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CERTEZA
Aproximadamente una semana después, Andi recibió noticias del acuario.
La invitaban a pasar por allí para firmar su contrato.
Si sus antecedentes y el informe de crédito estaban limpios, la contratarían.
La oferta estaba adjunta al correo electrónico, y le pedían que la devolviera firmada en las cuarenta y ocho horas siguientes.
Al principio, leyó el correo y no lo comprendió bien. Entendió las palabras, su significado, pero no su dimensión. Había conseguido el trabajo. Estaban entusiasmados de darle la bienvenida al equipo del Downtown Aquarium y tenían plena confianza en que sería una excelente incorporación.
Entonces lo asimiló de verdad, y el impacto la dejó sin aire. Emitió unos sonidos ininteligibles y luego rompió a llorar de forma desconsolada. Había conseguido el trabajo... El único al que se había presentado sin que lo supiera Craig.
Había ido a las entrevistas en absoluto secreto, mintiéndole y diciéndole que iba de compras o a visitar a su padre.
Todos los correos electrónicos que recibió de ellos los guardaba inmediatamente en una carpeta que había creado llamada «cupones y ofertas».
Craig jamás miraría ahí. Todo el tiempo que había pasado desde que había solicitado el trabajo en el acuario, todos y cada uno de los días, había deseado fracasar en la entrevista, sabiendo que, si conseguía el empleo, tendría la certeza que tanto temía.
Sus sollozos se calmaron cuando una nueva idea cruzó su mente.
Quizá la prueba que había preparado para averiguar si Craig tenía la culpa de su fallida búsqueda de empleo no era tan segura.
«La ausencia de evidencias no es evidencia de ausencia».
Andi recordó el aforismo que había aprendido en la escuela.
El hecho era que aún no lo sabía con certeza, ni en un sentido ni en otro.
¿Y si la oferta de trabajo en el acuario no era más que una coincidencia, una manera del destino de jugarle una mala pasada, de gastarle una dolorosa broma?
Todos los artículos que había leído sobre cómo encontrar trabajo hablaban de un período de tres a seis meses y decían que conseguir un trabajo era un ejercicio de paciencia y de estadística.
Llevaba meses buscando, pero ¿y si estaba predestinada a trabajar en el acuario?
El hecho de que Craig no tuviera ni idea de ello no significaba en absoluto que fuera él quien la había estado saboteando. Podría ser una coincidencia.
Necesitaba que fuera una coincidencia.
El inquietante correo electrónico la había encontrado enjuagándose la boca tras otro ataque de vómitos, tan intensos que la habían dejado jadeando y preguntándose por qué demonios se llamaban náuseas matutinas cuando eran las cuatro de la tarde y aún no habían parado.
Se lavó la cara surcada de lágrimas, salpicando agua fría una y otra vez para reducir la hinchazón y el enrojecimiento.
Era miércoles, la víspera de otra de las fiestas de Craig, y ya no podía aguantar más; lo único que quería era gritar y preguntarle de una vez por todas: «¿Fuiste tú quién lo hizo? ».
En su imaginación, se vio a sí misma haciéndole esa pregunta, pero ahí se quedó todo.
No vio lo que él respondería o lo que ocurriría después si la respuesta más temida se hacía realidad.
Mientras deambulaba sin rumbo por la casa, retocando detalles aquí y allá para preparar el evento del día siguiente, se abandonó a los pensamientos que habían estado llenando sus noches de pesadillas y sus días de amarga ansiedad.
¡Cuánto deseaba poder preguntarle a alguien qué debía hacer!
pero su padre y sus amigos estaban descartados.
Su padre ya odiaba a Craig; decirle algo así probablemente lo mataría.
Pensó en llamar a Rebecca; era como una madre para Andi y la habría ayudado con mucho gusto.
Con el teléfono en la mano, buscó su número, pero luego canceló la llamada y bloqueó la pantalla.
No se atrevía a manchar la reputación de Craig con sus sospechas.
No era algo que la gente pudiera olvidar si al final estaba equivocada.
Mientras quitaba el polvo de los corales de la repisa de la chimenea con un plumero, empezó a tomar forma una idea, un plan que podría funcionar para demostrar, más allá de cualquier atisbo de duda, si Craig había hecho esas llamadas.
Para ello, necesitaba ser lo que nunca había podido ser: una buena actriz.
O una política, capaz de decir lo contrario de lo que pensaba.
Siempre había sido exasperantemente directa; su franqueza rayaba en la mala educación, pero sin el componente malicioso, tan solo era la expresión directa de una mente honesta, sincera y sin filtro.
Era un poco ingenua, inmadura incluso. Carente de la sofisticación de los políticos de carrera, Andi sabía que pertenecía al mundo de los académicos e investigadores, donde sus habilidades de comunicación eran consideradas adecuadas y libres de cualquier confusión innecesaria.
En ese momento, lo que más deseaba era poder responder a las preguntas sin decir nada, ofrecer toda una retahíla de tópicos y charlas triviales, interrogar a Craig sin hacerlo realmente, mentirle y actuar como si no pasara nada, al menos hasta que encontrara las pruebas que estaba buscando.
Se cambió de ropa y se maquilló un poco para ocultar su palidez y las ojeras. Se puso un vestido ligero de verano, uno que le gustaba a Craig, e hizo todo lo posible por no pensar en lo que tendría que hacer si era él quien le había robado sus oportunidades.
