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DECISIONES
Cuando Craig entró en el garaje, eran casi las diez.
Se suponía que iba a llegar a casa mucho antes, pero su avión estuvo retenido en la pista durante varias horas mientras él se asfixiaba y rompía a sudar innumerables veces, enfadadísimo, atrapado dentro de un avión lleno de gente apestosa.
Era su tiempo el que estaban malgastando, y para él, el tiempo significaba dinero.
¿Y todo por qué? Por una simple tormenta eléctrica y unos rayos estúpidos que ni siquiera cayeron cerca del maldito aeropuerto, pero hicieron que todos los aviones se detuvieran antes de llegar a sus respectivas pistas mientras se encendían las luces estroboscópicas y una extraña alarma pulsante sonaba durante casi tres horas.
Había expresado su frustración a los auxiliares de vuelo a gritos, en repetidas ocasiones, sin ceder, hasta que lo amenazaron con detenerlo en el momento de desembarcar si no paraba. Eso le hizo callar, pero la ira bullía en su interior.
El resto del viaje había ido de maravilla, había merecido la pena la angustia de viajar en clase turista.
Ahora quería ducharse y relajarse en la mesa, contarle a Andi cómo le había ido y planear la semana siguiente.
Ella iba a empezar en su trabajo nuevo. Pensar en ello le hizo rechinar los dientes y decir una palabrota en voz baja.
Justo cuando él y Jude estaban a punto de constituir una sociedad y necesitaban ayuda con el papeleo, la página web y el primer lote de materiales de marketing .
Pero ¿qué quería hacer la muy zorra? Dar de comer a los jodidos peces por una miseria la hora, eso era lo que quería. Por eso lo estaba dejando tirado.
Pensar en su desafío encendía en él un deseo por su cuerpo rebelde que apenas podía esperar por saciar.
La quería sometida, gimiendo y queriendo más, rogándole que la tomara.
Pero había un escalofrío en sus entrañas, un presentimiento.
Llevaba dos días fuera y ella no lo había llamado ni una sola vez.
No había mensajes en su buzón de voz ni textos llenos de corazones, abrazos y besos.
Solo silencio.
La había llamado varias veces desde la pista y al final ella había descolgado, solo para decirle fríamente que estaba esperando a que volviera para que pudieran hablar. Le preguntó por qué, pero ella se mantuvo hermética al respecto.
—Maldita sea esa mujer —murmuró, apagando el motor y cerrando la puerta del garaje.
Pensó que el Caribe había suavizado su enfado.
De lo contrario, nunca habría perdido una semana entera matando el tiempo en la playa o pasando el rato en un barco apestoso con un jamaicano medio borracho mientras ella buceaba y hacía fotos de cada trozo de porquería submarina que encontraba.
El único beneficio del viaje, aparte de hacer que Andi se callara y volviera a estar tranquila, había sido una evaluación rápida de las oportunidades inmobiliarias que había en Montego Bay.
Aún no había hablado con Jude al respecto, pero podrían ganar mucho dinero con la estrategia de inversión adecuada.
Craig encontró el salón a oscuras, salvo por una tenue luz procedente de uno de los cuartos de baño. Buscó el interruptor, encendió la luz y entrecerró los ojos, parpadeando un par de veces hasta que se adaptaron a la claridad.
—Hola, cariño —dijo Andi, sin acercarse a recibirlo.
Estaba sentada en su sillón favorito, el que estaba junto a la chimenea, con las piernas dobladas y vestida con un sencillo albornoz blanco de rizo.
Estaba a punto de acercarse y cogerla en brazos, ansioso por sentir su cuerpo retorciéndose bajo su peso, pero se fijó en unas sábanas dobladas, una manta y un par de almohadas apiladas ordenadamente en el sofá. Eso lo dejó clavado en el sitio.
—¿Se ha quedado alguien a dormir aquí mientras yo no estaba? —dijo intentando mantener un tono de voz amable, nada amenazador, pero no estaba seguro de haberlo conseguido.
Andi soltó una risita.
—No, no te preocupes, no se ha quedado nadie. Luego te lo explico. —Ella le sonrió, ladeando ligeramente la cabeza.
Estaba de buen humor e incluso parecía encontrarse un poco mejor. Eso significaba que seguía embarazada. De lo contrario, estaría pálida, descansando en la cama y berreando como un gato escaldado. «Maldita sea. ¿Por qué está tardando tanto en acabarse esa mierda?».
—¿Qué tal te ha ido en el congreso? —preguntó Andi—. ¿Diste tu discurso?
—Sí —respondió él, emocionado—. Y tuvo una acogida tan buena que Hughes me ofreció ser socio en cuanto terminé de hablar.
—Se acercó a ella y tomó sus manos entre las suyas.
Estaban frías al tacto, poco acogedoras.
Dejaba que la tocara, pero no estaba respondiendo como de costumbre—.
Habrá condiciones, y tendremos que aportar cierta cantidad de negocio a la empresa durante el periodo de carencia, pero...
¡he conseguido ser socio! ¿Te lo puedes creer?
Su sonrisa se ensanchó, rozando brevemente sus ojos.
