La chica que mataste 51
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APARICIÓN

El fiscal del distrito Buscher no siguió a la multitud hacia la cafetería de la planta baja.

En lugar de eso, giró a la izquierda tras salir de la sala y caminó otros cien metros por un pasillo vacío con la ayudante del fiscal Coben detrás.

Luego se detuvo y apoyó el hombro contra la pared.

Estaba furioso. Los orificios nasales se le ensancharon, los ojos le brillaron con furia y golpeó la pared con el puño repetidamente.

Estaba perdiendo. Y eso nunca le había sucedido. Nunca.

—Esto es lo que ocurre cuando te saltas las normas —dijo en voz baja y tensa a su ayudante.

Kendra Coben escuchaba asintiendo, probablemente sabiendo que no debía interrumpirlo hasta que terminara de desahogarse.

—Nunca nunca se acusa a nadie de asesinato sin un cuerpo, y sin un informe de autopsia y pruebas forenses sólidas.

—¿Estás diciendo que crees a Brafford?

Él tensó la mandíbula durante un momento mientras clavaba la mirada en Coben hasta que ella bajó la vista.

—Claro que no. El cabrón es culpable como el pecado y un saco de mierda mentiroso, pero mi opinión no importa.

Lo que importa es el jurado, y se han tragado su lacrimógena historia.

—Golpeó la pared con el puño varias veces más, con discreción, ocultando el gesto con su propio cuerpo—.

El problema es que hay que demostrarlo más allá de toda duda razonable.

¿Recuerdas esa parte? Nos lo enseñaron en el primer año de Derecho.

Coben no merecía ser el blanco de su amargo arrebato. Ella había sido la voz de la razón, advirtiéndole una y otra vez que no aceptara el caso Brafford.

La ayudante del fiscal asintió; parecía derrotada, igual que él. Buscher estaba acostumbrado al sabor de la victoria, no al del fracaso. Lo odiaba con cada fibra de su cuerpo. Lo hacía sentirse pequeño, insignificante. Reemplazable. Ridículo.

—Una a una, ha ido desmontando todas nuestras pruebas circunstanciales, haciéndolas trizas. Lo único que tenía que hacer era crear una duda razonable, y lo ha conseguido con su patética historia de venganza.

Cerró los ojos y respiró despacio en un esfuerzo inútil por recuperar la calma. En una hora, tendría que interrogar a ese gilipollas mentiroso para que se incriminara de alguna manera. Nunca sería capaz de hacerlo si seguía echando humo, enfurecido más allá de su capacidad de razonar.

El silencio se apoderó del pasillo, ahora casi vacío, mientras los últimos espectadores se dirigían a la cafetería del piso inferior.

Buscher inspiró hondo y se recordó a sí mismo que el juicio aún no había terminado.

—No podemos demostrar que hubo intención y premeditación más allá de cualquier duda razonable.

Ni siquiera después de lo que hizo con la carrera de su mujer, ni con sus huellas dactilares en la botella de veneno, porque ese cabrón no es tan estúpido como para no haberse deshecho de la botella si de verdad la hubiera matado.

—Sus labios, apretados en una fina línea, impidieron que las palabras salieran durante un largo momento, sobre todo las que sabía que debía decir—.

Tenemos que negociar y esperar que esté lo bastante asustado como para aceptar un trato.

Coben negó con la cabeza.

—No creo que...

—Yo tampoco creo que lo acepte —dijo Buscher, alzando la voz—, pero si ves alguna otra opción, no dudes en decírmelo.

Estamos a punto de convertirnos en el hazmerreír de todo el sistema judicial.

Hemos acusado a un asesino sin tener un cadáver y vamos a perder como unos idiotas.

—Se mordió el labio y murmuró una palabrota bastante explícita.

Estaba acabado; su carrera había terminado.

Al año siguiente, el día de las elecciones, cuando la gente leyera su nombre en la papeleta, se echaría a reír y luego pondría la cruz junto al nombre de la otra persona—.

Ese es el riesgo de los casos de gran repercusión.

Cuando sales a la palestra, cualquier error es visible a miles de kilómetros de distancia.

Nadie lo olvida. Sigue vivo en la mente de la gente, en Internet, en las redes sociales, alimentando los cotilleos de todas las sobremesas del estado.

Coben lo miró con comprensión.

—¿Y si intentamos...?

Buscher exhaló un largo y pesado suspiro, interrumpiéndola de nuevo.

—Tenemos que salvar lo que podamos. Ofrécele homicidio en segundo grado.

Quince años, ni un día más. Recuérdale que sus huellas dactilares estaban en la botella de veneno; aprovecha eso al máximo.

