50 #2
—Había mucha sangre en el suelo de la cocina, demasiada para un simple accidente doméstico. Temía que se hubiera cortado las venas. Estaba desesperada por su embarazo, no pensaba con claridad.
—Sin embargo, no la llamó después de llegar a casa. Los registros de llamadas lo demuestran.
—Su teléfono seguía enchufado en el dormitorio. Lo vi cuando entré allí a buscarla. No tenía manera de ponerme en contacto con ella.
—Durante su interrogatorio con la policía, antes de que atendieran su petición de que estuviera presente un abogado, usted declaró, y cito textualmente: «Solo necesita tiempo para calmarse». ¿Es eso cierto?
—Eso es lo que creía que estaba haciendo cuando me abstuve de llamar a su padre o de conducir hasta su casa para hablar con ella.
—Hizo una pausa un momento, como si estuviera ordenando sus pensamientos—.
Le había afectado mucho lo del trabajo. Yo era muy consciente de eso.
Esperaba que aún tuviéramos un futuro juntos después de que ella hubiera tenido tiempo para pensar, para recordar cuánto me quería.
Sigo aferrándome a esa esperanza, incluso ahora, contra todo pronóstico.
—¿Qué hizo usted después ese jueves por la noche?
Craig apretó los labios un instante.
—Me desmayé. —La sala reaccionó a sus palabras con un grito ahogado colectivo—. Más de una vez.
—¿Por qué le ocurrió eso?
—Sufro de hematofobia severa. La tengo desde que era niño. Ver sangre, en cualquier cantidad, hace que me desmaye.
Las conversaciones se elevaron como una ola gigantesca desde el público, inundando la sala.
—¡Orden! —dijo el juez Cromwell, golpeando el mazo un par de veces—. Si no se callan, haré que desalojen la sala.
La amenaza provocó un silencio instantáneo.
—¿Qué hizo entonces con la sangre que había en el suelo?
Craig se quedó un rato mirándose las manos, retorciéndoselas.
—Entre desmayo y desmayo, pude ver que la sangre estaba sobre todo en la alfombra de la cocina. Mirando hacia otro lado, la enrollé, la até y luego la llevé al vertedero.
—¿A las dos de la mañana?
Una sonrisa triste se dibujó en los labios del hombre.
—Si está oscuro y no puedo ver la sangre, mejor. No mucho, pero lo suficiente.
—Algunas personas podrían pensar que usted tenía algo que ocultar y que eligió ir al vertedero en plena noche por ese motivo; para mantener sus acciones ocultas.
—Estaba desesperado por la sangre que había encontrado y porque se había ido sin su coche y sin su teléfono.
Quería hacer algo, lo que fuera, para devolver algo de normalidad a nuestra casa mientras esperaba su regreso.
—Se aclaró la voz y continuó con calma—: Puede sonar sospechoso para algunos, pero no encontraron un cuerpo con esa alfombra, ¿verdad?
—No, eso es verdad. ¿Para qué usó la cortina de la ducha?
—Para evitar que la maldita alfombra manchara la casa y mi coche.
—Pasemos a la botella de veneno para ratas. La que recuperó la policía científica de debajo del fregadero. Tenía sus huellas. Explíquelo, por favor.
—Tenemos ratas en el patio trasero, junto al cobertizo. O ratones, la verdad es que no lo sé. Encontré excrementos. Compré el veneno, y luego mi mujer me dijo que no lo usara, porque mataría a las ardillas que tanto le gustan. Nunca lo usé.
—Pero en el laboratorio se encontraron rastros de veneno en las fibras capilares de su mujer que datan de hace aproximadamente un mes. Llevaba bastante tiempo ingiriendo ese veneno en concreto. ¿Qué explicación tiene para eso?
Craig se secó una lágrima, real o fingida, con la yema del dedo y desvió la mirada un momento.
—No tengo ninguna. Lo único que sé es que ella estaba furiosa por su embarazo, no quería que el hijo de un mentiroso hijo de puta creciera dentro de ella.
Esas palabras las dijo Andi —añadió con amargura, tocándose la frente durante un breve instante, con la tristeza y la vergüenza reflejadas en su voz—.
Lo único que se me ocurre es que, aunque no quiso someterse a un aborto por su padre y sus convicciones, a lo mejor intentó provocarse uno ingiriendo pequeñas cantidades de...
—¡Ese hombre es un mentiroso! —bramó el doctor Wilmore, poniéndose de pie bruscamente y señalando con el dedo al acusado—. Mi hija nunca se habría hecho eso. Jamás.