—Lo hemos conseguido... Eso significa más dinero, ¿no?
Él asintió con energía.
—Sí, mucho más. Mi porcentaje de cada operación que cierre aumentará, y además ganaré algo de dinero con cada operación de la empresa, aunque no la haya cerrado yo. Es una asociación real, no solo sobre el papel.
—¿Cuándo será suficiente, Craig? —preguntó Andi con calma, sin sonreír—. Vas a ser socio y tienes ese otro negocio con Jude. ¿Te conformas con eso?
Craig le soltó las manos y empezó a pasearse furioso por el salón.
—¡No! Nunca se tiene suficiente dinero. —Se metió las manos en los bolsillos para evitar golpear algo—. Ojalá lo entendieras.
—Claro que lo entiendo —dijo ella en voz baja, sin emoción. No estaba discutiendo ni suplicando—. Lo que pasa es que no soy la mujer adecuada para ti, Craig, eso es todo. Quiero el divorcio.
Ya estaba otra vez con lo del divorcio. Todos sus esfuerzos habían sido en vano. Estaba dispuesta a salir de su vida, dejándolo atrás sin preocuparse por sus sentimientos ni por lo que eso le haría.
Podría encontrar a otras mujeres, claro, pero Andi tenía clase y provenía de una familia con dinero.
No con mucho dinero, pero lo suficiente como para que la consideraran aceptable las personas a las que él quería impresionar.
Había invertido tiempo y recursos en transformarla en lo que era ahora.
Le había enseñado a llevar bien un vestido, a convertirse en el centro de atención y a vender su cuerpo.
Si fuera por ella, nunca dejaría de usar vaqueros rotos, camisetas viejas y zapatillas desgastadas que dejan arena de playa en cada paso.
Era una zorra desagradecida.
Después de ingeniárselas para quedarse embarazada, ahora quería dejarlo, sabiendo que él tendría que pagar la pensión alimenticia y la manutención de su hijo durante dos décadas; eso sería un jugoso porcentaje de todo lo que él ganara.
O tal vez era una cantidad fija, no lo sabía con seguridad.
Sin embargo, lo había engatusado para estafarle.
Pronto toda la comunidad empresarial de Houston se reiría de él.
Otro pringado más, tirado a la cuneta por una mujer.
Ella no iba a ir a ninguna jodida parte.
Craig no estaba pensando con claridad, y lo sabía.
Ya se había enfurecido así antes. Más tarde, cuando las nubes de la ira se disipaban, se arrepentía de algunas de sus acciones.
Pero la rabia estaba ahí, cruda, dolorosa, exigiendo que se derramara sangre.
Había que hacer justicia por el insulto que le habían infligido.
Esa vez, sin embargo, era más que rabia.
Era una necesidad. No importaba cuál fuera la cantidad que un juez le ordenara pagar en el acuerdo de divorcio, sencillamente no la tenía.
Y esas cosas, como su incapacidad para pagar el acuerdo, tenían la desagradable costumbre de aparecer en las noticias, en boca de la gente, en las redes sociales, como un sabroso bocado de chismes que pasaba de una mujer aburrida a otra hasta que destruir su reputación. Su vida se acabaría.
Porque la gente perdonaba muchas cosas: indiscreciones, errores de juicio e incluso fracasos empresariales, pero hay algo que nadie perdona ni olvida.
La pobreza.
La insolvencia.
Eso es lo que lleva al fin de todo, de amistades, de carreras, de oportunidades...
Pero para él todavía no estaba todo perdido. Su traidora mujer seguía acurrucada en el sillón, vestida con un albornoz, al parecer sin intención de irse a ninguna parte, al menos esa noche. Aún podía ganar.
—¿Qué te ha alejado de mí mientras no estaba?
—Reanudó su paseo, pero despacio, mirándola, estudiando su reacción.
Se obligó a respirar, aún enfurecido, ya que si esa rabia se filtraba en su voz, ella desaparecería en un instante—.
¿Ha sido tu padre? —Se rio con amargura—.
Nunca le he gustado a ese viejo hijo de puta.
Una sonrisa torcida aleteó en los labios de Andi durante un breve instante.
—No, no ha sido él, e insultar a mi padre no ayuda, Craig.
Él se detuvo delante de su sillón, con la cabeza baja y los ojos clavados en el suelo.
—Tienes razón, lo siento. Es que me estás partiendo el corazón, cariño. No puedo perderte. No sabría cómo seguir sin ti. —Esa afirmación sonó sincera y captó la atención de Andi. Su mirada se suavizó y las arrugas de su ceño casi desaparecieron.
—Ha sido culpa mía, Craig. —Juntó las manos con nerviosismo y apartó la mirada un momento.
Le pareció ver lágrimas en sus ojos—. Soy yo...
No puedo superar lo que pasó. Pensé que podría, pero no puedo.
—Su respiración era agitada, superficial—.
Estuve llorando en tus brazos por el trabajo de investigación, después de recibir la carta.
Estábamos en nuestro antiguo apartamento, ¿recuerdas?
—Por supuesto que lo recuerdo. No tienes ni idea de cómo me sentí...