La chica que mataste 38
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EL HALLAZGO

Andi estuvo sentada en aquel sillón durante toda la noche, con los ojos muy abiertos y la mano en el teléfono.

Quería llamar a Janelle y disculparse, pedirle que volviera, decirle que tenía razón y que había perdido la cabeza.

Sin embargo, lo pospuso hasta la madrugada y luego decidió esperar.

Despertarla en mitad de la noche con una llamada tenía aún menos sentido que todo lo que había hecho últimamente.

Qué idiotez preguntarle a su mejor amiga si estaba enamorada de Craig.

Se dio cuenta de que se había obsesionado con el hombre al que amaba hasta el punto de que ya no podía pensar con claridad, y esa noche de introspección la acercó a una decisión.

Por suerte, había algunas personas en su vida en las que podía confiar: su padre, Rebecca y Janelle.

Si no confiaba en su propio juicio, quizá tuviera que cederles la toma de decisiones.

Pero no era necesario. Janelle, la única que sabía lo que Craig le había hecho, había sido bastante clara al respecto.

Su padre y Rebecca probablemente dirían y harían cosas mucho peores.

Su padre no dudaría en involucrar a las autoridades, y eso destrozaría su vida, la expondría, la convertiría en la comidilla más reciente de la ciudad, en el blanco de todas las bromas, coronándola como la mujer más crédula e idiota del universo.

¿Era eso mucho peor que el hecho de que las personas a las que más respetaba en el Departamento de Biología Marina creyeran que era una contrabandista de especies exóticas, el ser humano más despreciable en el que podía pensar un biólogo?

Al menos esa parte de su reputación quedaría limpia, pero siempre sería tachada de víctima de Craig.

La gente ya no olvidaba nada, Google no permitía que eso sucediera; por lo menos en Estados Unidos, donde las personas habían perdido su derecho a la privacidad hacía eones.

Parpadeó para contener las lágrimas, molesta consigo misma. No había tiempo para llorar, antes debía responder a otra gran pregunta.

¿Por qué estaba allí? ¿Por qué se había quedado?

Porque amaba a Craig, por supuesto. La respuesta inmediata y superficial era fácil de encontrar y aún más fácil de usar como escudo.

¿A quién amaba exactamente? ¿A un hombre encantador y entrañable que satisfacía cada uno de sus caprichos, le hablaba como solo los hacen los hombres de las novelas románticas, le hacía el amor como Patrick Swayze a Demi Moore en Ghost y siempre estaba ahí para ella, apoyándola y deseando amarla con cada fibra de su cuerpo?

¿O había caído rendida ante un estafador, un manipulador, controlador y sociópata narcisista, un hombre que le había mentido a ella y a todos los demás para atraparla tras los muros de ladrillo de una mansión de las afueras de Houston y tenerla a su servicio mientras no se detenía ante nada para alejarla de todo lo que daba sentido a su vida?

Si no hubiera sido por el empeño de Janelle en hacer esas llamadas, habría seguido viviendo atrapada y esclavizada, sin poder escapar tras haber sido capturada en la red de mentiras cuidadosamente construida, aprendiendo poco a poco a aceptar que nadie la quería, que era una criatura lamentable e inútil que no podía ganarse su propio sustento.

En uno o dos años más se habría rendido y habría estado cada vez más agradecida al hombre que la amaba a pesar de sus defectos, convencida de que sin él no podría sobrevivir.

La bilis le subió por la garganta. Se levantó del sillón y se dirigió a la cocina bajo la luz gris del amanecer.

Alargó la mano para coger un vaso del armario cuando algo le hizo cosquillas en la nariz.

Sacó un pañuelo de la caja que había sobre la encimera, se limpió la nariz y encontró sangre en el pañuelo.

No era la primera vez que le sangraba la nariz últimamente, aunque era un problema menor comparado con las náuseas y los calambres, y no le molestaba tanto. Se pellizcó el puente de la nariz hasta que dejó de sangrar y luego cogió el vaso y lo llenó de agua helada en el dispensador de la nevera.

