La chica que mataste 40 #2
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—Me abrazaste y me consolaste cuando fuiste tú quien hizo la llamada que acabó con mis posibilidades. ¿Cómo se supera eso? —Se retorció las manos en el regazo, nerviosa, mirando el suelo—. Es que no sé cómo hacerlo. No puedo.

—En el Caribe estabas bien —argumentó él débilmente. El mismo escalofrío premonitorio le atenazó la voz—. Estabas empezando a perdonarme. Aún estabas enamorada de mí. —Sonrió con timidez y buscó su mano. Andi no se apartó, pero tampoco pareció agradecer su contacto—. Nunca olvidaré esa noche...

Ella se rio con amargura.

— Sigo enamorada de ti, Craig, y soy una idiota sin remedio porque nunca debería haberme ido a las islas contigo.

—Se sorbió la nariz—. ¿Qué tipo de paraíso es ese si está basado en traición, mentiras y engaños?

—Un atisbo de sonrisa triste se dibujó en sus labios cuando lo miró un segundo y luego apartó la vista—.

Si alguna vez regreso a mi paraíso, será sola, siempre echándote de menos, pero sola.

No puedo volver a confiar en ti, por mucho que lo intente.

—Cuando levantó la vista hacia él, las lágrimas habían desaparecido y su boca era una línea firme—. Lo siento, Craig. Se acabó.

La chaqueta le daba calor y le apretaba, y la corbata Armani lo estaba ahogando. Con gestos apresurados, se quitó la chaqueta, tiró de la corbata y arrojó ambas prendas al sofá antes de arrodillarse delante de ella.

—Andi... —Alargó la mano para tocarle el pelo, pero ella se apartó. Su mano se quedó suspendida en el aire un momento, luego la retiró—. No puedo vivir con la idea de que estés en brazos de otro hombre, de que me abandones, de que me dejes atrás. De que me descartes como si fuera un cubo de basura.

Por un momento, Andi se quedó mirándolo, como si estuviera calibrando si era sincero.

—No te preocupes por el dinero ni por esta casa. No traje nada a nuestro matrimonio y tampoco me llevaré nada. Firmaré una renuncia completa. —Apretó los labios un momento—. No quiero nada de ti. Ni un solo centavo.

El alivio que sintió fue tan intenso que no pudo evitar soltar un largo suspiro, aunque lo contuvo tanto como pudo.

Andi sacudió ligeramente la cabeza, sin que apenas se notara el movimiento.

Lo había visto con total claridad y cada segundo que pasaba lo despreciaba un poco más.

Era un donnadie, alguien insignificante.

Lo miró con un desprecio indescriptible antes de que sus ojos se humedecieran y desviase la mirada hacia la repisa de la chimenea.

—¿Y qué pasa con el bebé? —preguntó él, levantándose del suelo, y caminó despacio hacia el sofá.

—¿Qué pasa con él? —preguntó Andi con calma, con una frialdad preocupante, peligrosa que recordaba a la quietud de una serpiente antes de abalanzarse—.

No creo que quieras ser parte de su vida, ¿verdad?

—Craig se encogió de hombros—. Me lo imaginaba.

Así que no, no quiero manutención ni pensión alimenticia. Este bebé ya no es asunto tuyo.

Craig tenía las mandíbulas tan apretadas que le dolían los dientes.

No podía fiarse de su palabra. No podía arriesgarse.

Al día siguiente, a primera hora, tenía que hablar con un abogado.

Ella había dicho que no quería manutención ni pensión alimenticia, pero la amenaza de que la pidiera en el futuro se cerniría sobre su cabeza durante años y años.

Tal vez todavía había una manera de salir de ese lío.

Una forma de deshacerse del niño no deseado y de la mujer que le había tendido una trampa al mismo tiempo.

La gente no pensaría que era un idiota al que su mujer había abandonado, sino alguien cuya felicidad perfecta había sido brutalmente truncada por una mano criminal, un villano que al que nunca encontraron, que la había atacado mientras él estaba retenido en un avión con unos doscientos testigos.

La simpatía por el encantador y desconsolado viudo llegaría de todas partes, y con ella, montones de nuevos negocios.

«Lo siento, Andi, he intentado todo lo que se me ha ocurrido, pero está claro que quieres que esto suceda. No me dejas otra alternativa. Todo es culpa tuya».

—Está bien —concedió con un suspiro profundo—.

Pero no tienes que marcharte esta noche, ¿verdad?

Podemos cenar juntos. —Andi levantó la mano en señal de protesta y descruzó las piernas, preparándose para ponerse de pie—.

Te prometo que no insistiré más. Respeto tu decisión, aunque me rompa el corazón.

Eres toda mi vida, Andi, y no sé cómo podré sobrevivir sin ti, pero aún podemos pasar esta noche juntos.

—Esta noche no —dijo ella en voz baja—. Solo la cena. —Se secó rápidamente una lágrima con la yema del dedo.

Craig sonrió con aparente sinceridad.

—Gracias. ¿Por qué no preparo un salteado chino con arroz al vapor mientras te das una ducha?

Andi dudó un momento y luego esbozó una leve sonrisa.

—Vale, gracias.

Durante un instante, lo miró a los ojos con una intensidad indescifrable; también con angustia, tristeza y determinación. Se iba a marchar. Ya tenía la decisión tomada.

Y él también había tomado la suya.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: En su experiencia con el envenenamiento, ¿se ha encontrado con algún caso en el que le hubieran dado demasiado poco veneno a una víctima?

DOCTOR AARON ELLEFSON: No. Normalmente, a las víctimas se les da demasiado veneno, no demasiado poco.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Sería posible que Andrea Wilmore Brafford hubiera ingerido esas cantidades de veneno por accidente?

DOCTOR AARON ELLEFSON: No veo cómo eso habría sido posible, no.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Pero, si la intención era matar a Andrea Wilmore Brafford, ¿no habría usado el asesino una cantidad mayor? ¿Para asegurarse de que moriría?

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Protesto, señoría. Invita a la especulación.

JUEZ BARRY CROMWELL: Admito la pregunta.

DOCTOR AARON ELLEFSON: Es difícil de decir. Si el objetivo era acabar con su vida rápidamente, entonces sí, lo normal es que se hubiera utilizado más veneno. Si el objetivo era torturar o...

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: No hay más preguntas para este testigo.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Puede interrogar la Fiscalía, señoría?