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ESTRATEGIA
Las mañanas empezaban temprano en la cárcel. A las seis, los reclusos salían de su intranquilo sueño sobresaltados por un fuerte zumbido, que Craig había aprendido a odiar desde su primer día en la penitenciaría Houston Southeast Jail.
No tenía que estar en el juzgado hasta las diez.
Era el tercer día de su juicio por asesinato.
Con cada prueba presentada, cada testimonio de cada testigo y cada argumento legal esgrimido por el sanguinario fiscal del distrito Isaac Buscher, sentía que la soga que tenía alrededor del cuello se tensaba cada vez más.
Haber perdido todo control sobre su existencia lo estaba volviendo loco cada minuto de su vida entre rejas.
No era algo que Craig fuera capaz de aceptar, ni siquiera cuando las circunstancias lo exigían.
Cada vez con más frecuencia deseaba estar muerto, pero se aferraba a la esperanza de que pronto sería puesto en libertad por el jurado.
Esa esperanza se había desintegrado la noche anterior, cuando había leído la carta de Andi y había tocado la piedra central del colgante azul.
De algún modo, ella había sobrevivido. Después de todo, no la había matado.
Luchando por comprender cómo era posible, revivió cada momento de aquella noche de jueves, reproduciéndolo a cámara lenta dentro de su cabeza con el propósito de averiguar en qué se había equivocado.
Debió ser su maldito miedo a la sangre lo que le jugó una mala pasada.
No pudo comprobar si estaba muerta. Tal vez ella aún tenía pulso, pero, en su estado elevado de fobia, él no lo percibió. Tan solo lo dio por hecho.
Era el destino, burlándose de él antes de acabar con su vida, riéndose mientras él agonizaba en una fría celda de la cárcel.
Y ahora Andi estaba jugando al gato y al ratón con su vida. Había arrancado el colgante del cuello de Andi antes de tirar su cuerpo al vertedero. Sin embargo, le había llegado en una carta supuestamente enviada por Andi a ese abogado cuando ella aún estaba viva. ¿Cómo demonios lo había conseguido?
¿Se estaba volviendo loco? ¿Algo de todo aquello era real?
Si dijera la verdad, se incriminaría de asesinato y, al mismo tiempo, arrojaría suficientes dudas razonables sobre la validez de la acusación de homicidio como para esperar un...
¿Qué exactamente? No iban a darle una palmadita en el hombro, desearle que tuviera una buena vida y dejarlo libre.
No. Reducirían los cargos a intento de asesinato y lo declararían culpable.
Eso era menos tiempo entre rejas, pero no aguantaría ni un mes más. No podía.
No había forma de que pudiera irse de rositas. La mano vengativa que estaba poniendo la soga alrededor de su cuello era hábil, astuta y malvada. Le destrozaba no saber con certeza si era Andi después de todo. ¿Seguía viva?
Si no era ella, ¿quién podría odiarlo tanto?
¿Quién podía saber con tanto detalle lo que había ocurrido, aparte de la propia Andi?
Pero había enterrado su cuerpo con sus propias manos en ese vertedero.
Andi había sangrado en el suelo de la cocina, tanto que la alfombra se había empapado.
No se imaginaba cosas; solo pensar en toda esa sangre le daba náuseas y lo hacía sentir débil.
Sentado en el borde de su litera, con la cabeza entre las manos, no se dio cuenta de que Chávez se acercaba.
—Las manos, siete-uno-nueve —dijo, sobresaltando a Craig—. Tu abogado ha vuelto.
Mientras metía las manos a través de la abertura y se preparaba para el frío metal de las esposas que se cerrarían sobre sus muñecas, Craig pensó en preguntar cuál era el abogado que había regresado. Aunque, de todos modos, iba a averiguarlo dentro de un momento.
Chávez abrió la celda y lo agarró del brazo para guiarlo por el pasillo.
—¿Vas a tener otro ataque como el de ayer?
—No —respondió Craig rápidamente—. Siento mucho lo de anoche.
No me esperaba tener noticias de mi mujer después de...
—tartamudeó, sin saber cuánto daño se estaba haciendo a sí mismo con cada palabra—, después de que se hubiera ido.
Desapareció sin más —añadió, probando lo que en su mente parecía una posible nueva línea de defensa—.
No han encontrado su cuerpo. No hay autopsia ni nada, pero aun así me han acusado de su asesinato.
Ella me ha tendido una trampa. Estoy seguro.
Chávez se encogió de hombros al abrir la puerta de una pequeña sala de entrevistas que apestaba a lejía y a orina.
—Lo siento, siete-uno-nueve, yo no puedo hacer nada por ti. La vida no es justa.
Lamar Goodridge estaba sentado en la pequeña mesa de acero inoxidable, vestido para el juicio con un traje color carbón, camisa blanca y corbata gris.