Tras un par de sorbos, una oleada de náuseas le revolvió el estómago. Era como si el agua lo hubiera provocado. Se sentó a la mesa del desayuno, dejó el vaso en un posavasos y apoyó la frente en la mano.

Luchando por evitar las arcadas, respiró hondo mientras las lágrimas inundaban sus ojos.

Se había enamorado de la historia de amor, de la idea de que estaban viviendo un sueño.

Había intentado desesperadamente ignorar los hechos que tenía delante de ella, las pequeñas señales, con el único propósito de evitar que el sueño se desmoronara.

Las señales habían estado ahí todo el tiempo.

La obsesión de su padre con él... Tal vez tenía razones para esa obsesión.

La reticencia de Craig a tener a cualquiera de sus amigos cerca, incluso a Janelle.

Solo podía invitarla a casa cuando él estaba fuera por negocios.

Su reacción ante el embarazo. Su desprecio por su pasión por la biología marina, por los corales de la repisa de la chimenea y las tortugas que a Andi le encantaba observar en la orilla.

Por todo lo que le importaba, incluido su bebé nonato.

Los primeros rayos de sol atravesaron la penumbra y empezaron a llenar la casa de una luz amarillenta, prometiendo un perfecto día de otoño. Tenía hasta la noche para tomar una decisión y actuar en consecuencia. Craig no volvería de Miami hasta cerca de las siete.

Otro sorbo de agua le quitó el mal sabor de boca, pero le revolvió el estómago.

Una punzada de dolor le atravesó el abdomen; era tan agudo que la dejó sin aliento.

Se agarró al borde de la mesa para sostenerse y se inclinó hacia delante en un intento de aliviar el dolor, antes de ponerse de pie entre temblores.

Sintió un chorro de líquido caliente entre las piernas, que se extendió por el interior de sus muslos, tiñendo sus vaqueros con los tonos mortales de la sangre. Otro fuerte calambre la hizo caer de rodillas, jadeando.

—No... No... No... Mi bebé, no —se lamentó, mientras se sujetaba el vientre con ambas manos—. Oh, por favor, no.

Permaneció en el suelo, en medio del creciente charco de sangre, incapaz de levantarse, mientras los calambres iban y venían, cada uno ligeramente más débil que el anterior.

Llorando y después sollozando en voz baja cuando se quedó sin fuerzas, no fue capaz de coger el teléfono para llamar a emergencias.

¿Para qué? Su bebé ya se había ido. Estaba segura...

Lo sabía desde que el doctor Hanfield había dicho que no había latido fetal perceptible, pero ella se había negado a aceptarlo, como parecía hacer con todos los desastres de su vida.

Ahora quería llorar en paz, no quería que la pincharan, le pusieran una sonda y la tocaran unas personas para las que no era más que una tarea. Un número.

El tiempo pasaba mientras las sombras de los muebles iluminados por el sol se movían y bailaban sobre el suelo manchado de sangre.

Debió quedarse dormida un rato sobre el frío mármol, con el frío penetrándole hasta la sangre, porque se despertó temblando, débil y temerosa de no tener fuerzas para ponerse de pie.

Despacio, planeando cuidadosamente sus movimientos, se agarró a una silla para apoyarse en ella y luego se levantó del suelo.

Sus vaqueros empapados estaban pegajosos y se habían endurecido en algunas partes, adhiriéndose al suelo.

Cuando por fin se puso de pie, otra oleada de náuseas la hizo correr hacia el fregadero.

Al pasar, golpeó sin querer el vaso de agua, que voló por los aires y se hizo añicos al caer al suelo, justo cuando ella se inclinaba sobre el fregadero para vomitar.

Las dos horas siguientes estaban borrosas.

Había conseguido asearse. Se había duchado durante lo que le pareció mucho tiempo, sollozando y cerrando los ojos para no ver la sangre que se desprendía de su cuerpo y se arremolinaba en el desagüe.