Lo perdería. Tendría que marcharse. Dejarían de existir como pareja.
Obligándose a inspirar hondo para combatir las lágrimas, se puso el colgante azul y miró a la desconocida que había en el espejo. Quizá tenía la capacidad de interpretar el papel, de mentir y engañar al hombre que amaba. Lo más probable era que todas las mujeres la tuvieran.
Miró el reflejo de sus ojos azules y se armó de valor, segundo a segundo, hasta que estuvo segura de que estaba preparada para la tarea. Solo iba a ser por unas horas; no iba a morirse.
Luego esperó.
Cuando Craig regresó del trabajo, la encontró quitando el polvo de las estanterías del salón, con aquel vestido veraniego y sandalias blancas de tacón bajo, proyectando la imagen de la esposa perfecta. El sueño de Craig.
Una oleada de náuseas la invadió cuando él cruzó la puerta, pero la contuvo con una respiración profunda y una sonrisa. Luego se dirigió a la nevera y se bebió medio vaso de agua con gas.
—¿Qué tal tu día?
—Normal —respondió él, mirándola de pies a cabeza con una sonrisa de satisfacción—.
No todos los días consigo cerrar un trato espectacular, ¿sabes?
—Sonrió con cierta torpeza, casi como si se estuviera disculpando—.
La mayoría de los días trato con imbéciles indecisos que quieren una casa que no pueden permitirse con el dinero que tienen.
Ah, y lidiar con Hughes, el mayor imbécil de todos.
—¿Sigue dándote la lata?
—Últimamente no —respondió Craig, mientras se aflojaba el nudo de la corbata, y se la quitó.
Andi se la cogió de la mano y esperó a que le diera el resto de su atuendo para colgarlo todo en el armario. A continuación, se quitó la camisa y luego los pantalones. Contempló el cuerpo atlético y familiar de Craig, y lo encontró extraño y su desnudez, obscena.
—Cariño, ¿puedes cogerme unos pantalones cortos? —preguntó mientras llevaba los zapatos al zapatero en calzoncillos.
—Claro —respondió ella sin girar la cabeza. No podía esperar más, tenía que saberlo.
Unos instantes después, se acercó a él con una camiseta limpia y un pantalón corto informal, pero dudó antes de entregárselos.
—¿Por qué no te das una ducha? Te sentirías mejor. Hoy hace mucho bochorno. —Ladeó un poco la cabeza—. Tómate tu tiempo ahí dentro. Te lo mereces.
Craig la observó durante un momento. Andi sostuvo su mirada sin inmutarse. La sonrisa falsa que había en sus labios funcionó.
—Buena idea.
Le cogió la ropa de las manos y desapareció dentro del cuarto de baño. Un momento después, Andi oyó correr el agua de la ducha.
Tenía unos diez minutos, tal vez más. A veces le gustaba pasar mucho tiempo bajo el chorro de agua, alternando agua fría y caliente hasta que se sentía relajado.
Su teléfono estaba en la encimera, junto a la llave del Mercedes.
Andi conocía el pin de acceso y lo desbloqueó rápidamente, luego abrió la lista de llamadas recientes.
Había cientos... Craig pasaba la mayor parte del tiempo al teléfono, pero ella creía que en algún lugar de aquella interminable lista de números podía haber alguno que estuviera fuera de lugar.
Como, por ejemplo, el número del Departamento de Biología Marina de la universidad, el de un banco donde no tenían ninguna cuenta y en el que Andi había hecho una entrevista para un puesto de cajera o el de una clínica dental a la que no iban, donde le habían hecho una entrevista para un puesto de recepcionista.
No había tiempo suficiente para buscar. En lugar de eso, Andi empezó a hacer fotos de sus llamadas recientes, una pantalla tras otra, hasta que llegó al final de la lista, bloqueó el teléfono y lo volvió a dejar en la encimera, donde lo había encontrado.
A salvo en la cocina, mientras mantenía el oído atento a los ruidos provenientes de la ducha, revisó las imágenes buscando números que pudiera reconocer.
No encontró el número de la universidad, pero sí el de la clínica dental, y también el de Brisbane Corporation, la empresa en la que había hecho una entrevista para un puesto de atención al cliente hacía un mes.
Estaba allí, mirándola a la cara, la asesina de toda sospecha.
La certeza.
La portadora de un dolor inimaginable.
La había retenido como si fuera un rehén, cautiva tras los muros de ladrillo de una enorme mansión de las afueras, para que limpiara la casa e hiciera de anfitriona para sus invitados.
Ya no podía negarlo, por mucho que deseara que no fuera cierto.
Cuando Craig salió de la ducha, con el cabello mojado peinado hacia atrás, pero separándose al azar bajo su propio peso, la encontró vestida con vaqueros y una camiseta vieja de Bon Jovi.
Las sandalias habían desaparecido y en su lugar estaban sus Reebok favoritas.
Justo al lado de sus pies, había una pequeña bolsa de viaje con lo poco que realmente consideraba suyo.
En el momento en el que Craig la vio, se detuvo en el umbral, paralizado.
—¿Qué está pasando?
Andi se puso de pie y le puso el colgante azul en la mano.
—Quiero el divorcio.