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ANÓNIMO
La comisaría apestaba a comida mexicana, aunque aún no eran ni las once.
Alguien había calentado algo grasiento y apetitoso en el microondas, y ahora todos tenían que convivir con el olor durante el resto del día.
Hacía frío fuera y no tenían ninguna intención de encender el aire acondicionado para despejar el ambiente.
Ese alguien era su compañero.
Sintiendo hambre, la detective Otwell golpeó con las manos el expediente que había abierto delante de ella.
No iba a merodear por la cocina a las once de la mañana solo porque tenía antojo de comida mexicana.
No. Iba a comportarse como una adulta al respecto.
Bebería más café, diría palabrotas entre dientes y se tomaría uno o dos caramelos de menta.
De lo contrario, pronto estaría tan gorda como Alonzo, el detective de ciento treinta y seis kilos que estaba engullendo una quesadilla cubierta de un apetitoso guacamole mientras leía las noticias en su ordenador de sobremesa.
—Vaya, gracias, Alonzo —comentó Otwell, incapaz de contenerse—. Ahora me gruñe el estómago.
—¿Quieres un poco? —le ofreció Alonzo, hablando con la boca llena.
—Ni de coña. —No tenía claro si la comida le apetecía o le repugnaba—. Pero gracias. La próxima vez, por favor, espérate a que salga del edificio.
Un par de agentes uniformados se rieron detrás de sus pantallas.
—Callaos los dos —ordenó Alonzo, y las risas se intensificaron en vez de amainar.
Masticó en silencio durante un rato mientras Otwell revisaba el expediente por enésima vez desde que el caso se había cerrado oficialmente.
Había algo en Nikki Edwards que no le cuadraba a Otwell, aunque era más una corazonada que una prueba contundente o una pista que pudiera seguir.
Una chica de veinticinco años de una familia de clase media-alta, con un apartamento ordenado, un buen trabajo y un coche decente no sufre una sobredosis así por las buenas.
¿Y dónde estaba el novio o el hombre que la había dejado embarazada?
No aparecía en ninguna de sus redes sociales, y ella había perdido decenas de horas de su tiempo personal rebuscando en interminables cadenas de basura digital en busca de la más mínima referencia a un nombre, a una pista o a cualquier cosa.
El ADN fetal no había arrojado ningún resultado al meterlo en el CODIS.
No tenía nada. Incluso el forense había dictaminado que había sido una sobredosis accidental.
No había signos de lucha, la entrada no estaba forzada y en la jeringuilla solo estaban sus huellas.
Unos testigos la ubicaron comprándole droga a un vendedor de poca monta.
No tenía nada, pero era una clase especial de nada.
Según la experiencia de Otwell, ese conjunto particular de circunstancias ocurría si la víctima había sido violada.
Eso habría explicado la repentina caída de la chica en el mundo de los opiáceos, abandonando una buena vida por momentos fugaces de olvido.
Sin Nikki, nunca podría atrapar al hijo de puta que había arruinado la vida de esa joven.
Aun así, no cerró el expediente. En lugar de eso, pasó otra página y releyó despacio las conclusiones del forense, preguntándose qué se le habría pasado por alto.
—Joder... Ven a leer esto, Otwell —dijo Alonzo, riendo a carcajadas mientras señalaba la pantalla—. ¿Cómo puede ser alguien tan estúpido? Lo único que tenemos que hacer es aparecer y ponerle las esposas a este patético hijo de puta.
Intrigada, se levantó de su desgastada silla, se acercó al escritorio de Alonzo y se inclinó para leer la pantalla. Era un artículo publicado esa mañana en The Morning Journal, un periódico digital e impreso de Houston. Alonzo señaló el titular, riéndose tan fuerte que su abdomen se estremecía.
—No me lo puedo creer.
Al principio ella lo leyó por encima, pero algo le llamó la atención y volvió a leerlo, palabra por palabra.
Marido mancha la reputación de su mujer, comprometiendo su capacidad para conseguir trabajo
En esta versión moderna del cuento de la esposa encerrada en el castillo, Craig Brafford, de veintinueve años, residente de Brookhaven, ha recurrido a la mentira y al engaño para frustrar los esfuerzos de su mujer, Andrea, por conseguir un trabajo.
