La chica que mataste 39
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REALIDAD

Andi sintió que la sangre abandonaba su rostro, dejando tras de sí carámbanos, fríos y despiadados, agotando sus ganas de luchar como si, de repente, se enfrentara a un enemigo demasiado poderoso y cruel, invencible.

Con cada pieza del rompecabezas encajando lentamente en su lugar, la verdad era más irrefutable, más cruda, más mortal.

Su elevado nivel de calcio en sangre. La culpa la tenía el colecalciferol que aparecía en la etiqueta.

Llevaba tiempo matándola poco a poco, dañándole el corazón, calcificándole los riñones.

Las hemorragias nasales, el bajo nivel de plaquetas en los resultados de los análisis, el aborto espontáneo, el dolor agudo en el estómago...

Todos esos síntomas apuntaban al segundo ingrediente del veneno, la bromadiolona, un fuerte anticoagulante.

Su pobre bebé nunca había tenido una oportunidad.

Las lágrimas corrían por su cara, silenciosas, conmocionadas, amargas. Respirando entrecortadamente, recordó cómo habían empezado las náuseas y los vómitos, lo doloroso que había sido desde el principio y el mal sabor de boca por las mañanas, un tenue sabor químico, algo que no podía identificar.

El cuento de hadas se había acabado, su trama de engaños se había roto para siempre, se había deshecho con la venda que cubría sus ojos, dejando tras de sí nada más que la fría realidad de la verdad.

—Has matado a mi bebé —dijo en voz alta como si Craig estuviera allí para oír sus palabras. Su voz sonaba distante, objetiva, como si las palabras hubieran sido pronunciadas por un extraño lejano que afirmaba lo obvio.

Y, aun así, la duda asomó su fea cabeza. A lo mejor, la botella de veneno ya estaba allí cuando se mudaron. ¿Había alguna posibilidad de que no fuera Craig quien la había estado envenenando?

Nadie más que ellos dos tenía acceso a la casa.

A través de una bruma, recordó el día en que vio la propiedad por primera vez.

Craig le había hecho de guía, fingiendo que era un agente inmobiliario que le quería vender la casa, mientras ella estaba en una nube.

Le enseñó la lujosa encimera y los armarios nuevos; incluso abrió algunos, entre ellos el de debajo del fregadero.

Estaba vacío.

Poco después de mudarse, se empeñó en ser el único que sacaba la basura.

—Te estoy malcriando con pequeños gestos —había dicho.

¿Qué mejor manera de ocultarle el veneno? Estaba demasiado enferma para ocuparse de las tareas que él se ofrecía a hacer y agradecía que la dejara descansar más, para seguir buscando trabajo.

Con los ojos aún clavados en la botella de veneno, palpó la superficie de la mesa en busca de su teléfono y marcó el nueve, uno, uno. Su dedo tembloroso se mantuvo suspendido sobre el botón verde durante un largo momento, pero luego canceló la llamada y dejó el teléfono de nuevo sobre la mesa.

Si venía la policía, investigarían. Probablemente lo acusarían de algo, quizá incluso de intento de asesinato por haberla envenenado, pero nunca pagaría por la vida que había arrebatado. Su hijo nonato, según la ley, no era una persona real, ya que no había nacido vivo.

Su querido marido se había asegurado de que eso nunca sucediera.

Del mismo modo, ella tendría que asegurarse de que pagara por la vida que le había arrebatado.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y miró la hora. Era casi mediodía; tenía seis, quizá siete horas hasta que Craig regresara.

Cuidando de no dejar ninguna evidencia, limpió el charco de sangre del suelo con trozos de papel de cocina y rompió los trozos más grandes de vidrio en pedazos más pequeños usando una sartén pequeña.

Empapó las manchas con agua oxigenada y eliminó todo rastro de sangre, quemándola con agua oxigenada hasta que el suelo quedó reluciente, incluida la lechada de las baldosas.

