La chica que mataste 45
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MENTIRAS

Era primera hora de la tarde del viernes cuando Andi llegó al Centro de Rehabilitación Cardiaca.

Condujo la camioneta de su padre hasta el parque contiguo al patio trasero del centro y luego recorrió a pie el parque utilizando un GPS de mano que ella y su padre llevaban cuando hacían senderismo.

Era un hermoso día de otoño, el aire era fresco y las hojas empezaban a cambiar de color.

El cielo tenía el tono más puro del azul de California, probablemente ayudado por un bajo índice de humedad, algo poco habitual en Houston.

Redujo la velocidad al acercarse al límite de la propiedad y se puso la gorra que se había llevado, haciendo una mueca cuando la banda rozó la tirita que cubría la laceración de su sien.

Cuando llegó a la cerca, se detuvo, se agachó detrás de un arbusto y observó lo que ocurría en el patio del centro.

Solo había un puñado de pacientes fuera, y casi nadie del personal. La razón era la comida. La servían entre las doce y las dos, y la mayoría de los residentes querían ser de los primeros en sentarse a la mesa. Por suerte, su padre no era uno de ellos.

Apenas visible entre los dos setos paralelos, una voluta de humo azul apareció brevemente y luego se desvaneció. A Andi se le hinchó el corazón, y luego frunció el ceño. ¿Quién le proporcionaba los puros? A ese ritmo, ya debía haberse fumado una caja entera.

Avanzando por detrás de los arbustos sin perder de vista a los pocos pacientes y miembros del personal que paseaban por el jardín, llegó a un punto en el que podía saltar la cerca sin mucho riesgo de ser vista.

Unos instantes después, salió de entre los setos que había junto a la silla de ruedas de su padre.

Ya sin el puro, estaba absorto en su trabajo, escribiendo en su cuaderno nuevo algo que parecía una lista. Probablemente no era lo que Rebecca tenía en mente cuando le había recomendado que escribiera.

Parecía que estaba un poco más fuerte. Había firmeza en su mandíbula y en la forma en que sus cejas se erizaban mientras escribía. Su pelo blanco necesitaba un corte; las puntas sobrepasaban el cuello de la camisa casi un palmo.

Se quitó las gafas de sol e hizo una mueca de dolor cuando la patilla izquierda le rozó la herida. Se puso de lado, para que él no viera la tirita.

—Hola, papá —en el instante en que esas palabras salieron de sus labios, las lágrimas inundaron sus ojos. Se agachó a su lado y le rodeó el cuello con los brazos.

—Ah, qué sorpresa tan maravillosa —dijo él, que cerró rápidamente el cuaderno y lo deslizó bajo su pierna.

Luego rodeó los hombros de Andi con los brazos y suspiró, con un largo suspiro de alivio—.

Te echo de menos. ¿Lo sabías? Sí... Te echo de menos todo el tiempo.

Eso es lo que hago durante todo el día. Me siento aquí fuera a echarte de menos.

Esas pocas palabras abrieron las compuertas. Lloró con la cara hundida en su pecho; su conversación no era como ella la había planeado.

—Mi niña, ¿qué te pasa? —preguntó, con la voz teñida de preocupación—. Cuéntame lo que ha ocurrido. —Con suavidad, la apartó un poco para mirarla a los ojos. Andi los mantenía bajos, ocultos. Con dos dedos, Hunter le levantó la barbilla—. Estás muy pálida. ¿Comes bien? ¿Qué te dijo el médico?

—Estaré bien, papá, te lo prometo —dijo ella, secándose las lágrimas y soltando un largo suspiro—. Pero necesito tu ayuda.

—Cuenta conmigo para lo que sea —susurró él, acercándola de nuevo a su pecho. Olía a loción para después del afeitado y a detergente. Con la mejilla pegada a él, podía oír su corazón latiendo en un ritmo constante y tranquilizador.

—¿Confías en mí? —preguntó ella en un susurro.

