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PRUEBAS
El fin de semana había sido largo y complicado, aunque Andi había previsto que sería tranquilo.
No se atrevía a salir de casa, temía que la vieran.
Además, había cerrado todas las cortinas y no encendía las luces cuando oscurecía.
Se limitaba a descansar para recuperar fuerzas, al menos físicamente.
La parte emocional era otra historia, resultaba más difícil de manejar, sobre todo después de que el sol desapareciera tras las copas de los árboles que había en la parte trasera de la casa y comenzara a caer la oscuridad de la noche.
A veces se sentía afligida, sin saber bien por qué lo estaba más, si por la pérdida de su bebé, de la vida que creía tener, de todas sus esperanzas y sueños o por Craig, el hombre con el que creía haberse casado.
El dolor venía y se iba en oleadas, renovándose después de cada ocasión en que ella se había quedado dormida o se había mantenido ocupada con otra cosa, olvidando brevemente lo que había sucedido.
Entonces todo se venía abajo, y ella se tambaleaba, sufriendo otra vez la conmoción y la pérdida sin sentido.
El domingo limpió meticulosamente el desastre que había dejado en el cuarto de baño en el que se había duchado por primera vez tras escapar del vertedero.
Lavó su ropa en la lavadora dos veces, para luego secarla, doblarla y guardarla al fondo de su armario, sellada en una bolsa de la compra atada con un nudo lista para deshacerse de ella a la primera oportunidad que tuviera de sacar la basura.
No pensaba volver a ponerse la ropa que llevaba cuando su marido había intentado asesinarla y deshacerse de su cuerpo.
Reemplazar el pequeño cristal de la puerta trasera requirió algo de creatividad, pero no podía llamar a la tienda y pedir un repuesto.
En su lugar, cogió un cristal un poco más grande de un armario de la cocina y, con la infinita paciencia de una mujer con un propósito, lo limó con su vieja lima de uñas de diamante hasta que encajó en su sitio.
Durante las muchas horas que estuvo limando, de pie sobre el fregadero, su mente divagó y dio vueltas a los problemas que había estado posponiendo.
¿Cómo iba a restablecer la confianza de la gente en ella después de las mentiras que Craig había difundido por toda la ciudad?
¿Cómo reconstruiría su vida después de que él desapareciera de ella, sin tener que dejar atrás su querido Estado de la Estrella Solitaria?
La respuesta llegó cuando le faltaba un centímetro para terminar de limar.
Necesitaba purificarse de la suciedad que él había esparcido sobre ella, salir como una mariposa de la crisálida, dejar atrás la envoltura manchada para que se marchitara bajo la luz del sol.
Y, para eso, necesitaba el poder ardiente y feroz de los medios defendiéndola, necesitaba lanzarlos sobre Craig como una manada de lobos hambrientos para que lo devorasen.
En cuanto sustituyó el cristal de la ventana, encendió el portátil de su padre dentro de una habitación sin ventanas y empezó a escribir un artículo.
Releyó su trabajo un par de veces, haciendo correcciones aquí y allá hasta que quedó perfecto; hasta que le pareció lo bastante incendiario como para que los periodistas investigaran y publicaran algo.
Hacía tiempo había leído en alguna parte que los periodistas agradecían las colaboraciones bien escritas, ya que les ahorraban el tiempo que tendrían que dedicar a reescribirlas.
También les gustaban los artículos breves con información concisa y hechos verificables.
Ella consideró que había hecho precisamente eso, después de leerlo una vez más, esta vez en voz alta.
Cuando terminó, creó una nueva cuenta de correo electrónico seguro y envió el artículo a todos los contactos de los medios de comunicación locales que pudo encontrar. Luego se fue a la cama, contenta de que hubiera terminado el fin de semana.
En la fresca y sombría mañana del lunes, Andi esperaba a una distancia segura de la casa de Craig, ansiosa por verlo salir para ir al trabajo.
Había consultado los titulares durante el fin de semana; no decían ni una palabra sobre Craig o sobre ella.
La aplicación del vecindario no mencionaba su desaparición, lo que significaba que Craig aún no se había atrevido a denunciarla.
Se estremeció cuando la puerta del garaje se abrió a lo lejos y se deslizó hacia abajo en el asiento de la camioneta de su padre.
Llevaba unas gafas de sol grandes y una gorra, y aun así temía que la reconocieran a más de cien metros de distancia.
