37
DISCUSIÓN
El sonido de la puerta cerrándose tras Craig, cuando se había marchado al aeropuerto un par de horas antes, aún resonaba en la mente de Andi.
Entumecida y más asustada de lo que jamás hubiera imaginado posible, no se había movido del amplio sillón donde estaba sentada con las piernas recogidas bajo el cuerpo.
Ella había agradecido durante un rato el silencio que dejaba su ausencia porque así podía pensar y abandonarse al pánico que la invadía mientras las horas pasaban demasiado despacio.
Su cita con la obstetra era el viernes por la mañana, a las diez.
Ni antes ni después. Se alegraba de que Craig estuviera lejos.
No sabía cómo sentirse respecto a él, estaba dudosa y angustiada.
Cada vez que lo ponía a prueba, él aprobaba.
Le había preguntado por el colgante y él le había contado lo mismo que sus padres, la conmovedora historia de su adinerado amigo de la infancia que no quería que se sintiera excluido.
Había sido un encanto todo el tiempo, salvo por unos minutos de inseguridades desatadas que lo hicieron comportarse de forma absurda por su apellido.
Ella también le había perdonado eso; aunque demasiado pronto, como hacía siempre, ya que era incapaz de verlo disgustado.
Sus labios eran adorables cuando sonreía, sus ojos se iluminaban y su rostro resplandecía mientras ella permanecía atónita, observándolo empaparse de felicidad con cada oportunidad que tenía.
Andi hacía posibles la mayoría de esas oportunidades, aunque Craig no estaba muy dispuesto a reconocerle el mérito.
Pero, cuando se trataba de su bebé, seguía teniendo dudas sobre él.
El día en el que le contó lo del embarazo se repetía en su memoria, doloroso y punzante; la herida que le había provocado su reacción seguía estando fresca y dolorosa.
¿De verdad Craig quería a ese bebé? ¿O deseaba en secreto que lo perdiera?
Bueno, ante la improbable y desgarradora posibilidad de que ese fuera el caso, estaba mucho mejor en la convención de agentes inmobiliarios, dando su precioso discurso.
Quizá con un poco de persuasión podría convencerlo de que fuera a trabajar el viernes por la mañana, en vez de acompañarla al médico.
Por un momento, una pregunta inquietante se formó en su mente. ¿Por qué seguía con él si ni siquiera podía estar segura de que quisiera tener un hijo con ella? ¿Qué creía que podía hacer, cuando su matrimonio era frágil, estaba roto y pegado con tiritas y cinta adhesiva? ¿A qué se aferraba?
Un golpe en la puerta rompió el inquietante pensamiento.
—Adelante —dijo, sabiendo que era Janelle.
Su amiga entró con paso ligero y una sonrisa radiante, y se quedó paralizada en medio del salón. Su sonrisa se desvaneció, dejando tras de sí una mueca de sorpresa.
—Tía, ¿qué demonios te pasa? —preguntó, dejando caer el bolso al suelo y apoyando las manos en los muslos. Llevaba unos vaqueros ajustados rotos y elásticos, y un top blanco. Las finas pulseras y los largos pendientes tintineaban suavemente con cada movimiento.
—Yo también me alegro de verte —respondió Andi con una sonrisa tímida—. Tampoco tengo tan mal aspecto.
—¿Que no? —respondió Janelle, que cogió la mano de Andi y tiró de ella con determinación—. Ven a mirarte en el espejo.
Andi la siguió hasta el espejo de pared del vestíbulo y entrecerró un poco los ojos cuando Janelle encendió todas las luces. Luego, empujada por su decidida amiga, se acercó al espejo y estudió su rostro con detenimiento.
Había llorado durante varias horas y se le notaba. Tenía los ojos hinchados y rojos, inyectados en sangre, como si se hubiera pasado la noche bebiendo.
—Estás muy pálida, cielo —dijo Janelle—. ¿Acabas de volver de unas vacaciones en el Caribe y tienes este aspecto? Me pregunto qué aspecto tenías antes de irte.
Tenía la piel amarillenta y ojeras. Sus labios estaban descoloridos, manchados en algunas partes como si hubiera comido arándanos.
—De acuerdo, tienes razón —admitió ella—. Lo estoy pasando mal con el embarazo, eso es todo...
—¿Embarazo? —dijo Janelle en un tono o dos más alto por la excitación.