Tenía los labios apretados en una fina línea, las manos entrelazadas delante de él y una mirada muy intensa.
Craig le hizo un gesto con la cabeza y tomó asiento frente a él en la pequeña mesa abollada mientras Chávez se colocaba cerca de la puerta y se apoyaba en la pared.
—No me agrada tener que venir a toda prisa aquí a esta hora infernal en un día de juicio —siseó— porque mi cliente consideró necesario montar un numerito por una carta estúpida. —Tomó aire con fuerza—. ¿Qué dice esa carta?
—¿No se la han dado?
—Todavía no. El fiscal me dará una copia hoy, probablemente después del juicio, pero no me gustan las sorpresas.
Craig miró de reojo, preguntándose cuánto debía decir. A Goodridge no le había interesado saber si era culpable o no. La estúpida carta complicaba las cosas más de lo que quería admitir.
—Estoy esperando —dijo Goodridge, moviendo el pie con impaciencia; la suela de su zapato golpeaba el suelo con un sonido rítmico y desconcertante.
—Es... una carta de mi mujer. Se la envió a un abogado patrimonial para que me la entregara si moría.
—Fabuloso —espetó Goodridge, rechinando los dientes—. ¿Qué dice?
—Básicamente, algo parecido a «La chica que mataste te está mirando desde el paraíso con una copa en la mano», o una cursilería parecida. Y también que yo era el amor de su vida.
La mandíbula de Goodridge se aflojó un poco. Sus cejas se fruncieron, arrugando su frente.
—Creo que ha llegado el momento de hacerle esta pregunta, y le aconsejo que diga la verdad. Por su bien. —Craig asintió—. ¿Mató a su esposa, señor Brafford?
No se esperaba esa pregunta. Aún no estaba preparado para contestarla.
—Pensé que no le importaba nada de eso. Usted dijo que creía que todos los clientes merecen la mejor defensa que su dinero pueda comprar.
—Eso fue antes de que empezara a preguntarme si soy el mejor abogado para su caso.
Me estoy cansando de bailar a su son, señor Brafford.
Me parece que no puede decir la verdad bajo ninguna circunstancia, y eso lo convierte en un lastre.
—Lo fulminó con la mirada por encima de la mesita hasta que Craig bajó la vista—.
Cada vez que mueve los labios me miente, señor Brafford, Y no me está pagando lo suficiente como para perder un caso.
—¿Qué está diciendo? —La garganta de Craig se secó al instante.
Lo intentó, pero no pudo tragar. Si Goodridge lo abandonaba, estaba prácticamente condenado a pasar el resto de su vida entre rejas.
No le quedaba dinero para contratar a un abogado decente.
Moriría en la cárcel por culpa de un abogado de oficio incompetente.
—Digo que me está mintiendo, y esa fue una de mis condiciones para aceptar su caso, señor Brafford. Aunque no tuvo la decencia de ir a verme antes de convocarme aquí como su abogado, acepté representarlo. Aunque tengo razones para creer que es insolvente, estoy aquí. Y, aun así, me miente.
—No lo haré más —soltó Craig, suplicante, con la respiración agitada bajo la amenaza de las lágrimas—. Se lo juro. Pregunte lo que quiera, solo le diré la verdad.
Goodridge se recostó en su silla y cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Mató a su mujer?
—No, no lo hice —contestó Craig, creyéndoselo cada vez más. Era el único escenario que tenía sentido. Si no, habrían encontrado su cuerpo.
—¿Y no me está mintiendo?
—No, lo juro. —Sostuvo la mirada de Goodridge hasta que el abogado se relajó un poco. La tensión de sus hombros había disminuido cuando posó las manos sobre la mesa—. Pero estamos perdiendo. Puedo sentirlo. Siento la soga apretándose alrededor de mi cuello.
—No estamos perdiendo. Todo lo que tienen es circunstancial. Me sorprende que presentaran cargos sin tener un cadáver. ¿Sabe que la Fiscalía rara vez gana un juicio por asesinato en ausencia del cuerpo de la víctima? Eso casi nunca ocurre.
—Pues no lo parece desde donde yo estoy sentado —dijo Craig, bajando la cabeza y mirando el suelo de hormigón rayado y manchado durante un largo momento.
—En uno o dos días, le ofrecerán un trato, y entonces sabremos lo convencidos que están de la solidez de su caso. Dele tiempo, señor Brafford. El embarazo de su mujer y esa prueba de veneno en su pelo son difíciles de desmontar.
—Súbame al estrado —pidió Craig, con la emoción corriendo por sus venas al ver la oportunidad de poder aclararlo todo.
—Cuando le ofrezcan ese trato, y después de que yo lo negocie hasta rebajar la condena el máximo posible, le sugiero que acepte, señor Brafford —respondió Goodridge como si no hubiera escuchado ni una sola palabra de lo que Craig había dicho.