Luego, despacio, mientras lloraba la vida que había abandonado su cuerpo, se vistió y se armó de valor ante la idea de limpiar el desastre que había en el suelo de la cocina.

La sangre se había coagulado sobre las baldosas blancas, el contraste de colores era muy marcado, desalentador. Todavía conmocionada, se quedó de pie junto a la isla de la cocina, mirando las manchas granates llenas de fragmentos de cristal, con la boca abierta y tapada con la mano.

Uno a uno, los detalles de lo que tenía que hacer empezaron a llegar a su mente como pensamientos a medias, atisbos de ideas, destellos de imágenes.

Había agua oxigenada en el armario del baño.

Había una escoba en el armario del pasillo.

Solía haber un recogedor bajo el fregadero.

Craig nunca la dejaba hacer el «trabajo sucio», como él lo llamaba.

Tareas como sacar la basura y barrer el suelo siempre las hacía él. Pero él... no estaba allí.

Dejó la escoba apoyada contra la pared y avanzó con cuidado, evitando los fragmentos de cristal y las manchas de sangre lo mejor que pudo. Se agachó frente al armario que había debajo del fregadero y abrió la puerta.

El cubo de la basura estaba allí, con una bolsa nueva y vacío, igual que lo había dejado Craig el martes por la noche. Detrás, asomaba el mango del recogedor. Al apartar el cubo de la basura, se quedó inmóvil, con la mano atrapada en el aire a escasos centímetros del recogedor que iba a coger.

Había una botella de veneno para ratas medio vacía escondida detrás del cubo de la basura.

Al leer la colorida etiqueta que prometía resultados inmediatos y duraderos, Andi jadeó y el aire se negó a llenar sus pulmones. El sonido de su corazón golpeando contra su pecho fue lo único que pudo oír durante un rato; su respiración era entrecortada y su mente estaba paralizada.

Estaba soñando. No podía ser verdad.

Sin embargo, la inconcebible verdad estaba justo ahí, debajo del fregadero de la cocina, mirándola a la cara con letras verdes sobre la imagen de una rata regordeta masticando unos granos de color verde.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Por favor, explique al tribunal cómo mata el veneno para ratas.

DOCTOR AARON ELLEFSON: El veneno específico utilizado en este caso era una mezcla de dos productos químicos bastante potentes.

Uno de ellos, el colecalciferol, aumenta la concentración de calcio en la sangre hasta comprometer el funcionamiento de los órganos.

El segundo, la bromadiolona, se conoce como superwarfarina y es un potente anticoagulante con efectos acumulativos.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: En su experiencia como médico forense del condado de Harris, Texas, ¿con qué frecuencia se encuentra con casos de envenenamiento por raticidas?

DOCTOR AARON ELLEFSON: No muy a menudo. Es el primer caso que me encuentro en unos cinco años. La gente sabe que no debe tocar eso; es una muerte terriblemente lenta y dolorosa.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Por qué cree que la gente ha dejado de usarlo para actividades delictivas?

DOCTOR AARON ELLEFSON: El veneno para ratas mata muy despacio. No es un arma homicida eficaz.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Mata despacio? ¿No es eso contrario a lo que se busca en un veneno eficaz contra las plagas? ¿La eliminación rápida y eficaz de los roedores?

DOCTOR AARON ELLEFSON: Las ratas han evolucionado durante miles de años como plagas que los humanos siempre han querido erradicar.

En consecuencia, las ratas han desarrollado un mecanismo de defensa contra los venenos.

Solo unas pocas ratas en la colonia consumirán alimento nuevo y desconocido, y solo una pequeña cantidad de este.

El resto esperan a ver si los alimentos son lo bastante seguros para ser consumidos.

Es bastante sorprendente, la verdad. Por eso los raticidas modernos tienen efectos combinados y acumulativos.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: No hay más preguntas, señoría.