48
DETENIDO
Craig había pasado toda la mañana en el campo de golf, en el Wildcat Golf Club, con Bill Parsons.
Era un hombre importante en el mundo de la distribución del petróleo y había asistido a sus fiestas un par de veces.
Sin embargo, hasta ese día, Parsons había permanecido ilocalizable siempre que Craig había intentado llamarlo para hablar de negocios.
Hasta esa mañana.
Parsons lo había llamado a siete de la mañana, cuando Craig todavía estaba dormido, para invitarlo a jugar al golf. Se vistió a toda prisa, cogió sus palos y salió corriendo hacia el club, donde llegó a las ocho.
Parsons, como toda la gente con dinero, se tomó su tiempo.
Primero quería desayunar y tomar café. Hablaba sin cesar sobre la producción de petróleo, la manipulación de precios, la distribución y el papel de las criptomonedas en la creciente amenaza de los ataques de ransomware contra las empresas de oleoductos.
El hombre estaba enamorado de su voz y podía hablar eternamente, aunque nada de lo que decía tenía verdadero interés para Craig.
Para empeorar las cosas, durante toda la mañana, el teléfono de Craig había estado sonando con llamadas perdidas, mensajes de voz y mensajes de texto como si el mundo no pudiera girar sin él.
Después de unos cuantos pitidos y un par de ceños fruncidos en el rostro engreído de Parsons, puso el teléfono en modo silencio, pero aún sentía las vibraciones en el bolsillo cada pocos minutos.
¿Qué demonios estaba pasando?
No podía librarse de Parsons ni un momento para averiguarlo, y eso lo estaba volviendo loco.
Cuando por fin el tipo apoyó las manos en los muslos y dijo: «Hora de ir al baño», fue una invitación, no un anuncio.
Parsons no se dirigió hacia el edificio hasta que Craig lo siguió, dejando los palos con el caddie junto al hoyo once.
Mientras estaban en el baño, no paraba de hablar, incluso en el urinario, cuando le preguntó a Craig:
—¿Sabes por qué juego al golf en un club de golf público en lugar de en uno privado? Por la gente —respondió enseguida, sin esperar la respuesta de Craig—. Me gusta ver caras nuevas y estudiarlas.
Luego quiso comer mientras el caddie se sentaba bajo un árbol, protegido del sol. La penumbra del lunes se había desvanecido, dejando atrás un cielo azul despejado y vientos del norte que traían un aire fresco. No fue hasta el hoyo dieciocho cuando por fin dejó de hablar un momento y dijo:
—Tengo una mansión en Galveston y me gustaría que la vendieras.
Vale unos siete millones, quizá más. Después, a mi mujer y a mí nos gustaría que nos buscaras otra, en algún lugar donde las playas sean más bonitas y el mar sea azul y claro, no turbio como aquí.
Quizá en Tampa o en Naples. A cualquiera de los dos sitios hay que ir en avión, así que no me importa si la casa está en una ciudad o en la otra.
—Por supuesto —respondió Craig, sonriendo. Estaba empezando a suceder. Su plan, cuidadosamente trazado, comenzaba a dar sus frutos. Aterrado ante la idea de pasar medio día más escuchando hablar a Parsons, le dijo—: Señor Parsons, si quiere firmar ya, tengo los papeles en mi coche.
—Llámame Bill —replicó él, mirándolo fijamente como si quisiera advertirle de que su amistad venía con condiciones.
Media hora más tarde, estaban firmando el contrato sobre el capó de su Mercedes cuando se acercaron dos coches de policía sin distintivos con las luces intermitentes rojas y azules encendidas.
Las tripas de Craig se retorcieron en un nudo, pero luego se relajaron.
No podían estar allí por él. Entonces recordó las innumerables llamadas perdidas y se quedó helado.
—¿Craig Brafford? —preguntó una mujer mostrando su placa. Era una rubia alta, vestida con unos pantalones de poliéster marrones baratos y una camisa azul de algodón. Algunas mujeres se esforzaban mucho por tener un aspecto horrible. No tenía ni una pizca de estilo.
