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TESTIMONIO
La sala ya estaba abarrotada y apenas eran las diez.
Todos los asientos estaban ocupados, sobre todo los de las primeras filas, por personas relacionadas con el proceso.
Los padres de Craig estaban allí, acurrucados y cogidos de la mano.
Desde que la señora Brafford había testificado, no habían faltado a ninguna sesión.
El doctor Wilmore estaba sentado justo detrás del fiscal, con Rebecca Ellefson a su lado. El doctor Blass y el doctor DeMaria también habían asistido, y estaban sentados en la segunda fila, detrás de Hunter Wilmore.
Había un zumbido persistente y tenso alimentado por la charla en voz baja, un poco más alta hacia el fondo de la sala, donde estaban sentados los medios de comunicación, los estudiantes de Derecho y los carroñeros habituales de los juicios, ansiosos por seguir el proceso más comentado del año a medida que se acercaba su conclusión.
Circulaban chismes entusiasmados, diseccionando cada aspecto de la vida de Andrea Wilmore Brafford y las cosas que los medios habían publicado sobre ella y sobre su marido.
Las opiniones estaban tan divididas en la sala como en todo el país, y la notoriedad del caso se había propagado como la pólvora.
Aunque todo el mundo estaba de acuerdo en que Craig hizo mal al sabotear la búsqueda de empleo de su mujer, algunos creían que en realidad no era tan grave ser ama de casa, llevar una buena vida en un barrio acomodado y residir en una casa con la que la mayoría ni siquiera soñaba.
Mientras que otras personas, las feministas, las voces defensoras de los derechos de las mujeres, hablaban de encarcelamiento, de esclavitud, de una vida profesional ganada con esfuerzo arrebatada a una joven esposa amorosa e inocente. Esas voces exigían un fuerte castigo.
Y todo eso solo era respecto al tema de la situación laboral de Andrea.
Si se añadía el cargo de asesinato a ese trasfondo de chismes, se avivaba el fuego como si hubieran vertido combustible sobre él.
¿Craig era culpable? Tenía que serlo. Era un gilipollas dominante, un cabrón egoísta que solo quería impulsar su carrera a costa de la de su mujer.
Tenía que ser un maniático del control. Su naturaleza narcisista y manipuladora, expuesta, analizada y abrasada bajo el láser del escrutinio público, había servido como una prueba incriminatoria en las calles, en sustitución de lo que la Fiscalía no había podido presentar ante el jurado.
En el tribunal de la opinión pública, Craig Brafford hacía tiempo que había sido juzgado y declarado culpable.
Algunas voces pidieron incluso la pena de muerte, algo imposible, ya que no se había encontrado el cuerpo de la víctima.
Otras voces, menos numerosas y mucho más débiles, hablaban de juicio nulo.
—Todos en pie —ordenó el alguacil, y el murmullo de conversaciones en voz baja se apagó mientras los presentes se ponían de pie.
El roce de zapatos contra el suelo de madera, el reclinar y chirriar de los asientos, creció y luego se desvaneció en silencio—.
Se abre la sesión. La preside el honorable juez Cromwell.
El juez Cromwell era alto y delgado, y caminaba con una extraña rigidez y un poco torcido, probablemente por un dolor crónico en la parte baja de la espalda.
Bien entrado en los sesenta, llevaba gafas de montura metálica fina con lentes redondas que le daban un aire de ratón de biblioteca a un rostro por lo demás distinguido y elegante.
Una barba blanca bien recortada y el pelo rapado complementaban su alta frente y su imponente estatura.
El fiscal del distrito Isaac Buscher ya estaba en la mesa de la acusación, flanqueado por su mano derecha, la ayudante del fiscal Kendra Coben.
Buscher, un devorador de casos de guante blanco en la industria financiera y petrolera, un carnívoro insaciable de la carne de magnates y multimillonarios, era una presencia poco habitual en un juicio por asesinato.
De no haber sido por la notoriedad repentina del acusado y el potencial del caso para prosperar en su carrera, lo normal habría sido que Coben llevara el caso ella sola.
Pero Buscher había estado allí todos los días, con sus ojos pequeños brillando de satisfacción cada vez que anotaba un punto a favor de la acusación o hacía valer un argumento.
En la mesa de la defensa, Lamar Goodridge estaba sentado junto a su cliente y parecía un poco nervioso.
Había dejado caer el bolígrafo al suelo dos veces; la segunda vez, murmuró una palabrota mientras lo recogía, lo bastante alto como para que Buscher mostrara los dientes en una sonrisa burlona y preguntara:
—¿Se encuentra bien esta mañana, abogado?
Craig Brafford estaba vestido con uno de sus mejores trajes y estaba sentado tranquilamente en su asiento, con las manos entrelazadas delante de él.
Mirando hacia el estrado vacío, parecía abstraído, desconectado de lo que ocurría a su alrededor.
La prisión no había sido amable con él; tenía un moratón hinchado en su mejilla izquierda que se extendía alrededor de su ojo en tonos negros y azules.
