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SANGRE
Craig observó cómo su mujer titubeaba y gemía, sin inmutarse, esperando que todo acabara pronto.
Su querida esposa ya no iba a marcharse.
Había vertido suficiente veneno en su comida como para derribar a un caballo.
Pero no había planeado que se golpeara contra la silla y sangrara por todo el suelo.
—Mierda... ¡Sangre!
Jadeando nervioso, Craig corrió hacia el fregadero y se quedó mirando el desagüe, concentrándose en el círculo de acero inoxidable para fijarse en los detalles: las letras en relieve de la marca del fabricante, el toque de óxido que desafiaba la promesa del acero inoxidable y que le hizo preguntarse de qué estaba hecho en realidad.
Cualquier cosa servía con tal de no mirar el creciente charco de sangre que manchaba el suelo cerca de la cabeza de Andi.
¿Qué iba a hacer? No debería haber ocurrido eso.
Si hubiera sido capaz de soportar la visión de la sangre durante más de unos segundos, Andi ya estaría muerta.
Había formas más sencillas de tratar esos asuntos; por desgracia, la mayoría implicaban el derramamiento de sangre.
Había barajado esas opciones en el Caribe, ya que ese lugar estaba repleto de oportunidades.
El barco de buceo, por ejemplo, habría sido un lugar ideal para que Andi «resbalara y cayera» y se golpeara la cabeza contra la borda cuando el jamaicano borracho no estuviera mirando.
Pero ¿después qué? Él se desmayaría allí mismo, a su lado, incapaz de manejar la situación, y despertaría en la cárcel. No era una opción.
Sus pensamientos se aceleraban y el corazón le latía frenéticamente en el pecho.
Si miraba a Andi, se desmayaría. Volvería en sí en algún momento y se desmayaría otra vez en cuanto abriera los ojos y viera el charco de sangre.
Ya se sentía débil, a punto de desmayarse solo por el olor metálico de la maldita cosa.
Necesitaba pensar, encontrar una solución; y tenía que hacerlo rápido.
—Adormecer mis sentidos —murmuró, abriendo armarios de cocina sin pensar, buscando una solución—. Vamos, vamos —dijo, con cuidado de no girar la cabeza por error y ver el cuerpo.
No había nada en los armarios que pudiera funcionar para su propósito.
Caminando de lado, llegó a la nevera y abrió la puerta.
Cogió la botella de vodka de uno de los compartimentos de la puerta, dio un par de tragos y respiró con fuerza, sintiendo el ardor del alcohol recorriendo su garganta.
Devolvió el vodka a su sitio y siguió mirando.
—Esto debería servir —murmuró, abriendo una botella de vinagre balsámico, y se frotó un poco bajo las fosas nasales. Enseguida se atragantó y tosió, pero ya no podía oler la sangre.
Cerró la puerta de la nevera y se preparó, respirando lenta y profundamente, tratando de dominar el pánico que corría por sus venas.
Todo su plan dependía de que se deshiciera del cuerpo rápido, para que su coartada funcionara.
Pero ¿cómo iba a sacarlo de la casa si no podía mirar la sangre sin desmayarse?
—¡Maldita sea, joder! —gritó, golpeando con furia el puño contra la encimera de granito—. Este no puede ser el final. Así no.
Otro trago del vodka de la nevera le dio una nueva idea. Lo único que tenía que hacer era cubrir la sangre. Eso bastaría. Así no la vería y tampoco la sentiría en su piel. Los guantes se encargarían de eso. Andi guardaba algunos en un cajón.
Encontró un par de guantes azules de nitrilo en un cajón que había al lado de los fogones y se los puso.
Sin apartar la mirada de la pared, salió de la cocina y se dirigió enfurecido al baño.
Una toalla azul oscuro colgaba de la barra que había junto al lavabo.
La cogió y regresó a la cocina. Obligándose a respirar hondo, tranquilizándose, arrojó la toalla sobre el cuerpo de Andi sin mirar, más adivinando que viendo dónde se había acumulado la sangre.
Sujetándose al borde de la encimera, se arrodilló y despacio, centímetro a centímetro, dirigió la mirada hacia el cuerpo de Andi.
Estaba tumbada en una posición antinatural, con las piernas dobladas bajo el cuerpo y los brazos extendidos.