—Sí —respondió sonriendo—. ¿En qué puedo ayudarlos?
Ella no le devolvió la sonrisa. En lugar de eso, tiró del brazo de Craig, le dio la vuelta y le puso la anilla de unas esposas en una muñeca. El contacto del metal frío lo sobresaltó. Intentó apartarse, pero los dedos de ella eran como garras de acero clavándose en su carne, implacables.
—Queda detenido por hacerse pasar por un agente de la ley. Tiene derecho a guardar silencio.
—¿Qué? —Craig intentó girarse para mirarla, pero ella lo empujó contra el capó de su coche, le cogió la otra muñeca y cerró la anilla alrededor de ella—. ¿De qué está hablando?
—Todo lo que diga puede y será usado en su contra ante un tribunal...
Pero Craig ya no estaba escuchando. Miraba a Parsons mientras este sacaba el contrato que acababa de firmar del maletín abierto de Craig y lo hacía pedazos.
—Menuda pérdida de tiempo —dijo, mirando tranquilamente a Craig a los ojos con decepción mientras lanzaba los trozos de papel al aire. Luego se puso al volante de su Maybach y se marchó.
—Deberíamos multarlo por ensuciar la vía pública —comentó Alonzo.
—Con este pedazo de mierda tenemos suficiente por hoy —respondió Otwell. Luego, cogiendo a Craig del brazo, le dio la vuelta y lo miró directamente a los ojos—. ¿Dónde está su mujer, señor Brafford? —Lo cacheó, le registró los bolsillos y le quitó el teléfono.
Craig se quedó helado. Su mente comenzó a dar vueltas, repasando escenarios.
¿Habían encontrado el cuerpo en el vertedero?
Tal vez no la había enterrado lo bastante profundo.
No... Si hubiera aparecido, lo habrían acusado de asesinato, no de esa mierda de suplantación.
Decidió mantener la calma y guardar silencio, a ver qué pasaba.
Puede que tuviera que contratar a ese abogado que había encontrado, solo para estar seguro.
Parecía como si no le estuviera pasando a él.
La detención, las esposas, el viaje en el coche de policía...
Su mente estaba obsesionada con el rostro de Parsons y con la idea de que ese hijo de puta engreído llamaría todos sus amigos, incluido Donati, para contarles la noticia de su arresto.
Estaba acabado. La gente rara vez se recuperaba de algo así; a no ser que fueran Martha Stewart o Lindsay Lohan.
Horas después, encadenado a una mesa de acero inoxidable desvencijada y sucia dentro de una pequeña habitación gris, seguía esperando a que alguien hablara con él; que lo interrogaran. Cuando por fin se abrió la puerta y entró la policía alta y rubia de antes, suspiró aliviado.
—Por fin —dijo—. Vamos a aclarar esto, porque es solo un gran malentendido.
—Ah, ¿sí? —La policía sacó una silla de debajo de la mesa, y las patas rechinaron en el suelo irregular.
Después, tiró una pequeña bolsa de pruebas sobre la mesa, con su teléfono dentro—.
Debería haber contestado a sus llamadas, señor Brafford.
—A través del plástico, tocó la pantalla y esta se iluminó—.
Diecisiete llamadas perdidas. Veintitrés mensajes nuevos.
Casi cincuenta correos electrónicos sin leer.
—Soy un hombre muy ocupado —respondió él con calma—. ¿Puedo irme ya, por favor?
Ella hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No irá a ninguna parte hasta dentro de tres o cinco años, señor Brafford, y eso solo para empezar. —Deslizó el teléfono por la mesa en dirección a él—. Mucha gente ha estado intentando ponerse en contacto con usted para avisarle. Los periódicos querían una declaración suya.
—¿Los periódicos? ¿Una declaración sobre qué? —Nada tenía sentido, parecía que estaba en una de esas pesadillas surrealistas que a veces tenía.
