53 #2
Era bastante tarde, más de las doce, pero no podía dormir.
Decidió ver una película, se sentó en el sofá y se inclinó hacia la mesa de centro para coger el mando a distancia.
Debajo de la mesa, en la estantería de madera, su padre había abandonado su cuaderno de delfines, con el bolígrafo aún sujeto a la tapa.
Dudó un momento antes de cogerlo y lo abrió despacio, consciente del cuidado con que él se lo había ocultado.
Era una invasión de la privacidad que su padre no merecía.
Sus dedos se congelaron cuando vio los papeles sueltos apilados dentro.
El primero, una captura de pantalla del software de la clínica veterinaria del doctor Wilmore, mostraba la ficha de paciente de Nikki Edwards y su gato.
En la clínica hacían una serie de fotos de los nuevos clientes con sus mascotas y las introducían en el sistema, para poder personalizar con ellas tarjetas de cumpleaños y notas recordatorias.
En la foto, Nikki Edwards llevaba el colgante azul.
Sintiendo que la sangre abandonaba su rostro, Andi miró la foto con incredulidad. Una flecha garabateada señalaba el colgante, y en una nota manuscrita que había encima ponía: «¿Se trata de un artículo fácil de encontrar en las tiendas? ¿Es una coincidencia?».
Con dedos temblorosos, pasó la página. La segunda imagen era otra captura de pantalla del sistema de la clínica, en la que aparecía la información de contacto de Nikki Edwards.
En la página aparecían dos números de teléfono.
El de la propia Nikki, confirmado por una nota de su padre —que recordaba haberla llamado para comunicarle los resultados de las pruebas en varias ocasiones—, y un segundo número, rodeado por un círculo que el padre de Andi había dibujado con bolígrafo azul acompañado de las palabras: «¿De quién es este número? ».
Leyó el número de teléfono dos veces, dígito a dígito, temiendo equivocarse. Su padre nunca lo había usado, pero ella sí, numerosas veces. Era el número de la oficina que tenía Craig en la inmobiliaria.
—Dios mío —susurró, sintiendo que un escalofrío le helaba la sangre.
La tercera página pertenecía al mismo sistema y era el registro de una de las visitas de Nikki Edwards a la clínica, donde salían los hallazgos de la consulta, el importe total facturado y algunos otros datos que saturaban el espacio de la pantalla.
Sin embargo, la fecha de esa consulta saltaba a la vista.
Era el cumpleaños de Andi, el año anterior, el día antes de conocer a Craig.
El obsesivo subrayado de su padre casi había rasgado la página justo debajo de la hora de la visita: «5:25 p.
m.». A esa hora, ella estaba allí, comiendo tarta con bigotes de gato y celebrando su día con su padre y su personal.
Sintiéndose mareada y débil, se obligó a pasar otra página.
Era una imagen granulada de un vídeo de una cámara de vigilancia, con fecha y hora.
Mostraba su Beetle, estacionado en el campus universitario de Galveston, un día después de su cumpleaños.
Agachado junto a la rueda trasera izquierda, un hombre estaba haciendo algo en su neumático.
La hora marcaba las «4:45 p. m.». La foto era demasiado granulada para distinguirla, pero reconoció el pelo ondulado del hombre, la forma en que se rizaba por encima de la oreja, incluso visto de perfil.
«¿Quién es?», había anotado y subrayado su padre al menos dos veces.
Lo había visto una vez, en su boda, pero no tenía motivos para recordarlo después de tanto tiempo ni para reconocerlo en una foto toma de lejos y de tan mala calidad.
Pero Andi sabía quién era ese hombre.
Era Jude.
Le estaba tendiendo una trampa, desinflando su neumático, para que Craig pudiera rescatarla.
Craig debió verla el día de su cumpleaños en la clínica y decidió ir a por ella. Pero ¿por qué la eligió? Se tapó la boca abierta con la mano, ahogando un sollozo.
Esa era la última página suelta insertada al principio del cuaderno de su padre. La dejó a un lado y se puso a leer las notas de su padre. Eran sus propias conclusiones, secundadas por las sospechas de su padre. Piezas de un rompecabezas perturbador encajando para formar una imagen de pesadilla.
Conmocionada, se quedó allí sentada, incapaz de moverse, mientras miraba fijamente sus peores temores, enumerados con la letra de su padre. ¿Por qué ella? ¿Qué vio Craig en ella para querer atraparla así?
Ya amanecía, y Andi no se había movido. El cuaderno abierto aún seguía en su regazo y las fotos estaban esparcidas por el sofá. Nunca sabría por qué. No importa lo que hiciera. Aunque fuera a ver a Craig a la cárcel, nunca le diría la verdad; ese hombre era incapaz de ser sincero.
¿Por qué ella? Nunca lo sabría.
Entonces pensó en Nikki. Una mujer hermosa, de éxito, proveniente de una buena familia.
Y embarazada.
Su muerte, completamente limpia, sin sangre.
La aguja que se había utilizado era subdérmica, del tipo que el doctor Wilmore daba a sus pacientes para inyectar insulina a los gatos diabéticos. Del tipo que Craig sabía que Nikki tenía.
—Andi —oyó decir a su padre desde la puerta. Vestido con un pijama arrugado, miraba el cuaderno abierto en su regazo con ojos preocupados—. No deberías haber leído eso. Es demasiado pronto...
Lo miró con una súplica tácita en los ojos y cogió el teléfono. Estaba dispuesta a hacer lo que había que hacer. Marcó un número guardado en la memoria del teléfono y escuchó cómo sonaba dos veces antes de que una voz familiar contestara.
—Detective Otwell, Departamento de Policía de Houston.