La mujer pelirroja de la última fila estuvo a punto de ponerse de pie, pero luego se acomodó en su asiento y se agarró a los reposabrazos hasta que se le pusieron los nudillos blancos. Al lado del doctor Wilmore, Rebecca Ellefson lo cogió del brazo y le susurró algo al oído.
El mazo del juez cayó.
—Doctor Wilmore, yo también soy padre y comprendo cómo debe sentirse. Es la razón por la que aún no he pedido que lo arresten por desacato. Pero esta es mi última advertencia.
—Le pido disculpas, señoría —dijo el doctor Wilmore, con voz quebradiza, temblorosa—. No volverá a ocurrir.
Tomó asiento con dificultad mientras Rebeca le sujetaba el brazo con fuerza, sin dejar de susurrarle al oído.
Goodridge miró al jurado, probablemente evaluando el nivel de daño que podía haber causado el arrebato del doctor Wilmore.
—Está haciendo una acusación bastante inquietante, señor Brafford. ¿Está diciendo que su esposa, una profesional altamente formada en el campo de la biología, no encontró una mejor manera de deshacerse de un embarazo no deseado que ingerir veneno para ratas?
La tristeza no abandonó el rostro de Brafford.
—¿De qué otra manera puede explicarse que no le contara a nadie que estaba embarazada?
¿Ni a su padre ni a los amigos de la familia ni a su mejor amiga, Janelle Larimer?
Nadie lo sabía excepto yo. —Hizo una breve pausa—.
Tal vez todo lo que pasó fue demasiado para ella.
El infarto de su padre, la situación laboral que provoqué, el embarazo no deseado...
Le propuse que fuera a un psicólogo, pero se puso furiosa conmigo, histérica.
Esa noche ella durmió en el salón y yo... yo nunca volví a sacar el tema.
Goodridge se paseó despacio durante un rato, frotándose la barbilla, para digerir las palabras de Craig.
—Anoche, usted estaba muy afectado por una carta que recibió. Háblele al tribunal de esa carta.
—Mi mujer la escribió y se la envió a un abogado patrimonial para que me la entregara en caso de que falleciera.
—¿Y por qué le causó tanta impresión?
—En la carta, me llama asesino. Pero yo no la he matado. No podría hacerlo. Sigo enamorado de mi mujer —dijo con la voz quebrada—. Todavía estoy esperando que vuelva conmigo y que me diga que me ha perdonado.
—Entonces, ¿qué cree que está ocurriendo, señor Brafford?
Craig dudó un momento. Toda la sala contuvo la respiración.
—Creo que me está tendiendo una trampa para castigarme por haber arruinado su carrera. Pienso que es así de simple y retorcido. Yo arruiné su carrera y ahora ella está arruinando la mía y mi vida. Un día de estos, aparecerá y se demostrará que tengo razón.
—¿Qué está diciendo, señor Brafford? —insistió Goodridge. Era una forma inteligente de subrayar la conclusión para que el jurado la recordara.
—Estoy diciendo que está sana y salva en alguna parte, escondida.
—Tragó saliva y ocultó brevemente la cara entre las manos—.
Sé que parece casi imposible de creer, pero piénsenlo.
Si hubiera envenenado a mi mujer, ¿habría dejado la botella de veneno en un lugar en el que pudiera encontrarla la policía?
—Hizo una pausa, probablemente para crear un efecto dramático—.
Me habría deshecho de ella, junto con su teléfono y quizá incluso su coche, porque eso es lo que haría una persona culpable.
—Juntó y separó las manos un par de veces—.
Además, no podría haberla apuñalado, disparado o matado de ninguna forma que justificara el charco de sangre en el suelo de la cocina, porque me habría desmayado, una y otra vez, allí mismo, a su lado.
—Sacudió la cabeza, parecía al límite de sus fuerzas.
Luego, miró directamente al jurado y dijo—: Yo no maté a mi mujer.
Juro por Dios que no lo hice. El tiempo me dará la razón.
Goodridge asintió con calma, luego se giró hacia el juez y dijo:
—No hay más preguntas para este testigo, señoría.
—Haremos un descanso para comer y reanudaremos la sesión a las dos. —El mazo de Cromwell selló su afirmación.
Desde la última fila, la mujer pelirroja fue la primera en abandonar la sala, sin que nadie se diera cuenta, mientras todas las miradas seguían fijas en Craig Brafford. Las probabilidades estaban ahora dos a uno a su favor.