—¿Dónde está su mujer, señor Brafford?
—N... No lo sé —dijo, tal y como había ensayado en su mente innumerables veces—. Se enfadó conmigo porque me fui a un congreso a Miami. Cuando llegué a casa, no estaba. Supuse que se habría marchado a la casa de su padre. Él está en el hospital y tendría la casa para ella sola.
—No está en casa de su padre. Lo hemos comprobado.
¿Cuándo habían ido a la casa de Wilmore? Iban un paso por delante de él, y se suponía que no debía ser así. Se suponía que él debía ser la víctima, el pobre desgraciado cuya mujer había desaparecido.
—¿Ha ocurrido antes, señor Brafford?
—¿A qué se refiere?
—¿Su mujer ha desaparecido así antes, durante días, sin decir una palabra? —Se produjo un silencio. No sabía qué decir. Era una pregunta trampa—. ¿Dejando su coche y su teléfono? ¿Ha ocurrido antes, señor Brafford?
Era increíble. Lo llamaba señor Brafford y le hablaba de usted, pero quería encerrarlo y tirar la llave.
—No —acabó diciendo. Era mejor no mentir al respecto cuando innumerables testigos podrían declarar lo contrario—. Es la primera vez.
—Usted no denunció su desaparición. ¿No le preocupaba que le pudiera haber pasado algo?
—Por supuesto que estaba preocupado, todavía lo estoy. Pero recapacitará y volverá a casa. Solo necesita tiempo para calmarse.
—¿Por qué? ¿Qué ocurrió?
No iba a decírselo.
—Puede que no lo sepa, señor Brafford, pero conocí a su mujer cuando usted y ella estaban a punto de mudarse a la casa nueva. Hablé con ella sobre una chica de su edificio que murió por una sobredosis.
—Ah, usted es esa policía —dijo él—. Andi me dijo que le hizo algunas preguntas. Me enseñó su tarjeta, pero había olvidado su nombre. Lo siento.
Otwell lo fulminó con la mirada.
—Hace dos meses, su mujer era muy feliz, señor Brafford. ¿Qué ha pasado desde entonces para que necesite un tiempo de reflexión lejos de usted?
Craig se encogió de hombros. Tal vez era mejor permanecer en silencio después de todo.
—Quiero que venga un abogado, si no es mucho pedir. Conozco a uno, se llama Lamar Goodridge. —Había hecho los deberes, específicamente para un escenario como ese. Aún no conocía a Goodridge, pero esperaba que no lo rechazara en su momento de mayor necesidad.
—Claro —respondió ella, poniéndose de pie. Justo en ese momento, se abrió la puerta y entró el otro policía, llevando un montón de bolsas de pruebas en una caja—. ¿Qué tienes para mí? —preguntó Otwell a su colega.
Craig contuvo la respiración.
—Han encontrado esto debajo del fregadero —dijo el hombre, levantando una bolsa de plástico sellada con la botella de raticida en su interior.
«¿Qué demonios...?». No podía estar pasando eso. No estaba loco. Sabía perfectamente lo que había hecho. La había vaciado en el fregadero y luego había cogido la botella vacía y la había tirado a un contenedor cercano a una obra al otro lado de la ciudad.
—¿Veneno para ratas? ¿En Brookhaven? Qué interesante, ¿verdad? —dijo Otwell.
—Ya lo creo —respondió el otro policía, visiblemente entretenido—. Y, además, tiene las huellas de Brafford. Qué inteligente...
Los dos se rieron a su costa.
Craig golpeó la mesa con los puños encadenados.
—No. Esto no puede ser verdad. No puede estar pasando... En serio, esto no puede ser real. No puede ser... —Su voz sonaba estrangulada, aguda, teñida de desesperación. Estaba perdiendo la cabeza.
—Tenemos el cepillo del pelo de su mujer. Hay cabellos en él. ¿Qué quieres que haga con él? —preguntó el policía mientras levantaba en el aire la bolsa que contenía el cepillo de Andi y la agitaba delante de Otwell. Actuaban como si no lo hubieran oído.