En el calor del momento, Andi había olvidado que no debía decir nada al respecto. Pero esas eran las reglas de Craig, no las suyas, y ella ya se estaba cansando de las interminables reglas de Craig.
—Sí —respondió ella tímidamente, justo cuando Janelle la envolvía con sus fuertes brazos—, pero no hay nada que celebrar todavía —añadió, y Janelle se apartó, mirándola con ojos preocupados—.
No estoy muy bien, Jan. He estado vomitando y el bebé...
—No se atrevía a decirlo—. Aún no sabemos sí...
No lo saben. Tengo que volver pasado mañana para hacerme más análisis.
Janelle se tapó la boca con su mano de uñas perfectas.
—Dios mío, cielo. ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué vomitar en silencio y soledad cuando podrías haberme tenido a tu lado, trayéndote pepinillos, helados y cualquier otra cosa que se les antoje a las embarazadas hoy en día?
—Craig y yo íbamos a celebrar una fiesta para todos nuestros amigos. Pero me puse mala...
—Ya... Craig y tú —dijo despacio, con un tono cargado de desprecio sin filtrar—. Siento decirle esto a una mujer embarazada, pero ¿estás loca de remate?
Sorprendida, Andi se apartó del espejo y volvió a su sillón favorito. Se acurrucó en él y se abrazó las rodillas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—No puedo creer que lo perdonaras después de lo que te hizo. «Es imposible», me dije a mí misma, «mi inteligente e independiente Andi nunca haría eso. Mi amiga no».
Andi asintió, con los ojos clavados en la fina tapicería de piel del sillón, donde dos líneas de costura perfectamente paralelas recorrían los bordes de los mullidos cojines.
Nunca había visitado una fábrica de muebles; no tenía ni idea de cómo se hacían los sillones.
Era algo que quería hacer algún día. Con Craig.
—Sí, Janelle, lo perdoné.
—¿Por qué? —El tintineo de los pendientes de Janelle subrayó el movimiento de su cabeza mientras negaba, consternada.
—Es... difícil de explicar. —Andi lanzó una rápida mirada a su amiga. Los ojos de Janelle estaban llenos de una determinación feroz y la estaban juzgando con severidad. Odiaba eso... ¿Por qué Janelle no podía ser más comprensiva?—. Estoy embarazada, y yo...
—Vaya, ¿así que sigues con él solo porque estás embarazada?
Andi se mordió el labio y bajó los ojos, trazando de nuevo la costura con la uña.
—No. Mentiría si dijera que es la única razón. La verdad es que sigo enamorada de él. —Una vez que las palabras salieron, se sintió mejor. Era la verdad—. No puedo imaginarme desenamorada de él. No sé cómo es estar así.
Janelle se rio.
—Claro, es increíblemente guapo y totalmente follable, lo entiendo. Aun así, lo que te hizo fue una guarrada monumental.
Andi miró a Janelle con incredulidad. Incluso en la sincera boca de su amiga, esas palabras le resultaron un poco inesperadas.
—Bueno, espero que disfrutes de tu nuevo trabajo limpiando caca de pescado de las paredes de la piscina y haciendo trabajos de segunda cuando podrías estar trabajando como investigadora en tu alma mater .
¿Te has preguntado alguna vez cómo vas a volver a mirar a esas personas a la cara? ¿A gente que te importa?
Andi se puso de pie, con una oleada de rabia corriendo por sus venas.
—Venga, Janelle, no te contengas.
Sus fosas nasales se ensancharon, pero no se atrevió a insultar a Janelle en el calor del momento.
Estaba menos enfadada con su amiga que avergonzada por su aluvión de preguntas válidas y lógicas que la hacían dudar de su propia cordura.
¿Era una tonta que se estaba autoengañando?
¿Otra vez? Perdonar al hombre que amaba parecía una obviedad. Los matrimonios requerían esfuerzo.
Jugueteando con el colgante, se preguntó, por vigésima vez aquel día, si debía quedarse.
Si debía seguir aferrándose a su matrimonio, con uñas y dientes, y luchar por él hasta que la última bocanada de aire abandonara su pecho.
Sonaba romántico e incluso caballeroso, pero ¿era lo más inteligente?
¿De verdad conocía al hombre con el que se había casado?
Su nuevo trabajo empezaba el lunes y esperaba que la obstetra no le mandara reposo absoluto durante todo el embarazo. Estaba entusiasmada porque iba a trabajar en su campo, aunque fuera en el escalafón más bajo, limpiando... ¿Qué era lo que había dicho Janelle, caca de pescado?
