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FUERZA DE VOLUNTAD
En cuanto la puerta del baño se cerró, Andi se apoyó en ella y respiró, dejando caer la máscara.
El rostro que le devolvía la mirada en el espejo era el de una mujer conmocionada y destrozada por el dolor, cuyo sufrimiento era casi imposible de soportar, intenso y retumbando en su pecho al ritmo de sus agotados latidos.
Cada pocos segundos, su mente volvía a entrar en el terreno de la duda, la dolorosa realidad era demasiado difícil de soportar. ¿Y si se había equivocado sobre el veneno? ¿Y si Craig la quería de verdad y solo se había equivocado, temeroso de perderla? ¿Y si ella...?
No. El veneno estaba allí. Sus análisis de sangre, su aborto espontáneo, el dolor atroz de su abdomen... Todo apuntaba en la misma dirección, al mismo hombre, al dedo descarnado y pálido de la muerte que había tocado su vida.
Pero ¿cómo había podido ser tan crédula, tan ilusa?
—Vemos lo que queremos ver —susurró con voz entrecortada y llorosa mientras abría el grifo y dejaba correr el agua.
Esas palabras eran la forma endeble en la que su mente analítica y sana luchaba contra la debilidad de su corazón.
Ella era débil; eso era un hecho. Más frágil de lo que jamás había creído posible, tan vulnerable que se avergonzaba de sí misma.
Quizá su pensamiento estaba alterado por el veneno, o al menos eso quería creer; era una excusa para su propia inconstancia cuando no estaba demasiado ocupada inventando excusas para Craig.
A medida que el baño se llenaba del vapor de la ducha, la imagen reflejada en el espejo se volvía borrosa e irreconocible.
¿Por qué seguía allí? ¿Por qué no cogía el móvil prepago que llevaba en el bolsillo del albornoz para llamar a Aaron y a Rebecca?
El doctor Ellefson aparecería en la puerta en cuestión de minutos con media comisaría de policía a cuestas.
Cogió una toalla pequeña de un estante, enterró el rostro en ella y lloró, presionándola contra su boca para ahogar los sollozos hasta que el ardor asfixiante en su pecho cedió un poco y pudo volver a pensar con claridad.
Ella sabía que él iba a intentar matarla esa noche.
A pesar de toda lógica y en contra de sus instintos, quería mirarlo a los ojos mientras se comía la comida contaminada.
Era ridículo. Se iba a jugar la vida por una tontería.
Sin embargo, no podía marcharse. Hipnotizada, atrapada como una mosca desprevenida en una tela de araña, era incapaz de liberarse de su agarre.
¿A dónde había ido a parar su coraje? ¿Su fuerza de voluntad?
Actuaba como una niña ingenua, tan enamorada del acosador que había conocido por Internet que no podía comprender que se estaba enamorando de un depredador, un animal peligroso listo para atacar.
Aun así, como si estuviera viendo un choque de trenes a cámara lenta, había sido incapaz de alejarse hasta que creyó con cada fibra de su cuerpo que Craig era el asesino de su bebé.
Deseó poder salvarse, ponerse a sí misma en primer lugar en lugar de cenar con él.
Deseaba con amargura y desesperación tener la fortaleza mental suficiente para huir.
«Vete. Llama a alguien. Llama al doctor Ellefson.
Haz algo que tenga un mínimo de sentido».
Entonces pensó en su padre. ¿Qué diría él si supiera lo que ella planeaba hacer?
A lo largo de los años, él había sido su brújula moral.
Si no le contaba algo, si le ocultaba un secreto, ella sabía que estaba haciendo algo intrínsecamente malo.
Sin embargo, quería seguir adelante. Y ella nunca le habría dicho lo que planeaba hacer.
Apoyó la cabeza contra la pared y se mordió el puño hasta que un dolor agudo despertó sus sentidos.
—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué quiero hacer esto?
«Porque lo amaba más que a la vida misma. Porque cuando me duela el corazón como si lo hubieran apuñalado con mil cuchillas, tendré que recordar quién es en realidad».
La respuesta, que afloraba de su subconsciente y transmitía una calma tranquilizadora a su angustiada mente, le infundió la fuerza de voluntad que tanto necesitaba.
Cenaría con él.
Luego se marcharía y pasaría la noche en casa de su padre.
Una vez decidido, cerró el agua de la ducha y encendió el secador, dejando algo de humedad en su pelo corto. Luego se puso unos vaqueros y una camiseta limpios, sintiendo un frío inexplicable. Llevaba la llave del coche en un bolsillo y el teléfono prepago en el otro, pero aún le faltaba algo.
Con dedos temblorosos y vacilantes, se puso el colgante azul que Craig le había regalado. Era adecuado para la ocasión, un símbolo del abismo que se había abierto entre los dos.
Iba a ser la última vez que se lo pusiera.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Doctor Ellefson, considerando las cantidades relativamente pequeñas de veneno que la víctima había ingerido, ¿cuál cree que pudo ser el objetivo del autor, si no era quitarle la vida?
DOCTOR AARON ELLEFSON: Teniendo en cuenta que Andrea Wilmore Brafford estaba embarazada en el momento del envenenamiento, creo que es razonable suponer que el autor podría haber querido poner fin a su embarazo químicamente.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Según el análisis forense del cabello de la víctima, ¿durante qué período de tiempo se le administró el raticida?
DOCTOR AARON ELLEFSON: El crecimiento normal del pelo en los seres humanos es de media de un centímetro a un centímetro y medio al mes.
Encontramos veneno en las fibras capilares de la víctima en una sección de unos dos centímetros desde la raíz, así que tendría que decir un mes, quizá cinco semanas, no más.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Basándonos en el testimonio del doctor Hanfield, sabemos que la víctima estaba embarazada de ocho semanas en el momento de la consulta. ¿Es seguro suponer que el autor empezó a envenenarla justo después de enterarse de que estaba embarazada?
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Protesto, señoría. Invita a la especulación.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: La retiro. No hay más preguntas para este testigo.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: La Fiscalía solicita interrogar al testigo, señoría.