Haciéndose pasar por una agente de la ley, hizo innumerables llamadas a los posibles empleadores de su mujer, difundiendo mentiras y poniendo sobre aviso a los Departamentos de Recursos Humanos de que era una fugitiva buscada.
O una contrabandista de especies raras y exóticas.
O una sospechosa de fraude con tarjetas de crédito.
Nuestra publicación ha investigado varias de esas llamadas y ha establecido, más allá de toda duda, que las realizó Brafford; algunas desde su teléfono móvil, otras desde el teléfono fijo de su oficina.
Fuentes que prefieren permanecer en el anonimato han proporcionado la información necesaria para reconstruir este desconcertante rompecabezas.
En cuanto a la razón por la que Brafford decidió actuar así, solo podemos especular.
No ha sido posible contactar con el señor Brafford para que hiciera algún comentario.
—Conozco a estas personas —murmuró Otwell, mientras Alonzo y un agente uniformado, atraídos por las carcajadas del detective, seguían comentando el artículo en voz alta. Las palabras de Otwell los silenciaron.
—¿De qué los conoces? —preguntó Alonzo.
—Comprueba una cosa, por favor. Averigua si la antigua casa de Brafford estaba en el edificio de Nikki Edwards. Creo que conocí a esa mujer, a su esposa.
Los dedos regordetes de Alonzo bailaban sobre el teclado, escribiendo con rapidez.
—Sí, has dado en el clavo. Tú y tu expediente de Nikki Edwards. Das miedo. —Tomó otro mordisco de quesadilla—. En cuanto me termine esto, vamos a por ese bastardo. Después de todo, se hizo pasar por un agente de la ley, ¿no?
El otro policía se rio.
—Claro que sí.
Otwell ya estaba de vuelta en su escritorio cuando un pitido la avisó de un nuevo correo electrónico.
No reconoció al remitente; aparecía como una serie de números.
Cuando lo abrió y pulsó la dirección, era una cuenta de ProtonMail, completamente ilocalizable.
El servidor no solo estaba alojado en Suiza, donde las autoridades estadounidenses no tenían jurisdicción, sino que también era mundialmente famoso por su cifrado y seguridad.
Era el tipo de cuenta de correo electrónico desde la que la gente enviaba pistas anónimas a la policía y a los medios de comunicación.
La línea de asunto del correo electrónico le atravesó las entrañas como un puñal. Leyó el mensaje con la boca abierta y la mano derecha tapándosela.
¿Ha visto a Andrea Wilmore Brafford?
Quizá quiera investigar el paradero de Andrea Wilmore Brafford. Fue vista por última vez el jueves siete de octubre. Si su marido la tiene encerrada en casa, no es con su consentimiento. Está embarazada y necesita atención médica.
El mensaje de correo electrónico no estaba firmado.
—Eh, compañero —llamó Otwell, haciendo señas a Alonzo—.
Tenemos que irnos ya. Olvida esa quesadilla.
Esto se está poniendo serio. —Se giró hacia el agente uniformado—.
Necesito que me pidas varias órdenes: una de arresto para ese tipo, Craig Brafford, y otras de registro para su casa, su coche y su oficina.
Quiero poder registrarlo todo. Después localiza su teléfono y hazme saber dónde está.
Abrió el cajón, cogió su arma reglamentaria, comprobó el cargador y la enfundó, con la imagen de Andrea Wilmore Brafford aún fresca en la mente.
Su felicidad, su brillo de recién casada, su ingenuidad juvenil y confiada.
La forma en que había reaccionado cuando Otwell le entregó la carta que había encontrado en el suelo del descansillo, con la cara como un libro abierto y el corazón en un puño.
La voz de su marido, haciendo llamadas en la otra habitación.
Pilas de cajas, listas para la mudanza prevista para el día siguiente.
Una vida que acaba de empezar, con sus altibajos.
¿Qué tenía Andrea Wilmore Brafford que había grabado su recuerdo en la mente de la detective Otwell?
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Cuál era su percepción sobre la solvencia de Craig?
JUDE DRENNON : No tenía ni idea de que Craig estuviera arruinado. De haberlo sabido, habría pagado su fianza y le habría conseguido un abogado mejor.