Se echó a reír.
Janelle la miró fijamente.
—Vale... Ahora lo entiendo. Has perdido la cabeza por completo.
—Caca de pescado. Es buenísimo.
Janelle empezó a reírse también.
—La verdad es que no sé si los peces hacen pis, caca o lo que sea. He improvisado.
Andi soltó una risita.
—Eres increíble, ¿sabes?
La sonrisa de Janelle se desvaneció. Se sentó en el brazo del sillón de Andi.
—Podría ser un narcisista, cielo —dijo en voz baja.
Andi no contestó. El escalofriante pensamiento se le había pasado por la cabeza, solo para ser rápidamente rechazado por racionalizaciones apresuradas y pruebas de lo contrario en su comportamiento, pruebas que nunca se había tomado la molestia de verificar, deseando con tantas ganas que fueran ciertas que le daba miedo comprobarlo.
—¿Sabes que siempre he tenido envidia de tu relación con ese hombre? —preguntó Janelle.
Andi se apartó de ella. ¿La envidiaba? No tenía ni idea y estaba decepcionada por ello.
—¿De verdad?
—Sí, pero ese sentimiento se me borró de golpe al enterarme de las cosas tan terribles que te había hecho; fue como si me hubieran echado un cubo lleno de agua helada en la cabeza.
—Hizo una pausa, pero Andi, que tenía las mandíbulas apretadas y el alma helada, se mantuvo en silencio—.
Ahora veo claramente cómo es. Quiere usarte, presumir de ti delante de sus amigos.
—Janelle arregló el cuello torcido de Andi, pero ella se apartó y se puso de pie, deseosa de poner más distancia entre ellas—. Para él solo eres una propiedad, Andi.
—Cállate, Janelle —susurró ella en voz baja y amenazadora—. No deberías haberme dicho que me tenías envidia.
Janelle levantó los brazos en señal de frustración. Sus pulseras tintinearon.
—Soy yo, Andi. ¿Te acuerdas de mí? Soy Janelle, tu mejor amiga de toda la vida. ¿Sabes quién es realmente ese hombre?
—Ahora mismo, no sé quién eres tú —respondió Andi con frialdad—. Quizá tienes tanta envidia que no puedes ver las cosas claras.
—Andi, eso no es lo que yo...
—Dime, ¿estás enamorada de mi marido, Janelle? Porque si es así, creo que deberías irte.
Janelle se quedó un momento con la boca abierta mientras se esforzaba por encontrar las palabras adecuadas.
—Dios mío, estás loca. Creo que te ha jodido tanto el cerebro que ya no tiene arreglo.
Cogió su bolso al pasar, llegó a la puerta con paso decidido y salió, cerrando de un portazo detrás de ella.
El silencio cayó pesadamente, dejando a Andi sola con sus pensamientos oscuros y preguntas sin respuesta, cada una más molesta y escalofriante que la anterior.
¿Hasta qué punto conocía a Craig en realidad?
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Había discutido con Andrea Wilmore Brafford antes?
JANELLE LARIMER: No, esa fue la única vez que discutimos.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Sobre qué fue la discusión?
JANELLE LARIMER: Andi estaba diciendo cosas sin mucho sentido. Bueno, sin ningún sentido, la verdad.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Cuéntenos lo que dijo, de todas maneras. Aún está bajo juramento.
JANELLE LARIMER: Me acusó, sin venir a cuento, de estar colada por su marido. Teniendo en cuenta lo que había hecho, yo habría tenido que ser...
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Era cierto? ¿Estaba usted enamorada del acusado?
JANELLE LARIMER: Por supuesto que no. Las cosas que ella decía no tenían mucho sentido al principio, hasta que comprendí por lo que estaba pasando. Hasta que me enteré de lo que ocurrió después.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿A qué se refiere? ¿Qué ocurrió?
JANELLE LARIMER: Que él la mató.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Puede testificar, bajo juramento, que Craig Brafford mató a su mujer? ¿Presenció usted el asesinato?
JANELLE LARIMER: No.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: De hecho, acaba de admitir que usted fue la última persona que la vio con vida y que discutió con Andrea Wilmore Brafford el miércoles por la noche. ¿Es eso correcto, señorita Larimer?
JANELLE LARIMER: Sí.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Mató usted a Andrea Wilmore Brafford, señorita Larimer?