Luego arrojó el montón de trozos de papel empapados en sangre al inodoro en pequeñas cantidades, tirando de la cadena cada vez, hasta que toda evidencia de la muerte de su bebé fue eliminada de la casa.

Vertió el resto del agua oxigenada por el desagüe del fregadero de la cocina y fregó el inodoro a fondo.

Entonces, sintiéndose débil, pero impulsada por la rabia que ardía en su pecho, se fue de compras.

En una ferretería que había al otro lado de la ciudad encontró el mismo veneno para ratas. Andi aparcó enfrente de la tienda y pagó el veneno en efectivo con la cabeza baja. Llevaba una gorra de béisbol y unas gafas de sol de gran tamaño para asegurarse de que nadie pudiera reconocerla.

La siguiente parada fue una oscura gasolinera, donde compró un teléfono desechable de prepago, que también pagó en efectivo.

Luego condujo hasta la casa de su padre.

Al rebuscar en el cajón superior de su escritorio, encontró su cartera con todas sus tarjetas de identificación justo donde ella la había puesto después de que lo ingresaran en el hospital.

Extrajo su tarjeta de licencia veterinaria, expedida por el Tribunal de Examinadores Médicos Veterinarios de Texas.

Ahí aparecía el número de licencia del doctor Wilmore.

Fido no podía ir al veterinario, pero había otros medios para conseguir el mismo fin.

Podía curarse ella misma, al menos durante un tiempo.

Conteniendo la respiración, Andi marcó el número de la red del Centro de Intoxicaciones de Texas desde el teléfono desechable.

—Llamo de la oficina del doctor Hunter Wilmore, su número de licencia es el cinco, seis, cuatro, cuatro, dos, cinco. ¿Cuál es el último protocolo para la intoxicación por colecalciferol y bromadiolona? —preguntó después de que el operador hubiera validado las credenciales.

—Para el anticoagulante, es la vitamina K1 intravenosa, diaria, durante un máximo de ciento sesenta y ocho días.

El recuento de plaquetas y los factores de coagulación le indicarán cuándo puede dejar de administrarlo.

—Andi casi se atraganta al oírlo. ¿Casi seis meses de inyecciones intravenosas diarias?

Era una barbaridad—. Para controlar la hipercalcemia, debe administrar gluconato de calcio intravenoso diario hasta que se normalicen los niveles en sangre.

—¿Algo más?

—Un lavado gástrico si la ingestión es reciente.

Colgó y cerró los ojos, tratando de recordar cuándo había sido la última vez que había comido algo que le hubiera preparado o servido Craig.

Unas lágrimas frescas la ahogaron. Las cenas románticas a la luz de las velas, para las que Craig preparaba sus comidas favoritas extrapicantes, tal como a ella le gustaban.

Solo eran una treta para envenenarla. Nada más. No eran parte del cuento de hadas.

—Qué idiota soy —murmuró mientras revisaba el suministro de medicamentos de su padre. El doctor Wilmore tenía una consulta en casa preparada para la mayoría de las urgencias veterinarias y, por suerte, los dos medicamentos recomendados estaban entre los que tenía guardados en abundancia.

Utilizando una de las corbatas de su padre a modo de torniquete y preguntándose cómo era posible que todos los yonquis de la calle o de las películas fueran tan hábiles encontrando sus propias venas con lo que le estaba costando a ella, consiguió administrarse la primera dosis de vitamina K1 y gluconato cálcico.

No tenía ni idea de si se había puesto la cantidad suficiente o demasiada, pero, fuera como fuera, seguro que era mejor que no hacer nada.

Murmurando una palabrota mientras miraba la hora, Andi cogió un par de guantes quirúrgicos del despacho de su padre y algunas cosas de la despensa, y salió corriendo por la puerta.

En el corto trayecto de vuelta a casa, planeó cuidadosamente cada paso de lo que quería hacer a continuación. Quedaba menos de una hora para que el vuelo de Craig procedente de Miami aterrizara en Houston y no tenía mucho tiempo que perder.