—Llévalo a la oficina del forense —respondió Otwell.
—¿Me están escuchando? —gritó Craig—. Les estoy diciendo que esta mierda no es real. No puede serlo.
Otwell se giró hacia él, frunciendo el ceño.
—¿Renuncia a su derecho a un abogado, señor Brafford?
Sorprendido, Craig vaciló.
—No.
—Entonces, no podemos hablar con usted. Lo siento. —Sonriendo perversamente, se volvió hacia su compañero—. ¿Algo más?
—Sí, algo muy gordo. La cortina de la ducha estaba arrancada. Han hecho una prueba con luminol en la cocina y el suelo se ha iluminado como un árbol de Navidad. Y una silla también. Creo que él la mató.
—¿Y la dejó en algún sitio?
—Están revisando el GPS de su coche mientras hablamos. —El policía con sobrepeso se frotó la barriga, como si acabara de pegarse un atracón, y se lamió los labios—. ¿Lo acusamos de asesinato?
—Intentemos encontrar el cuerpo primero —respondió Otwell. Sus ojos se habían oscurecido y estaban llenos de furia—. Al fiscal le gustan los casos bien cerrados.
—Entendido —respondió el detective. Luego cogió la caja de pruebas y se marchó, dejando a Otwell sola en la sala con Craig.
Ella esperó a que la puerta se cerrara y se inclinó sobre la mesa hasta que él pudo sentir su aliento en la cara.
—Si ha matado a su hermosa y joven mujer, señor Brafford, le juro por Dios que lo meteré en un agujero tan profundo que no volverá a ver la luz del día. Deseará estar muerto cada hora de cada día. —Luego se levantó y agarró el picaporte de la puerta, dispuesta a marcharse.
—Por favor, no lo entiende. Yo no he matado a mi mujer, lo juro. Ella ya no estaba cuando regresé del congreso. Pregunte a la aerolínea, nos retuvieron en la pista hasta las diez o así. Cuando llegué, ya se había ido. Por favor, tiene que creerme.
—Para que conste, señor Brafford, no puedo hablar con usted sin la presencia de su abogado. Lo ha solicitado usted. Por favor, guarde silencio. Volveré cuando logremos localizarlo.
El sonido de la puerta al cerrarse reverberó en su mente durante interminables instantes. ¿Había soñado que se deshacía de la botella? Lo recordaba con claridad, o al menos eso creía. La había estrellado contra el contenedor y se había roto en mil pedazos. ¿O es que se estaba volviendo loco?
Era una pesadilla de la que no se podía despertar.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Por favor, diga su nombre y cargo para que conste en acta.
ARTHUR FLANAGAN: Arthur Flanagan. Soy un abogado patrimonial en Houston.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Prueba número catorce, señoría. Señor Flanagan, ¿reconoce este sobre?
ARTHUR FLANAGAN: Sí.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Por favor, dígale al tribunal cómo llegó a su poder este sobre.
ARTHUR FLANAGAN: El sobre y su contenido, sellado, me fue enviado por Andrea Wilmore Brafford, con la petición de que, en caso de su muerte, se lo entregara en mano a su marido, Craig Brafford.
Su solicitud incluía un formulario de autorización de cargos a su tarjeta de crédito para cobrar nuestros honorarios, tal y como nuestra oficina le había indicado previamente que procediera.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Cuándo recibió el sobre y las instrucciones?
ARTHUR FLANAGAN: Lo recibí el viernes ocho de octubre. El sobre llevaba un matasellos del cuatro de octubre. Un lunes.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Entregó el sobre como se le pedía?
ARTHUR FLANAGAN: Sí, lo hice, tan pronto como supe por los medios de comunicación que mi cliente había fallecido y que su marido había sido acusado de su asesinato y estaba en prisión preventiva. Localicé al señor Brafford y le entregué el sobre al día siguiente.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: No hay más preguntas para este testigo, señoría.