—No, no puedo cumplir una condena —dijo; la desesperación impregnaba su voz—.
No puedo. Me moriré. Tengo que arriesgarme con un veredicto si eso significa que tengo la más mínima oportunidad de salir de aquí como un hombre libre.
—Se inclinó hacia delante sobre la mesa e intentó alcanzar la mano de Goodridge, pero este la retiró—.
Súbame al estrado. Puedo explicar muchas cosas, incluso lo que dice esa carta.
—¿Qué más dice la maldita carta?
—Solo referencias al paraíso y cómo me observa desde allí. Menciona nuestra vida juntos, cómo nos enamoramos..., ese tipo de cosas.
—Pero también dice algo así como «la chica que mataste», ¿no? ¿Así es como se refiere a sí misma en esa carta?
Craig bajó la cabeza y tragó saliva con dificultad.
—Sí.
—¿La estaba envenenando, señor Brafford?
Se produjo un segundo de silencio.
—Sí.
Goodridge volvió a cruzarse de brazos.
—Debería aceptar cualquier trato que le ofrezcan.
Esa carta podría ser muy perjudicial. La gente tiende a escuchar las voces que hablan desde la tumba, y las pruebas forenses muestran que llevaba un tiempo intentando envenenarla.
Tienen pruebas de que usted estuvo en el vertedero tirando una alfombra ensangrentada, por el amor de Dios.
—Frunció el ceño y bajó la cabeza sin romper el contacto visual con Craig—.
Me parece un hombre inteligente, señor Brafford.
¿Por qué no le disparó o algo así? —preguntó en un susurro—.
¿Por qué el estúpido veneno para ratas? Es lento y deja rastro.
Craig apretó los labios durante un instante.
—Tengo hematofobia. Si veo cualquier cantidad de sangre, me desmayo.
—¿Está de broma? —espetó, alzando los brazos por un breve momento.
—Ojalá —sonrió Craig con amargura—. Súbame al estrado, señor Goodridge, por favor. Es mi única oportunidad. Puedo darle la vuelta a todo.
El abogado se levantó y empezó a pasearse por la sala.
—Si renuncia a sus derechos de la Quinta Enmienda, se verá obligado a responder a cualquier pregunta que le haga el fiscal. ¿Lo entiende?
—Sí —dijo, mirando a Goodridge a los ojos.
El abogado dejó de pasearse, se inclinó sobre la mesa y apoyó las palmas de las manos sobre la superficie arañada.
—Ayúdeme a entenderlo, ¿por qué quiere correr el riesgo? ¿Por qué está dispuesto a arriesgarse a un veredicto de culpabilidad en un juicio por asesinato?
—Por lo que dice la carta —contestó con rapidez, sabiendo que era su última oportunidad de persuadir a Goodridge.
El abogado había trabajado duro toda su carrera para tener un índice de victorias casi impecable, y su tarifa por hora dependía de su éxito continuado.
No estaba dispuesto a arriesgarse a perder en los tribunales, pero Craig tenía que intentar convencerlo.
Al fin y al cabo, estaba en juego su vida.
—Explíquemelo.
—Es la palabra «paraíso». Está escrita con «p» minúscula, y para mi mujer, eso quiere decir el Caribe. Está hablando de Montego Bay, no el lugar bíblico donde la gente va después de morir. Está jugando conmigo.
Goodridge ladeó ligeramente la cabeza mientras su mirada se tornaba dubitativa, incrédula, como si dudara de la cordura de su cliente.
—¿Qué está diciendo, señor Brafford?
—¡Que está vivita y coleando, jodiéndome, eso es lo que estoy diciendo! —exclamó, un poco asustado por la reacción de Goodridge, pero también aliviado porque por fin iba a contarle la verdad a alguien que podía ayudarlo—. Me ha tendido una trampa para vengarse de mí.
—¿Por qué?
—Por matarla. Porque, técnicamente, lo hice.
—¿Está loco? —Goodridge se pasó la mano por la boca entreabierta y luego se rascó las raíces de su cabello corto—. Estoy pensando que debería declararse no culpable por demencia, aunque en los últimos años no ha funcionado tan bien como solía hacerlo en los ochenta.
—No estoy loco —respondió él con amargura—. Ojalá lo estuviera.
—E-entonces, dígame qué pasó —balbuceó Goodridge—. Con claridad. Luego veremos lo de subirlo al estrado, si quiere correr ese riesgo. —Miró la hora y dijo una palabrota—. Tengo que irme en cinco minutos, y a usted no le quedará mucho más. Tenemos que ir al juzgado, así que hable rápido.
Craig se recostó en su silla y respiró hondo. Solo necesitaba un minuto de los cinco, quizá dos. Después, Goodridge no tendría más remedio que subirlo al estrado.