En cuanto llegó a casa, se puso los guantes de nitrilo y cogió la botella de veneno de debajo del fregadero.

Olfateó el contenido; no olía a nada demasiado penetrante, solo tenía un ligero olor ácido-amargo que reconoció.

Entonces hizo una nota mental del nivel del líquido de la botella: llegaba hasta donde la cola de la rata alcanzaba el borde de la etiqueta.

Dejó la botella a un lado sobre un trozo de papel de cocina, cogió la que había comprado ese mismo día y la vació en el fregadero.

Luego la enjuagó a fondo, enjabonando el interior con detergente para vajilla y aclarándola varias veces hasta que desapareció todo rastro de veneno.

Por suerte, la etiqueta era de plástico termorretráctil y no se arrugó ni se despegó.

Se tomó su tiempo para secar bien el exterior de la botella, asegurándose de que no quedara ni una sola gota de agua atrapada bajo la pegatina.

Luego empezó a mezclar los objetos que había traído de casa de su padre en un pequeño cuenco lleno de agua.

Ácido cítrico, sal y colorante alimentario hasta que el tono del líquido en el cuenco se acercó al color del veneno.

La cuchara tintineaba mientras mezclaba el líquido, escuchando atentamente los suaves ruidos que producían los granos de ácido cítrico al disolverse.

Durante todo ese tiempo, supo que debería haberse marchado, haber dejado atrás esa locura sin mirar atrás, pero tenía que mirar a Craig a los ojos mientras la envenenaba de nuevo.

Tenía que ver lo que probablemente estaba allí antes, y de algún modo no había visto.

La mala intención. El odio brillando en los ojos del hombre que parecía cariñoso, divertido y encantador mientras rociaba su comida con veneno.

Sus hermosos ojos, fijos en los de ella, observando cada bocado que comía y sonriendo, sabiendo que la estaba acercando a una muerte dolorosa y lenta.

Le encantaban los alimentos salados, también disfrutaba con los de sabor ácido y le gustaba el pescado frito empapado en zumo de limón.

Esa vez, por poco veneno que añadiera a su comida, ella lo percibiría.

La probaría y al instante sabría, por encima de cualquier atisbo de duda, que el hombre que la miraba con cariño mientras encendía velas y le ofrecía el postre era un asesino.

Solo entonces ella podría irse, y empezaría la penitencia Craig.

Sin dejar de mezclar la solución, añadiendo poco a poco colorante alimentario hasta que la combinación fue casi perfecta, se imaginó sentada frente a él en la mesa.

Hablarían, ella le preguntaría por su viaje, por el discurso que había dado, mientras su boca saboreaba la prueba salada y agria de su intento de asesinato que ella buscaba.

¿Qué diría? ¿Qué vería ella en sus ojos en ese preciso momento?

Se merecía una oportunidad para...

No. No se merecía más oportunidades. Pero ella sí. Ahora era su turno.

Él solo merecía pagar por la vida no nacida que le había arrancado de su vientre.

Cuando Craig llegó a casa esa noche, la botella que había debajo del fregadero estaba llena de la mezcla salada-amarga hasta el nivel adecuado, mientras que la verdadera botella de veneno con las huellas dactilares de Craig estaba escondida dentro de la unidad de climatización del garaje.

Y ella estaba esperando.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Usted testificó que los síntomas que presentaba Andrea Wilmore Brafford eran consistentes con la ingestión de veneno para ratas. ¿Es correcto?

DOCTOR brUCE HANFIELD: Sí.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Sin embargo, usted no trató a Andrea por envenenamiento.

DOCTOR brUCE HANFIELD: No había ninguna razón para sospechar que se trataba de eso. Los síntomas que presentaba son relativamente comunes, y son más probables otras dolencias que un envenenamiento, sobre todo en una mujer embarazada.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Entonces, ¿no creía usted que su vida estuviera en peligro?

DOCTOR brUCE HANFIELD: Al principio, no. Pero después de ver su panel metabólico ampliado...

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: No hay más preguntas para este testigo.