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SUPERVIVIENTE
Era el hedor más insoportable que Andi había olido nunca y, aun así, tomó aire con fuerza, intentando desesperadamente llenar sus pulmones.
No podía moverse mucho, aunque se retorcía con todas las fuerzas que le quedaban, intentando liberarse.
Estaba oscuro, había una negrura absoluta a su alrededor.
Un dolor punzante en la sien izquierda enviaba destellos verdes al interior de su cráneo, que empeoraban con cada movimiento que hacía.
Se impulsó contra lo que fuera que la tenía inmovilizada, lo arañó, lo empujó con los pies, hasta que una brizna de aire más frío corrió a través de su pelo y le tocó la cara.
En ese momento, el hedor se hizo mucho peor, insoportable, pero sus pulmones se llenaron de aire con avidez.
Jadeante, abrió los ojos y solo vio oscuridad.
Durante un momento de pánico, se preguntó si se había quedado ciega.
Pero entonces empezaron a formarse sombras tenues en la distancia.
Una estrella, un pequeño punto de luz justo sobre su cabeza.
Aparecieron otras más pequeñas, más débiles, pero una visión igual de bienvenida.
Probablemente había más, pero sus ojos seguían parcialmente cubiertos.
Rodando hacia un lado, consiguió meter el brazo entre su cuerpo y lo que la envolvía y lo estiró por encima de la cabeza hacia el lugar de donde procedía el aire.
Una vez liberada esa mano, tanteó en busca de algo a lo que agarrarse, pero no encontró más que bolsas de plástico blandas y pequeños escombros.
Algo le recorrió los dedos y gritó, sin que el penetrante sonido de su voz obtuviera respuesta en la inquietante y silenciosa oscuridad.
La comprensión le produjo un escalofrío.
Estaba en el vertedero, enterrada viva en la basura.
Deseando que su mente se librara del intenso pánico, respiró hondo y contó los segundos entre respiraciones para bajar el ritmo cardíaco y pensar con lógica.
Palpó lo que envolvía su cuerpo con la mano que había liberado y sintió un borde fibroso, sedoso al tacto por un lado, áspero y gomoso por el otro.
Estaba enrollada dentro de una alfombra.
Había algo más alrededor de su cuello, una textura diferente, empapada en algo pegajoso. Parecía una toalla.
Intentó rodar en sentido contrario al borde de la alfombra, pero no pasó nada. Sentía las rodillas fuertemente sujetas y algo apretado le recorría el estómago. Lo tanteó con la mano libre y enseguida identificó lo que era.
Se trataba de cinta americana.
Sin más alternativas, se deslizó para liberarse, avanzando penosamente centímetro a centímetro hasta que pudo sacar las piernas, primero una y luego otra, y alejarse de la alfombra, jadeando por el esfuerzo y sollozando.
Se puso de pie tambaleándose, sintiendo las piernas débiles e inestables, ya que la montaña de basura que había bajo sus pies era una superficie irregular y traicionera.
Tras caer de rodillas cada dos pasos, finalmente desistió de intentar mantenerse de pie y se arrastró para salir del inmenso mar de desperdicios, dirigiéndose hacia la tenue luz que veía a lo lejos.
Cuando llegó a tierra firme, se puso de pie y forzó la vista para distinguir algo en la oscuridad.
Trozos de papel dispersos ondeaban al viento, apenas iluminados por la luz residual procedente de la manchada capa de nubes bajas, que eran como diminutos fantasmas que se perseguían unos a otros y nunca se asentaban.
No se veía ni un alma por ninguna parte.
Cerca, un par de compactadoras y una excavadora se alzaban silenciosas y amenazantes en la oscuridad, como si de repente pudieran cobrar vida y perseguirla hasta la basura, para después aplastarla contra el suelo y que nunca más viera la luz del día.
Por un momento, sintió que la invadía una oleada de vergüenza. De vergüenza y culpa. No debió quedarse. Tendría que haber huido cuando tuvo la oportunidad. Pero ahora estaba allí, todavía viva. No había tiempo para lamentaciones.
El cielo empezaba a volverse gris a su derecha, y eso ayudó a Andi a orientarse. Si eso era el este, entonces la zona iluminada de su izquierda tenía que ser la interestatal en dirección a Houston. Estaba a unos quince minutos de la casa de su padre.
