La chica que mataste 36
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VISITA AL MÉDICO

La bata estaba limpia y olía a detergente antibacteriano. Estaba áspera. El proceso de lavado de la ropa del hospital no debía incluir el uso de suavizante.

Inquieta, se paseaba por la sala de reconocimiento esperando a que apareciera el doctor Hanfield. Le sorprendió que hubiera accedido a verla sin cita previa; el nombre de su padre debía tener mucho peso para el internista.

Deseando que Craig estuviera allí con ella, releyó los mensajes de texto que le había enviado, diciéndole dónde estaba y por qué. Todavía no había respondido.

Al final se sentó en el borde de la camilla y se quedó mirando el techo por un momento.

Algunas de las placas blancas habían sido sustituidas por un panel de cristal o plástico que representaba un paisaje: un campo de coloridas flores silvestres retroiluminado por varias bombillas.

Lo más probable es que estuviera pensado para tranquilizar a los pacientes que se tumbaban allí para someterse a procedimientos.

La puerta se abrió y entró rápidamente un hombre con una carpeta en la mano.

—¿Es usted la señorita Wilmore?

—Sí, soy Andrea Wilmore Brafford. —Le estrechó la mano mientras reprimía una sonrisa.

Era más joven de lo que ella había esperado para el jefe de Medicina Interna de un hospital de ese tamaño.

Tenía unas orejas grandes que sobresalían como las de Dumbo porque los lóbulos se negaban a pegarse al cráneo.

Un par de gafas de montura negra se posaban sobre una nariz larga y aguileña y tras ellas había unos ojos inteligentes, inquisitivos y vivaces.

Se sentó en un taburete y abrió la carpeta.

—Ya tenemos los resultados de sus análisis —dijo con una voz tranquilizadora teñida de preocupación.

A ella se le cortó la respiración.

—¿Ya?

Él se encogió de hombros como si estuviera disculpándose.

—Somos un hospital universitario. Aquí las cosas suelen ir bastante rápido.

Andi se tragó el nudo que crecía en su garganta.

—Lo escucho.

—Hay algunos valores fuera de los rangos normales, y algunos son preocupantes. —Resultaba interesante su uso del lenguaje. No había dicho que le preocupaban, sino que eran preocupantes.

El médico se levantó y acercó el carro con el ecógrafo a la cama.

—Túmbese, por favor. —Andi obedeció sin decir una palabra—. Supongo que sabe que está embarazada.

—Sí.

—¿De cuánto tiempo?

—Estoy casi de ocho semanas —dijo sonriendo. Le gustaba hablar de su bebé.

—¿Ha ido ya al obstetra?

Andi miró las flores silvestres del techo.

—Todavía no. Iba a hacerlo la semana que viene.

—¿Tiene a alguien en mente?

—Pues... la verdad es que no. —Soltó una risita; estaba un poco avergonzada. Había estado posponiendo la tarea, sin saber a quién confiar la salud de su bebé. Necesitaba el consejo de su padre. Había estado demorando contarle la noticia, esperando a que él se sintiera mejor.

—Puedo recomendarle a alguien —dijo el médico, concentrado en la pantalla mientras conducía el transductor del ecógrafo sobre su abdomen, se detenía en varios puntos y presionaba con suavidad. El tacto del gel en su piel era agradable, calmante—. Creo que debería ver a un obstetra lo antes posible.

El miedo le desgarró el corazón.

—¿Le pasa algo a mi bebé?

—Creo que no, pero me gustaría estar seguro. En la sexta o séptima semana, normalmente podemos detectar latidos cardíacos fetales y no se oye ninguno. Pero puede que sea demasiado pronto. —Le dirigió una mirada tranquilizadora—. Tranquila. A los médicos nos gusta estar seguros, eso es todo.

—De acuerdo. —Andi intentó tragar, pero tenía la garganta seca—. He estado vomitando mucho. A veces siento dolor, justo antes de...

—¿Dolor? ¿Dónde?

—En el estómago, aquí. —Se llevó la mano al abdomen, pero chocó con el trasductor y con la mano del médico, y él la retiró enseguida.

Respiró entrecortadamente durante todo el tiempo que el doctor Hanfield estuvo examinándola. Unas lágrimas silenciosas surgieron de las comisuras de sus ojos y se deslizaron hacia sus sienes.

Después de lo que pareció una eternidad, el doctor Hanfield volvió a colocar el transductor en su soporte y le entregó una toalla pequeña.

—Puede usar esto para limpiarse el gel.

Lo hizo con rapidez, aunque creía que el médico esperaba que lo hiciera cuando él se hubiera ido. Pero él parecía paciente, comprensivo, nada crítico, y ella no era vergonzosa.

—Ya está —anunció Andi, y se sentó en el borde de la camilla, esperando sus palabras con la pesadez de un condenado a muerte que aguarda su sentencia.