—Otro largo suspiro—. Si hacen una contraoferta, acepta lo que sea, incluso homicidio no premeditado; o involuntario, si no podemos conseguir nada mejor que eso.

Hay algo vil y retorcido en este hombre, y lo quiero entre rejas.

Coben se encogió de hombros y miró a Buscher con el ceño fruncido.

—Veré lo que puedo hacer. Lo más probable es que se rían en mi cara.

«Mejor en tu cara que en la mía», pensó Buscher.

—Haz lo que puedas. Salva este caso. Cuando acabe el año, te haré sonreír con la paga extra.

—El ruido de unos tacones acercándose distrajo a Buscher por un momento, pero bajó aún más la voz y siguió hablando—: Qué te dice el corazón, ¿crees que es culpable?

¿Crees que asesinó a su hermosa mujer? ¿Qué te dice tu instinto?

Coben asintió con energía.

—Totalmente. Lo hizo él, estoy segura.

—Exacto —respondió Buscher—. Es culpable. Reconozco a un asesino cuando lo veo, pero este baboso en particular va a irse de rositas.

—Podrías intentar cuestionar el argumento de la hematofobia en relación con la limpieza que logró hacer.

Si consiguió deshacerse de la alfombra empapada de sangre, también podría haberse deshecho del cadáver.

Y no le he creído ni por un momento cuando ha dicho que estaba esperando a que ella regresara.

No. Sabía que ella no iba a volver y siguió con su vida.

Ni siquiera se molestó en denunciar su desaparición.

Buscher se pasó la mano por el pelo un par de veces.

—¿Crees que esta era su estrategia desde el principio? ¿Fabricarse esos argumentos para su defensa? ¿Decir todas las cosas lógicas que habría hecho si la hubiera matado, pero que no hizo, y que se deduzca de ahí que es inocente?

Se produjo un momento de silencio.

—Es una estrategia arriesgada —respondió Coben—, pero sí, puede que la tuviera planeada desde el principio.

—Maldita sea, el muy cabrón nos ha tomado por tontos —susurró Buscher entre dientes—.

Nunca debí acusarlo de asesinato sin tener un cuerpo.

Deberíamos haber seguido con la suplantación de un agente de la ley mientras los polis encontraban el cuerpo.

Está ahí fuera en alguna parte, por el amor de Dios. Tiene que aparecer.

—Va a salir libre, ¿verdad?

La pregunta sorprendió tanto a Buscher como a su ayudante. Al girar sobre sus talones, reconoció a una mujer pelirroja que había visto varias veces al fondo de la sala. Era despampanante, tenía un cuerpo de un diez, pero él la fulminó con la mirada. Lo último que necesitaba era una cotilla.

—Lo siento, señora, no podemos discutir este asunto con...

—Pero están perdiendo el caso, ¿no? —continuó ella, imperturbable, mirándolo a través de unas gafas de sol reflectantes de gran tamaño.

—Señora...

—No importa. Sus ojos ya han respondido a mi pregunta. —Sonrió brevemente, disculpándose—. Tengo la solución.

Buscher cruzó los brazos sobre el pecho. Seguramente era una pirada. Cada poco tiempo se topaba con gente así. Algunos eran médiums; otros, familiares de las víctimas o de los acusados que no tenían contacto con ellos o personas que vivían en otro estado, pero afirmaban saberlo todo.

—¿Y cuál es? —preguntó, con la voz cargada de sarcasmo.

—Súbame al estrado.

Buscher esbozó una sonrisa torcida.

—Lo siento, pero tendrá que disculparnos.

Tenemos trabajo que hacer. —Agarró a Coben del brazo y empezaron a alejarse, pero el repiqueteo apresurado de los tacones detrás de él le dijo que era inútil.

La desconocida los estaba siguiendo. Irritado, se detuvo y se encaró con ella—. Escuche, no podemos...

—Siento muchísimo no haber dado la cara hasta hoy —dijo la mujer, hablando en voz baja y con calma—. Temía por mi vida, aún estaba conmocionada después de lo ocurrido. No pensaba con claridad. Lo siento mucho. —Tragó saliva y se aclaró la garganta—. Pero estoy dispuesta a subir al estrado.

Una sensación incómoda se desplegó en el estómago de Buscher; la aprensión se mezcló con una inquietud, con un presentimiento. ¿Podría empeorar su día?

—¿Quién es usted? —preguntó, sintiendo que se le secaba la garganta.

La mujer se quitó las gafas de sol y tiró de su larga y abundante melena. La peluca cayó, revelando los mechones cortos y con reflejos que reconoció de las fotos que había visto en el expediente del caso.

—Soy Andrea Wilmore Brafford.

La mandíbula de Buscher se aflojó durante un breve instante.

—¡Mierda!