En coche.
Empezó a caminar y cada paso avivaba el dolor palpitante de su sien.
Consciente de lo sucias que tenía las manos, palpó con suavidad la zona con las yemas de los dedos.
Estaba llena de sangre y suciedad, y tenía el pelo enmarañado.
Sintió un bulto bajo la piel lacerada. Eso eran malas noticias, podría tener una conmoción cerebral.
Cerró un ojo cada vez y se concentró en las luces lejanas de la interestatal para comprobar si veía borroso. Veía bien.
Aguantaba bien el dolor.
Al parecer, no se cansaba de él. Era su castigo por asumir riesgos innecesarios.
Una sensación de ardor le hormigueó en la nuca. Se palpó la piel con los dedos; le escocía justo donde llevaba la cadena del colgante. No estaba. Craig debía habérselo arrancado del cuello; era un objeto demasiado preciado para desecharlo con su cuerpo.
Metió la mano en el bolsillo y encontró el teléfono desechable.
Lo abrió y vio que aún tenía batería. La policía y una ambulancia estaban a una llamada de distancia, pero empezó a dudar.
Craig merecía mucho más que una condena por intento de asesinato por lo que le había hecho.
No había quitado una vida, sino dos, aunque, por algún giro del destino ella siguiera viva.
Por lo que a ella respectaba, Craig la había matado.
A cada paso que daba, el hedor disminuía un poco.
Caminando tan deprisa como se lo permitía el fuerte dolor de cabeza, pronto llegó al límite del vertedero.
Una valla metálica de dos metros de altura la impedía salir a la calle.
Caminó junto a la valla hasta que encontró un agujero en ella, probablemente de un coche que había chocado por accidente contra un poste inclinado que había cerca.
Se arrastró por la abertura con dificultad, luego subió a la carretera y sonrió débilmente.
Se iba a poner bien.
El móvil no tenía GPS ni aplicación de mapas, pero siguió avanzando por las calles que veía, eligiendo siempre la más ancha en cada giro hasta llegar a una que reconoció. Ya casi había salido el sol y el tráfico empezaba a aumentar.
Cuando pasaba un coche, se escondía detrás de un árbol o del cubo de basura de alguien, o se tiraba al suelo en una zanja para que no la vieran.
Lo más probable era que cualquiera que la viera cubierta de sangre y suciedad llamara a la policía, y ella no quería que ocurriera eso.
Era mejor no tener testigos de lo que iba a hacer.
A medida que se hacía más tarde, el tráfico se hacía más denso y era casi imposible de evitar.
Pero estaba lo bastante cerca; reconoció las curvas de Clear Creek y el cercano parque Walter Hall, y decidió salir de la calle y caminar junto al lecho del río el resto del camino, atravesando el bosque detrás del lugar donde entrenaban los bomberos y la planta de tratamiento de agua.
Eran casi las nueve cuando llegó a casa de su padre. Instintivamente, buscó las llaves en su bolsillo, pero solo encontró las del Beetle. Las llaves de la casa estaban en la guantera de su coche, fuera de su alcance, dentro del garaje de lo que solía ser su hogar.
Rodeó la parte trasera de la casa e intentó abrir la puerta de atrás, pero la había cerrado con llave la última vez que estuvo allí.
Sin opciones, cogió una piedra y rompió uno de los pequeños cristales de la puerta, el más cercano a la cerradura.
Luego metió la mano dentro y giró el pestillo para abrirla.
Una vez dentro, respiró aliviada, pero no se tomó ni un momento para descansar. En lugar de eso, fue directa al baño, deseosa de quitarse de encima el hedor del vertedero. Abrió el grifo y, mientras esperaba que saliera agua caliente, examinó la herida de su sien.
Era profunda, estaba cubierta de suciedad y sangre coagulada que le apelmazaba el pelo, y probablemente necesitaría puntos. Y una vacuna contra el tétanos. También antibióticos.
El agua que le corría por la cabeza hacía que la herida le escociera cada vez más a medida que limpiaba los grumos de sangre y suciedad.
Con tanta suavidad como pudo, se lavó el pelo un par de veces, insegura de haber eliminado el hedor a vertedero de su cabello.