—De acuerdo —dijo el médico, abriendo la carpeta—. Veo valores elevados de...

Se oyó un rápido golpe en la puerta, que se abrió tímidamente, y apareció la cabeza de Craig. Parecía sin aliento. Llevaba el pelo alborotado, cayéndole hacia delante sobre la frente despeinada.

—Te he estado buscando por todas partes.

Entró apresurado y cerró la puerta, luego se detuvo a su lado y le cogió la mano.

Su presencia la debilitó, como si en ese momento pudiera apoyarse en él para obtener fuerzas, sin necesidad de reunir las suyas.

Una vez que Craig le rodeó los hombros con el brazo, Andi empezó a sollozar, tapándose la boca con la mano para mantener los lamentos encerrados dentro.

—No hay latido, Craig. El bebé...

—¿Qué le pasa al bebé? —preguntó Craig, mirando al médico con una extraña intensidad en los ojos, que parecía rabia.

—Podría no ser nada —respondió el doctor Hanfield—, o podría ser que los síntomas bastante graves de su mujer sean un indicio temprano de complicaciones.

Recomiendo una consulta obstétrica lo antes posible.

—Anotó algo en el historial—. He descartado el embarazo ectópico de la lista de posibles causas, pero me preocupan algunos valores sanguíneos.

—¿Qué valores? —preguntó Andi. Tenía la voz quebrada y respiraba de forma entrecortada.

—Algunos de los valores hepáticos están un poco más altos de lo normal.

En la ecografía, el hígado aparece un poco agrandado.

No mucho, pero para alguien de su edad y en forma, es una señal de alarma.

—Ella lo miró fijamente, esperando más información, mientras Craig le apretaba la mano con fuerza—.

Su ALT está por encima del límite. Voy a ponerle una dieta baja en grasa y en dos semanas le repetiremos los análisis.

Las plaquetas están relativamente bajas y tiene un poco de anemia, pero mejoraremos esos valores con suplementos de hierro.

Además, el calcio está anormalmente alto, y no puedo explicarlo basándome en lo que estoy viendo.

Podríamos estar ante un caso de hiperparatiroidismo, así que le haremos una prueba para mirarlo antes de que se vaya.

Se hizo un gran silencio en la pequeña sala de reconocimiento. Andi buscó en los ojos del doctor Hanfield una promesa tácita de que todo iba a salir bien. Su voz había sido tranquilizadora, su lenguaje corporal iba en consonancia, pero sus ojos contaban otra historia.

—En el peor de los casos, doctor, ¿a qué nos enfrentamos? —Se oyó hablar y no reconoció su propia voz.

El médico apretó los labios un instante antes de responder.

—El nivel de calcio debe estar por debajo de diez y medio. El suyo es de once coma ocho. A partir de doce, hay un alto riesgo de muerte fetal.

Un gemido salió de su pecho. El brazo que tenía Craig alrededor de sus hombros se tensó, apoyándola, tranquilizándola.

—Shhh... —susurró Craig—. Todo se arreglará, ya verás.

Ella miró al doctor Hanfield entre lágrimas.

—¿Cree usted eso, doctor? ¿Mi bebé aún tiene alguna posibilidad? —Un escalofrío recorrió todo su cuerpo—. ¿Qué me diría si yo fuera su hija?

—Le recomendaría reposo absoluto, consulta inmediata de obstetricia, panel completo de tiroides y paratiroides, y revisiones cada dos semanas; además de una dieta baja en grasas y rica en proteínas saludables y fruta.

—Se levantó y la miró con calidez—. Todavía no está todo perdido, señorita Wilmore. Hay esperanza.

Andi bajó la cabeza. Una lágrima cayó sobre la bata. Se quedó mirando la mancha durante un largo rato, viéndola crecer, engullendo las diminutas flores rosas del estampado y volviéndolas rojas, como si fueran sangre.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Haremos todo lo que nos ha dicho.

—Le voy a recetar antieméticos. Eso debería ayudar un poco con los síntomas. En recepción le darán la primera cita disponible para la obstetra; ya les he enviado un mensaje. Lo más probable es que sea mañana. Nos vemos en dos semanas, ¿de acuerdo?

Ella asintió.

—Sí, doctor, aquí estaremos —respondió Craig. Parecía sombrío, incluso enfadado. Y tenía todo el derecho a estarlo.

El doctor Hanfield se despidió y salió de la consulta, cerrando la puerta tras de sí y dejándolos en silencio.

Andi lloraba suavemente, con la cara enterrada en el hombro de Craig, mientras él le acariciaba el pelo con movimientos rítmicos.

—Todo irá bien, cariño —susurró—. Ya verás.

Momentos después, apareció una enfermera y le extrajo unos cuantos viales de sangre, con rapidez y profesionalidad, sin apenas mirar a Andi. Para ella, era solo una paciente más. Anónima. Una tarea laboral, no una persona real, no una madre cuyo corazón se estaba rompiendo.