—Más que en nadie en este mundo. —La preocupación se notaba en su forma de hablar. La cadencia de sus palabras se había vuelto seria, apresurada pero tranquila al mismo tiempo, perspicaz, preparada.

—¿Mentirías por mí? —Andi levantó sus ojos azules y lo miró durante un breve instante, luego volvió a esconder la cara, avergonzada.

—Hija mía, moriría por ti. —La meció suavemente de un lado a otro, tranquilizándola como solía hacer cuando era pequeña—. Por favor, dime qué pasa. Es algo malo, puedo sentirlo. Los padres somos así, ¿sabes? Percibimos cuando algo va mal con nuestros hijos.

Andi se rio con tristeza.

—Tenías razón, papá —dijo tomando aire con fuerza—. Sobre Craig.

Él no dijo nada. El balanceo se interrumpió un instante y luego se reanudó.

—Dime qué tengo que hacer.

Andi disfrutó de su cercanía durante un largo rato.

La alimentaba, la hacía más fuerte. Pero no podía quedarse mucho tiempo.

Cada minuto que pasaba, corría el riesgo de que alguien pasara por su lado o de que alguna cámara remota captara su rostro.

Llenándose los pulmones de aire, se apartó un poco y miró a su padre a los ojos.

—No le digas a nadie que he estado aquí. Prométeme que no lo harás. Si alguien te pregunta, la última vez que me viste fue justo cuando volví del Caribe, el lunes. Y la última vez que hablamos por teléfono fue ayer por la mañana.

Tras una leve vacilación, Hunter respondió:

—Entendido. ¿Qué más? —Sonaba más alerta, revitalizado, listo para ponerse de pie y luchar a su lado.

—Prométeme que, oigas lo que oigas, sabrás que estoy bien.

Él frunció el ceño.

—Me estás asustando, Andrea. ¿Qué ocurre? ¿Estás en peligro?

Ella negó con la cabeza.

—No, papá. Ya no. Necesito que lo creas. No importa lo que la gente venga a decirte, yo estaré en tu casa, escondida, y nadie puede saber que estoy allí.

—¿Quién te está buscando? —preguntó con pánico en la voz.

Andi sintió cómo se le tensaban los músculos—.

Puedo ayudarte. Ya estoy recuperado. Me siento en esta silla porque es más fácil, y porque no se les ocurrió poner un banco aquí, donde nadie puede verme fumar, pero puedo moverme.

Tú y yo podemos salir corriendo de aquí ahora mismo.

—No hace falta nada de eso, papá —le dijo, antes de besarle la mano y apoyar la mejilla en ella—.

Necesito que te quedes aquí, que descanses y te recuperes, para que cuando todo esto termine, puedas volver a casa.

Y podamos aprender a vivir y ser felices de nuevo.

Los dos. —Tragó saliva. Podría pasar un tiempo antes de que eso sucediera, antes de que ella fuera libre—.

Solo recuerda que has dicho que confiabas en mí.

Su padre exhaló.

—Confío en ti.

—Entonces, deja que yo me encargue de esto, papá.

—Como quieras, pero ten mucho cuidado con Craig.

Es... Hay algo en él que me pone los pelos de punta.

Eso ya te lo he dicho, ¿no? Estos medicamentos son muy malos para mi memoria.

—Parecía que estaba intentando recordar lo que le había dicho sobre Craig—.

Aún no sé lo que es, pero prométeme que tendrás cuidado.

Me da miedo. —Esas últimas palabras salieron titubeantes de su boca, como si las hubiera pronunciado sin intención.

—Lo sé. Ahora te creo. —Le apretó la mano—. Y recuerda que nada de lo que digan de mí es cierto.

—¿Como qué? —preguntó, moviéndose en su silla—. ¿Qué debo esperar exactamente?

No estaba preparada para compartirlo, sobre todo porque ni ella misma lo sabía.

—Aún no estoy segura. Tendrás que confiar en que estoy bien y en que nos veremos pronto.

—Por el amor de Dios, Andi. ¿Qué demonios ha pasado?

—Nada, papá —dijo en un tono un poco más fuerte, frustrada—. Como puedes ver, estoy bien.

