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CENA
Con cada paso que la acercaba a la cocina, la sangre de Andi se helaba un poco más.
Un escalofrío la recorrió cuando se sentó a la mesa mientras Craig le sostenía la silla como el caballero que aparentaba ser.
Inquieta porque él estaba de pie detrás de ella, giró la cabeza y lo miró.
El miedo se desplegó en sus entrañas mientras su instinto gritaba.
¿Y si no iba a envenenarla esta vez? ¿Y si hacía algo diferente, algo para lo que ella no estaba preparada?
Craig sonrió con calidez mientras le ofrecía una servilleta, que ella desplegó con los dedos entumecidos y colocó sobre su regazo. Había puesto la mesa con un único candelabro de plata a un lado, que sujetaba una vela blanca y delgada que esperaba ser encendida.
—¿Estás lista, mi amor? —preguntó, girándose hacia los fogones, donde los platos esperaban calientes, apilados ya con generosas raciones de salteado chino con guarnición de arroz al vapor.
El olor a verduras bañadas en soja y salsa de gambas le hacía la boca agua, pero las náuseas le atenazaban el estómago.
—No me llames así —contestó Andi; sus palabras le habían llegado al corazón más de lo que se atrevía a admitir. Quería gritarle, gritar hasta que las ventanas vibraran, abofetearlo y preguntarle cómo se atrevía a llamarla así después de lo que había hecho.
Craig se giró un instante para mirarla por encima del hombro, con una sonrisa triste aleteando en sus labios.
—Puede que me dejes esta noche y que mañana pidas el divorcio, pero siempre serás mi amor. Mi único amor. Mi Andrea.
Andi tragó con fuerza, ahogando unas lágrimas que no venían a cuento.
Craig se giró y puso un plato delante de ella y otro delante de su asiento vacío.
Se movía con suavidad, con naturalidad; estaba relajado.
No había tensión en sus hombros ni miradas furtivas cargadas de culpa.
Nada. Solo era un marido encantador y cariñoso sirviendo a su mujer una cena casera.
Andi lo observó, buscando cualquier indicio de sus verdaderas intenciones. No había nada. Aferrándose a una esperanza absurda como un náufrago a una pajita, cogió el tenedor y dio un pequeño mordisco a la ternera.
En cuanto se lo metió en la boca, lo supo. El sabor era intensamente salado y ácido, como si los alimentos se hubieran cocinado en la mezcla de ácido cítrico. Esta vez iba en serio. La quería muerta.
Mientras masticaba despacio la asquerosa comida, lo vio sentarse frente a ella y encender la vela. Sus ojos eran francos y cálidos. Su comportamiento era completamente relajado y libre de culpa.
Estaba mirando a un sociópata.
La idea le heló la sangre y le puso la piel de gallina. Aunque, al mismo tiempo, la redimió de su propia culpa. Ella no responsable de no haber notado que algo andaba mal con Craig todas las veces que la había envenenado en el pasado. No había nada que pudiera notar.
—¿Cómo está? —preguntó él, como hacía siempre que cocinaba—. ¿Te gusta?
Andi logró esbozar una débil sonrisa.
—Mucho, gracias por preparar la cena. No tenías por qué hacerlo —agregó, encontrando un extraño consuelo en jugar a los dobles sentidos con un asesino, bailando al borde del abismo.
Tomó otro bocado de comida y lo masticó más rápido. El sabor agrio le aliviaba un poco las náuseas, pero el salado era insoportable.
—¿Podrías darme un poco de nata? Creo que te has pasado un poco con la salsa de soja.
Ni un parpadeo de preocupación. Ni la más mínima reacción en sus pupilas.
—Claro —contestó. Se apartó de la mesa y las patas de la silla rechinaron sobre las baldosas. Cogió una cuchara del cajón de los cubiertos, abrió la nata y la puso delante de ella con la cuchara dentro, lista para servir—. Ahí la tienes.
Andi echó una cucharada sobre el arroz y luego tomó un bocado, mezclado con carne y verduras. Estaba algo mejor.
—Te agradezco que me dejes ir —dijo. No pudo resistirse a hacer un juego de palabras, como si burlarse de un asesino fuera lo más inteligente que podía hacer. Otro bocado bajó por su garganta con facilidad—. Sé que debe ser muy difícil para ti.
Craig alargó la mano y apretó la izquierda de ella.
—No te haces una idea. Dejarte ir es lo más difícil que he tenido que hacer en la vida. Nunca volveré a ser el mismo después de que te hayas ido.
Por un breve y aterrador momento, pensó que tal vez él también estaba haciendo juegos de palabras. ¿Y si había descubierto que ella había cambiado el veneno? ¿Y si la mataba, en ese mismo momento, allí mismo, pero de una forma diferente, una que ella no había visto venir?
Se había comido más de la mitad de la comida. Y no tenía ni idea de lo que contenía.
El pánico se extendió por su cuerpo como un reguero de pólvora.
Con el corazón golpeándole el pecho, se sintió mareada, la cabeza le daba vueltas mientras un pensamiento inquietante afloraba en su mente.
¿Qué había dicho su padre? Algo sobre mareos y la cabeza.
Había que tumbarse antes de que llegase... ¿Qué era lo que iba a llegar?
No se acordaba. Agarrándose a los bordes de la mesa con dedos temblorosos y débiles, intentó levantarse, pero las náuseas le revolvían el estómago.
Consiguió ponerse de pie, jadeando, intentando respirar, pues sabía que tenía que huir de allí lo más rápido posible. Pero su cuerpo la estaba traicionando.
Miró a Craig y gimoteó, pero él se quedó sentado tranquilamente en su silla, observándola.
—¿Necesitas algo, cariño? —le preguntó.
Su voz era la de un extraño, la de un hombre que nunca había conocido, frío, indiferente, que esperaba con tranquilidad su muerte.
Todo su mundo empezó a oscurecerse, despacio al principio, mientras intentaba comprender lo que estaba ocurriendo. Entonces el suelo se precipitó hacia ella en un movimiento giratorio y vertiginoso, y no pudo hacer nada para escapar de él.
Al caer, se golpeó la cabeza contra el borde de la silla. Las estrellas salvajes y verdes estallaron en su cráneo antes de que pudiera sentir dolor. Antes de que todo se oscureciera.