Cuando llegaron a la recepción, se sentía entumecida y se movía por inercia, como si todo le estuviera ocurriendo a otra persona, no a ella.

La primera cita disponible con la obstetra era el viernes. La doctora se tomaba libres los miércoles y los jueves, y ese día ya se había ido; nadie podía hacer nada. Andi tendría que soportar dos interminables días de preocupación y espera.

—Maldita sea —dijo Craig mientras salían del hospital cogidos de la mano—. El jueves tengo el congreso en Miami. Tendría que irme mañana por la tarde. Cancelaré el viaje.

Era el Congreso Anual de Agentes Inmobiliarios, y Craig llevaba meses hablando de ello. Hughes se las había arreglado para que lo invitaran como ponente, y él había estado obsesionado con el discurso que iba a pronunciar.

—No —respondió Andi—. Vete. Estaré bien sola. Si necesito ayuda, Janelle puede ocuparse de mí, o una de las ayudantes de papá. No te preocupes por mí.

Craig se detuvo y la miró con esa intensidad que tenía a veces. Era ardiente y a la vez escalofriante.

—¿Estás segura, cariño?

Andi asintió.

—Ajá. Por supuesto que estoy segura. —En secreto, deseaba que aun así lo cancelara y le dijera que ella y su bebé eran más importantes que un estúpido congreso.

Craig le apretó la mano con fuerza y se la llevó a los labios.

—Eres la mejor —susurró. Sintió su cálido aliento en sus dedos helados—. ¿Estás bien para conducir?

—Sí —respondió ella, sorprendida de sentirse un poco ansiosa por estar sola.

Caminaron en silencio hasta el coche, aún cogidos de la mano. Cuando el capó rojo de su Beetle estuvo a la vista, Craig le preguntó:

—¿Este médico es amigo de tu padre?

—Más bien un conocido. ¿Por qué?

—Porque te ha llamado señorita Wilmore, y yo estaba ahí, a tu lado, llevando el mismo anillo de boda que tú. —Su voz era oscura, cargada de frustración.

—No sé por qué lo ha hecho. Yo me he presentado con los dos apellidos. —Pulsó el mando y el coche parpadeó y emitió un pitido.

Craig le abrió la puerta.

—¿Por qué conservaste el apellido Wilmore?

Las lágrimas ahogaron a Andi y corrieron por su rostro. Se sentó al volante y arrancó.

—Lo siento mucho, mi amor —susurró Craig, intentando cogerle la mano. Andi se apartó de su contacto y se quedó mirando el coche que estaba aparcado delante del Beetle—. Soy un capullo egoísta y sin tacto.

Ella no se inmutó ni se apresuró a perdonarlo como haría normalmente.

Craig permaneció de pie junto al coche, mirándola en silencio mientras su arrepentimiento se convertía en una ira volátil y vertiginosa. Andi cerró la puerta, metió la marcha atrás y salió del aparcamiento.

Durante todo el tiempo que condujo hasta su casa, Craig la siguió a corta distancia, pero ella hizo como que no se daba cuenta y lo ignoró.

A solas por fin con sus pensamientos, lloró lágrimas amargas por su bebé, por el futuro feliz que había imaginado para sí misma como una madre joven.

Tocándose el vientre, susurraba una y otra vez con la voz cargada de lágrimas:

—Por favor, pequeño, no me dejes. Quédate conmigo. Aguanta.

A lo lejos, el sol se estaba poniendo, dejando tras de sí un maravilloso cielo azul teñido de tonos púrpura y violeta.

Una nube oscura, que se cernía sobre el horizonte, se llevó trozos del majestuoso espectáculo celeste, arrojando negrura sobre los rayos del sol poniente, amenazadora, como la promesa de un mañana aterrador.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Pidió usted un análisis de sangre para determinar los niveles de vitamina D?

DOCTOR brUCE HANFIELD: Al principio, no.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Y no lo hizo por alguna razón en concreto?

DOCTOR brUCE HANFIELD: No lo solemos pedir en pacientes embarazadas que presentan náuseas, vómitos y calambres.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Pero ¿luego lo reconsideró?

DOCTOR brUCE HANFIELD: Sí, después de ver sus elevados niveles de calcio en sangre. Pedí la prueba como parte de un panel hormonal y metabólico completo.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Qué sospechaba que tenía en ese momento, doctor?

DOCTOR brUCE HANFIELD: Hiperparatiroidismo primario.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Discutió los resultados con su paciente, Andrea Wilmore Brafford?

DOCTOR brUCE HANFIELD: Le dejé un mensaje en el buzón de voz el jueves por la mañana para que viniera a verme y otro al día siguiente. Nunca me devolvió las llamadas. Más tarde descubrí que la habían asesinado ese mismo jueves por la noche.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Protesto, señoría.