—Sí, así es. Lo creo porque me estás mintiendo como hacías cuando eras pequeña y planeabas alguna travesura.

Una lágrima asomó en el rabillo del ojo de Andi.

—Por favor, créeme. No hay otra manera. Tengo que hacerlo sola.

Él la miró durante un largo rato y acabó asintiendo, con los labios apretados.

—Está bien.

Andi miró a su alrededor para comprobar si se acercaba alguien. Había menos personas que antes. Luego lo miró y le cogió las manos.

—Te pregunten lo que te pregunten, di que no lo sabes. Estás enfermo, aún recuperándote; no sospecharán.

—Lo que tú digas —dijo en tono serio. Probablemente había decidido confiar en ella y estaba actuando en consecuencia.

—¿Todavía tienes la llave de mi casa?

—¿De tu casa? —Sus cejas se alzaron—. Claro. Está en mi escritorio, en el cajón superior izquierdo.

—¿Y tienes dinero en casa?

Sus cejas permanecían levantadas, arrugando su frente.

—En el mismo lado, el segundo cajón desde arriba, en una caja vieja de puros.

—Gracias —susurró ella, bajando los ojos, avergonzada por tener que pedir dinero. Debería tener el suyo propio—. Ahora, vamos a trabajar en algunas preguntas hipotéticas, ¿de acuerdo?

Su padre volvió a fruncir el ceño y sus ojos se oscurecieron con preocupación.

—Dispara.

—Si alguien hipotéticamente necesitara vacunarse contra el tétanos, ¿cuánto podría retrasar la administración de dicha vacuna sin correr ningún riesgo?

—Por Dios, Andi... —dijo atónito, negando con la cabeza—. Ese alguien no debería esperar más de veinticuatro horas desde el momento de la lesión, o correría el riesgo de morir. Si no es por el tétanos, por mi propia mano —añadió, y su chiste hizo que a ella se le llenaran los ojos de lágrimas.

—Los perros no necesitan vacunas contra el tétanos, ¿verdad?

—No, y los gatos tampoco —respondió Hunter, apretando la mandíbula—; pero si ese alguien espera aquí unos veinte minutos después de que hayamos terminado de hablar, puede que le consiga un vial.

Si este centro tiene uno, lo cogeré. Sé dónde guardan sus caramelitos y cómo cogerlos.

Luego ese alguien podrá inyectárselo en el músculo del muslo.

—Gracias. —Andi parpadeó y se le saltaron las lágrimas—. ¿Por qué no me recomiendas también un antibiótico general, algo que funcione igual de bien para perros y personas?

—Andi... —Volvió a negar con la cabeza y bajó la mirada.

Parecía entristecido porque ella no le confiara sus problemas.

Merecía saber qué estaba pasando, pero ¿cómo reaccionaría si supiera la verdad?

Llamaría a la policía en un santiamén—. Doxiciclina, cien miligramos, dos veces al día.

Durante diez días como mínimo. Está en mi despacho —lo dijo con voz grave, plagada de matices de tristeza, de derrota.

Levantó la mirada y la contempló con una angustia indescriptible—.

Mantente alejada de ese bastardo, Andi. Sea lo que sea lo que estás haciendo, no vale la pena.

Es peligroso. Huye, vete a un hospital a recibir la atención adecuada.

Ella asintió.

—Lo haré. Pero no es tan sencillo, papá.

«No después de que me matara», añadió en sus pensamientos, temerosa de pronunciar las palabras en voz alta.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Recuerda el nombre del amigo de la infancia de Craig? ¿El que le dio el colgante?

LOUISE brAFFORD: Sí. Su nombre era... es Jude Drennon.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Durante su visita a su casa o en cualquier momento posterior, ¿compartió usted esa información con Andrea Wilmore Brafford?

LOUISE brAFFORD: No. Ella no preguntó y yo no se lo dije. No vi ninguna razón para hacerlo. Hasta ahora, creía que Craig había dejado atrás a Jude, igual que nos había dejado a nosotros.