Una silla estaba volcada en el suelo. La toalla se empapó con rapidez y, al verlo, sintió que una oleada de calor le recorría el cuerpo.
Aunque el líquido se viera de color morado oscuro en la toalla en lugar de rojo, él sabía que era sangre.
—Oh, no, no, no...
Apartó la mirada y respiró hasta que el calor disminuyó. Luego volvió a mirarla.
¿De verdad estaba muerta?
Por la cantidad de sangre que empapaba la toalla, tenía que estarlo.
Pero sus ojos estaban entreabiertos, de una forma inquietante.
Mirando de reojo, le buscó el pulso, pero no sintió nada.
Cerró los ojos y escuchó su respiración.
Nada. No podía oír ningún sonido, solo el zumbido de su propia sangre corriendo por sus venas a un ritmo frenético.
—Piensa, piensa, maldita sea —murmuró.
No podía llevarla al coche si eso significaba que su sangre se derramaría por todas partes.
Nunca sería capaz de limpiarlo. Nunca pasaría de la puerta de la cocina antes de desmayarse.
Solo visualizarlo era demasiado para él.
A duras penas, consiguió llegar a la nevera para ponerse un poco más de vinagre en la nariz.
Sus ojos se desviaron y se detuvieron en la alfombra del comedor.
Se suponía que era impermeable, para proteger la madera dura de posibles derrames.
Llegó hasta allí dando unos cuantos pasos largos.
Apartó la mesa y las sillas, cogió la alfombra y la llevó a la cocina.
Allí, cubrió el cuerpo de Andi con un extremo.
Luego, mirando hacia otro lado, hizo rodar su cuerpo inerte sobre la alfombra.
Justo cuando estaba a punto de terminar, recordó que llevaba puesto el colgante durante la cena.
—Mierda —susurró.
Sin apartar los ojos de la lámpara del techo, metió la mano en la alfombra, buscando su garganta.
Con los dedos enguantados le costó encontrar la cadena, pero al final la tocó, y tiró con fuerza.
Salió con el cierre roto. Algunos cabellos de Andi seguían pegados a él, y la sangre manchaba el colgante y partes de la cadena.
Jadeando, se precipitó hacia el fregadero y abrió el grifo, donde lo enjuagó con agua mientras sus piernas se volvían demasiado débiles para sostenerlo.
Con la desaparición de los restos de sangre del colgante y de los guantes, recuperó las fuerzas.
Abandonó el colgante sobre la encimera y se giró para mirar la alfombra enrollada.
Uno de los extremos estaba empapado de sangre.
Un pequeño vistazo fue todo lo que pudo soportar antes de tener que apartar la mirada.
Estaba a punto de darse por vencido, de dejar el cuerpo como estaba, darse a la fuga y quizá conducir hasta la frontera con México, cuando se le ocurrió una idea descabellada.
Solo podía ver la sangre si la luz estaba encendida.
En la oscuridad tendría que moverse despacio y tantear los muebles, pero podría hacer el trabajo.
Con un suspiro de alivio, corrió al cuarto de baño, cogió la cortina de plástico de la ducha y la llevó al garaje, donde la utilizó para forrar el interior del maletero de su todoterreno. Consideró el Beetle de Andi por un momento, pero era demasiado pequeño.
Apagó todas las luces, fue a la cocina y cogió la alfombra enrollada, sujetándola por el centro, donde estaba limpia de sangre.
Luego, despacio, paso a paso y con cuidado de no tocar nada con su carga, la llevó hasta el garaje y la metió en el maletero del Mercedes.
Tuvo que empujar y forcejear hasta que logró meterla.
Cuando por fin consiguió cerrar el portón, estaba cubierto de sudor.
Más tarde, tendría que limpiarlo todo. Pero podía hacerlo en la oscuridad, utilizando mucha lejía y papel de cocina, que luego podía quemar en el patio trasero, junto con su camisa de Armani y sus pantalones de Brooks Brothers.
Con las luces apagadas, buscó el fregadero del lavadero y se enjuagó bien las manos enguantadas en él. Luego regresó al garaje, dispuesto a marcharse.
Se puso al volante de su coche, accionó el mando de la puerta y se marchó con las luces apagadas; no las encendió hasta que salió del barrio.
El vertedero solo estaba a unos pocos kilómetros de distancia y eran casi las dos de la madrugada, allí no habría nadie que pudiera verlo deshacerse del cuerpo.