta —dijo lloriqueando—.
Temía por mi vida, pero no podía irme. —Sonrió con tristeza y miró un instante al jurado antes de inclinar la cabeza—.
Estaba desesperadamente enamorada de mi marido.
De una manera tonta e infantil, elegí esa forma de decirle que sabía lo que iba a hacer, en lugar de abandonarlo, en lugar de proteger mi propia vida y la de mi hijo.
—Hizo una breve pausa—. Tendré que vivir con las consecuencias de mis actos el resto de mi vida.
Buscher miró al jurado. No vio ni un solo ojo seco.
Las explicaciones de Andrea no justificaban el tiempo que había pasado observando el juicio disfrazada, pero su trabajo era lograr una condena para el despreciable y manipulador hijo de perra que estaba sentado al lado del abogado defensor.
No iba a señalar ninguna incongruencia. Dejaría que Goodridge hiciera todas esas preguntas durante el interrogatorio.
—Hablando de esa carta, ¿le importaría leerla ante el tribunal? —Buscher se detuvo junto a su mesa, cogió dos copias de la carta y le entregó una al juez—. Prueba número quince, señoría.
Andrea cogió la carta con manos temblorosas mientras el público contenía la respiración. Su voz, frágil y temblorosa al principio, fue ganando un poco de fuerza a medida que leía, pero terminó ahogada en lágrimas.
Mi queridísimo Craig:
Pensé que el día en que te conocí era especial para mí, un motivo para celebrar nuestro amor con el paso de los años, una fecha para marcar en nuestros calendarios. Un día después de mi cumpleaños, el destino quiso que recibiera un regalo tardío que aprecié más que nada en el mundo.
Era afortunada y estaba inmensamente agradecida por la forma en que los dioses me estaban sonriendo. Tenía todo lo que una mujer podría desear: un marido que la quería, familia y amigos, la promesa de una carrera de éxito y un hijo. ¿Quién puede pedir más?
Sin embargo, como si los dioses hubieran cambiado de opinión, con su último regalo llegó mi mayor pena. Tú no estabas preparado para ser padre. Elegiste mentirme, ocultar la verdad tras excusas transparentes y entusiasmo fingido. Habría preferido que fueras sincero.
Como en todos los cuentos de hadas, todo se desmoronó a partir de ahí.
Poco después supe que no me habías pedido que abandonara mi carrera para que te ayudara con la tuya; simplemente me la arrebataste, dejándome lidiar con la decepción, el rechazo y un fracaso que no entendía ni merecía.
Mientras tanto, me abrazabas por la noche cuando lloraba, ofreciéndome apoyo. Esa traición fue lo que más me dolió.
Aun así, te perdoné. Intenté comprender tus razones y opté por creer que de verdad estabas arrepentido de lo que habías hecho.
Cada día que pasaba, las cosas empeoraban.
Confiar en ti se volvió imposible mientras que amarte me desgarraba el corazón.
¿Cómo iba a dejarte si aún estaba enamorada de ti?
Pero ¿cómo podría vivir a tu lado si no podía confiar en ti?
¿Cómo iba a criar a nuestro hijo contigo si sabía, en el fondo, que no querías que ese niño viera la luz del día?
Y, conociéndote, estaba segura de que harías cualquier cosa para evitarlo. Pero no sabía cómo lo harías. Paralizada, como un ciervo atrapado en la luz de tus potentes faros, esperé a que atacaras mientras deseaba de todo corazón que decidieras no hacerlo.
Y ahora lo has hecho.
La chica que mataste te está observando desde el paraíso, recostada en la nube número nueve con un margarita en la mano, esperando que tengas todo lo que te mereces en la vida después de que ella se haya ido. Adiós, mi amor. Tú eras el elegido.
Cuando Andrea terminó de leer, Buscher permitió que se extendiera un largo momento de pesado silencio mientras el jurado asimilaba lo que ponía en la carta, y luego dijo:
—No hay más preguntas, señoría.