Hacía poco, le habían abierto el labio por la mitad y le había quedado una fina cicatriz vertical.
Se rumoreaba que su mejor amigo había pagado la fianza el día anterior, pero el sistema se estaba tomando su tiempo para procesarla, porque debería haber sido liberado el día previo.
En las dos últimas filas seguía el murmullo de las conversaciones en voz baja, y una quiniela empezaba a cobrar fuerza, con probabilidades de tres a uno a favor de un veredicto de culpabilidad.
Sentada en la última fila junto al pasillo, una pelirroja alta y más bien pálida acaparó muchas miradas, pero permaneció concentrada en el jurado, la mesa del acusado y la parte delantera de la sala.
Llevaba unas gafas de sol grandes y reflectantes que le cubrían gran parte de la cara.
Su pelo largo y liso le caía por los hombros, parte del cual llevaba hacia delante, como un accesorio más de su elegante atuendo: una blusa de seda blanca y pantalones negros.
—¡Orden en la sala! —dijo el juez, golpeando el mazo con fuerza un par de veces hasta que la sala del tribunal quedó en silencio, lo suficiente como para oír caer un alfiler—.
Por favor, tomen asiento —dijo a continuación, y por un momento se reanudaron los movimientos y chirridos mientras todos obedecían.
Los miembros del jurado ocuparon sus asientos habituales y estuvieron inquietos un rato hasta que se acomodaron—.
Llamando al caso del Pueblo del Estado de Texas contra Craig Brafford.
—Tenía una voz profunda y agradable que imponía respeto—.
¿Está la defensa lista para proceder con su siguiente testigo?
Lamar Goodridge se levantó y se abotonó la chaqueta de color carbón.
—Sí, señoría. La defensa llama a Craig Brafford al estrado.
La sala reaccionó al anuncio como un solo organismo vivo jadeando. Las respiraciones se detuvieron en incontables pechos y había murmullos bajos y miradas llenas de asombro.
El acusado se puso de pie y prestó juramento con rapidez. Subió al estrado, tranquilo, sereno, bien preparado.
Goodridge se dirigió hacia el estrado, aprovechando para saludar con la cabeza a los miembros del jurado.
Siempre les prestaba atención y hacía que cada uno de ellos se sintiera importante, involucrado.
Luego se detuvo junto al estrado y miró directamente a Craig con una expresión alentadora en los ojos.
—Señor Brafford, ha decidido renunciar a sus derechos de la Quinta Enmienda por la oportunidad de limpiar su nombre, ¿es correcto?
—Sí —dijo el acusado con voz fuerte y firme.
—Comencemos con la desaparición de su mujer. ¿Cuándo fue la última vez que vio a Andrea Wilmore Brafford?
—La mañana antes de irme a un congreso en Miami. El miércoles seis de octubre.
—¿Cómo estaban las cosas entre ustedes dos ese día?
Tras un momento de vacilación, Craig se aclaró la garganta.
—No muy bien. Habíamos tenido problemas, sobre todo por su embarazo y, bueno..., también por la situación laboral.
—Por favor, aclare qué quiere decir con eso.
Craig bajó la cabeza, aparentemente avergonzado.
—Es de dominio público que cometí un grave error de juicio y saboteé intencionadamente las aspiraciones profesionales de mi mujer. Nunca me lo perdonó.
—También ha mencionado su embarazo.
—Sí, no fue planeado... Eso empeoró las cosas.
Yo estaba encantado de tener un bebé con ella, pero ella se puso furiosa cuando se enteró.
Y todo por culpa de lo del trabajo. Para ser justos, la manipulé y le causé muchas dificultades, una decepción injustificada.
Todo eso era culpa mía. Entiendo por qué se siente así respecto a nuestro bebé.
—¿Qué ocurrió el jueves, cuando usted regresó del congreso?
—El avión se quedó parado en la pista a causa de una tormenta eléctrica.
No nos permitieron despegar hasta que pasaron varias horas.
Andi se enfadó, especialmente después de cortarse pelando unas cebollas para el salteado que estaba preparando para la cena.
Cuando la llamé desde el avión, ella lloraba, histérica, diciendo que nunca estaba allí, que estaba herida y sola, y que esa no era la vida que quería.
Me pidió el divorcio y dijo que se iba a marchar.
«Cuando llegué a casa, ya se había ido. Supuse que se habría marchado a ver a su padre. Se está recuperando de un infarto en un centro de rehabilitación cardiaca. Están muy unidos. Andi pensaba traerlo a vivir con nosotros.
—¿Se fue a ver a su padre sin su coche?
Craig bajó la cabeza un momento y luego miró a Goodridge con calma.
—En aquel momento supuse que el corte en la mano que había mencionado era lo bastante grave como para impedirle conducir. La cantidad de sangre que había en el suelo daba miedo. Por un momento, temí que se hubiera hecho daño a propósito.
—¿Qué quiere decir con eso? —Goodridge seguía hablando con voz amigable, comprensiva.