Pero el Mercedes-Benz negro giró a la izquierda y desapareció a la hora habitual, poco después de las nueve.
Esperó unos minutos más, solo para asegurarse de que no volvía, y luego caminó hacia la casa. Se coló en el jardín después de comprobar que nadie la hubiera visto. No había tráfico en la calle sin salida y los altos setos ofrecían cierta protección.
La llave que tenía en la mano abría tanto la puerta delantera como la trasera, un toque de genialidad del constructor. Ella optó por la puerta trasera y la abrió con facilidad, luego entró a la casa y cerró la puerta en silencio tras de sí.
La casa le parecía extraña, ajena, como si no hubiera sido suya durante dos meses.
Como si nunca hubiera vivido allí. Sin embargo, eso no la sorprendió.
Aunque había elegido las alfombras y un par de muebles, la casa era toda de Craig.
Olía a él, a su colonia. Su presencia llenaba el aire, helándola hasta los huesos.
—Venga, vamos a hacer esto —susurró mientras se ponía un par de guantes en las manos, ansiosa por terminar con la visita.
La primera parada fue el armario de la cocina que había debajo del fregadero.
Lo abrió de par en par y sacó el cubo de la basura tras fijarse en su posición y en cómo estaba orientado.
La botella con la mezcla de ácido cítrico había desaparecido, tal y como ella había previsto.
Por supuesto, Craig se había deshecho de ella para no dejar pruebas.
Entró al garaje, donde le dedicó a su Beetle abandonado una mirada triste, luego abrió la puerta del sistema de climatización y recuperó la botella de veneno, manipulándola cuidadosamente con dos dedos para no comprometer las huellas dactilares de Craig.
Después la colocó debajo del fregadero, en el armario, donde la había encontrado el miércoles por la noche.
Tras eso dejó el cubo de basura tal como lo había encontrado.
El día de la recogida de basuras era el jueves; Craig no tenía ningún motivo para mirar detrás de ese cubo hasta el miércoles por la noche.
Luego encontró su antiguo teléfono en el dormitorio, sobre la cómoda, enchufado a la pared, justo como lo había dejado. Copió varios números importantes en su teléfono desechable, luego lo bloqueó y lo volvió a dejar en la cómoda.
El baño fue lo siguiente. Encontró su cepillo de pelo en la encimera y lo limpió de pelos, que tiró al retrete antes de accionar la cisterna.
Después se cepilló el cabello durante unos momentos, evitando el lado izquierdo, hasta que algunos mechones nuevos se adhirieron a él.
Se desprendieron con bastante facilidad; probablemente la caída del cabello era un efecto secundario del envenenamiento.
Al salir del baño, se quedó helada. Había alguien en la puerta. ¿Era Craig?
Contuvo la respiración, preguntándose dónde podría esconderse.
Había espacio suficiente dentro del vestidor, detrás de los vestidos, en la esquina más alejada, tras la maleta grande.
Conteniendo la respiración, escuchó. La persona llamó al timbre y luego dejó caer algo sobre el felpudo.
Un momento después, se cerró de golpe la puerta de una camioneta y el rugido de un motor se alejó en la distancia.
Debía tratarse de un mensajero.
Respiró hondo, calmó sus manos temblorosas y empezó a buscar el collar. Era la última prueba que necesitaba. Casi treinta minutos después, ella seguía buscándolo, abriendo cajones y metiendo la mano en los bolsillos de Craig. ¿Dónde diablos estaba?
Se detuvo en medio del dormitorio, preguntándose dónde lo habría guardado. Había tirado el veneno para borrar sus huellas. ¿Habría metido el colgante entre sus cosas, ya que todo el mundo sabía que era ella quien lo llevaba?
Sonrió y abrió el cajón donde guardaba sus joyas. Estaba allí, con la cadena perfectamente enrollada bajo el colgante y el cierre roto.
Ya podía irse.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿En qué momento se dio cuenta de que había sido víctima de una estafa?
TRUMAN HASKETT: Cuando vi a mi agente inmobiliario, el acusado, cenando con el comprador, Jude Drennon, en un asador del centro. Parecían muy amigos. Mucho más cercanos de lo que Craig Brafford había revelado durante la venta a la baja de mi propiedad.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Tomó alguna medida?
TRUMAN HASKETT: Nadie me obligó a vender, aunque no fue una transacción totalmente transparente. No creo que pueda hacer mucho en este momento. Sin embargo, un abogado puede que opine de otro modo.