No estaba segura, pero se había arraigado tanto en su piel y en sus fosas nasales que lo único que percibía era el repugnante olor a basura.
Cuando terminó, salió a las frías baldosas y se envolvió en una toalla. Limpió el vapor del espejo con la palma de la mano y observó su reflejo. No reconoció a la mujer que la estaba mirando.
La herida volvía a sangrar, recorriendo su mejilla, su cuello y tiñendo de rojo la toalla blanca donde caían las gotas. A través de una neblina, recordó que el veneno tenía un componente anticoagulante; si no controlaba la hemorragia pronto, podía perder la vida.
Todavía con la toalla puesta y dejando huellas húmedas por todas partes, cogió las cosas que necesitaba: una aguja quirúrgica e hilo del botiquín de emergencia de su padre, una botella sin abrir de agua oxigenada, anestesia local en una pequeña jeringa provista de una aguja subdérmica, tiritas y la navaja de su padre.
Luego regresó al baño.
Inclinó la cabeza hacia la derecha sobre el lavabo y se echó agua oxigenada sobre la herida, rechinando los dientes y jadeando mientras el líquido burbujeaba y limpiaba el corte. Se afeitó el cuero cabelludo con cuidado alrededor y se lo enjuagó con agua a conciencia.
Luego empezó el verdadero dolor cuando tuvo que coserse la herida. Incluso con la anestesia local que se había inyectado torpemente en varios puntos de la laceración, seguía sintiendo el dolor, el tirón del hilo al atravesar la piel.
—No soy Rambo, eso está claro —se dijo a sí misma en un débil intento de humor, solo para romper el pesado silencio y oír algo más que su respiración entrecortada.
Coser su propia piel fue mucho más difícil de lo que había previsto.
El cuero cabelludo era grueso, e incluso el más leve roce enviaba descargas de dolor a través de sus irritados nervios.
Sin embargo, estaba agradecida por el trabajo de laboratorio que había hecho en San Diego y por las pocas veces que había visto a su padre suturar a sus pacientes.
La angustia parecía eterna, pero, varios insoportables minutos después, estaba lista para ponerse una tirita grande.
La herida era visible, justo encima de la oreja y dentro de la sien; era un bulto grande y doloroso al tacto.
Nada que un poco de hielo no pudiera arreglar y una gorra de béisbol no pudiera ocultar de los ojos de su padre.
Tenía que verlo esa misma mañana, no podía esperar.
No podía permitirse que él se enterara de que estaba desaparecida o que la policía la diera por muerta y arriesgarse a que le diera otro ataque al corazón.
Justo antes de apagar la luz del baño, volvió a mirarse.
La desconocida del espejo tenía una voluntad de acero, que se filtraba por cada poro de su piel.
Sus ojos estaban secos. No había derramado ni una sola lágrima desde que se había despertado en el vertedero.
Había pagado caro su insensatez, su necesidad de confirmar las intenciones de Craig, cuando debería sabido desde hacía tiempo.
Había aprendido la lección. El Craig del que se había enamorado nunca había existido; no había nada por lo que llorar.
Pero pronto pagaría por lo que le había hecho.
Al dirigirse a la cocina para comer algo antes de ir a ver a su padre, se fijó en la pila de correo que había cogido del buzón la última vez que estuvo allí.
Con una chispa de picardía en los ojos, rebuscó entre los sobres hasta encontrar uno que le sirviera.
Era una carta de agradecimiento de uno de los pacientes del doctor Wilmore, con un sello de la Campana de la Libertad y una marca ondulada de USPS que indicaba la fecha y el lugar desde donde se había enviado.
Luego, agradecida por no haber llegado a vaciar la nevera de su padre, cogió un cazo del armario y se puso a hervir unos huevos.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Doctor Ellefson, ¿le sorprendió enterarse del embarazo de Andrea Wilmore Brafford?
DOCTOR AARON ELLEFSON: No.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿No esperaba usted, como amigo íntimo de los Wilmore, enterarse de su embarazo de primera mano, por la propia Andrea, en lugar de por la prensa sensacionalista?
DOCTOR AARON ELLEFSON: La gente tiene sus razones...
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿No debería haberse recusado de testificar en este juicio como perito, considerando su relación personal con Andrea Wilmore Brafford?