La chica que mataste 30
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VESTIDO

Ese día de mediados de septiembre era tan tórrido como uno de julio y el aire era húmedo, polvoriento e irrespirable.

Craig había decidido salir antes del trabajo y se detuvo en el centro comercial The Galleria de camino a casa.

Había planeado hacer una visita a Neiman Marcus para comprar un vestido para Andi.

Ella usaba una talla treinta y seis, aunque podría entrar en una treinta y cuatro si se esforzara un poco, pero él ya estaba resignado a comprarle la treinta y seis.

Su barriga estaba creciendo y sobresalía como si fuera un pulgar hinchado a través de cualquier tejido que quedara demasiado ajustado a su cuerpo. Era una pena.

Aparcó en la parte sur del centro comercial y se detuvo a comer algo antes de ir de compras. Como no le gustaban las cadenas de comida rápida, optó por The Cheesecake Factory. Su piccata de pollo no estaba mal.

Aún estaba esperando la cuenta cuando vio a una rubia alta que se dirigía hacia la salida.

Ella representaba todo en lo que quería que Andi se convirtiera.

Elegante, refinada, apestaba a dinero y a lujo, con un culito prieto apenas cubierto por una minifalda roja elástica y unos pechos perfectos asomando por la delicada tela semitransparente de su blusa blanca.

Sus tacones de aguja eran unos Louboutin del mismo modelo que quería regalarle a Andi por su cumpleaños, de charol negro con puntera abierta y suelas rojas. Los tenían en Neiman Marcus. Podía comprárselos también, ya que estaba allí.

El pelo de la mujer era deliciosamente liso, le llegaba hasta la mitad de la espalda y tenía unas mechas finas que le daban dimensión.

Ondeaba como hebras de seda mientras ella se paseaba, contoneando las caderas sobre aquellos tacones de diez centímetros, avivando su imaginación.

¿Cómo sería sentir esa ola de seda rozando su cuerpo duro y desnudo?

Algo se agitó bajo su cinturón. Murmuró una palabrota en voz baja y luego bebió un sorbo de agua helada, sin dejar de mirar las largas piernas de la mujer mientras ella estaba a punto de salir del centro comercial. Llevaba una bolsa con la Medusa de Versace.

Ahí era donde tenía que comprar el vestido de Andi. Al diablo Neiman Marcus.

Resultó ser una decisión estupenda.

Versace tenía justo lo que buscaba: un minivestido negro sin mangas con un generoso y profundo escote y detalles dorados. Unos treinta minutos más tarde, estaba en casa, feliz de descubrir que Andi estaba levantada y con un aspecto un poco mejor que el del día anterior.

—Hola —lo saludó cuando entró por la puerta—. Llegas pronto. —Le sonrió desde el fregadero de la cocina, donde estaba llenando el lavavajillas.

—Y vengo con regalos para mi hermosa mujer —anunció, ofreciéndole la bolsa de Versace.

Tras limpiarse las manos a toda prisa, ella cogió la bolsa y sacó el vestido.

—Madre mía, Craig, este vestido es increíble —dijo mientras le lanzaba una mirada que le hizo fruncir un poco el ceño. Había una pregunta tácita en sus ojos, una preocupación que no le gustó nada—. Y también hay unos zapatos —añadió, sacando la caja con el logotipo en cursiva de Louboutin.

—¿No quieres probártelo? —Craig se sentó en un sillón, apoyó los codos en los reposabrazos y juntó las yemas de los dedos.

Andi ladeó la cabeza de forma juguetona.

—Eso te gustaría, ¿verdad?

—Mucho —susurró, con una voz grave, cargada de deseo.

Andi desapareció en el dormitorio con el vestido y los zapatos y lo dejó esperando durante unos minutos que se le hicieron muy largos. Cuando por fin salió, se le cortó la respiración.

No podía ser más sexi. Estaba perfecta.

El teléfono de Andi emitió un pitido. Echó un rápido vistazo a la pantalla y luego le sonrió, girándose despacio, lo que hizo tintinear sus largos pendientes de amatistas.

—¿Qué te parece? —Se mordió el labio inferior, volviéndolo loco—. ¿Es lo bastante corto para ti? ¿O debería añadir un cinturón?

—Ajá —respondió él, luchando por no moverse del sillón cuando lo que ansiaba era tomarla con cada fibra ardiente de su cuerpo—.

Un cinturón estaría bien. —Todos y cada uno de los once hombres que habían confirmado su asistencia a la próxima fiesta tendrían una erección, pero a aquella sensual reina del baile solo se la podía follar él.

Andi levantó los brazos por encima de la cabeza en una pose elaborada, desviando la mirada hacia un lado, con un atisbo de una extraña sonrisa en los labios. Su falda se levantó con el movimiento, dejando al descubierto un poco más de sus muslos.

—Date la vuelta despacio —susurró él, lamiéndose los labios.

Ella obedeció, sin dejar de mirar hacia otro lado, perdida en sus pensamientos. ¿Por dónde vagaba su mente? ¿Qué estaba pasando por su cabeza? Había logrado cortarle el rollo con más eficacia que si le hubiera tirado un cubo de agua con hielos.

Frustrado, dejó escapar un largo suspiro.

—¿De quién era el mensaje? —preguntó con voz normal, sin rastro ya de excitación.

Los brazos de Andi cayeron como si fuera una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.

—¿Qué mensaje?

—El que acaba de llegarte. Ha sonado tu teléfono.

—Ah... Era de Janelle. Quiere que tengamos una noche de chicas el jueves de la semana que viene.

La mención de ese nombre le hizo apretar las mandíbulas y rechinar los dientes. «Maldita Janelle».

—No te preocupes —respondió ella con dulzura en la voz—. Ya le he dicho que no puedo. La próxima fiesta es ese día, ¿verdad?

—Sí —contestó Craig, con una sonrisa de oreja a oreja.

Abdi estaba aprendiendo cuáles eran sus prioridades y su lugar. El pelo tardaría un tiempo en crecer y necesitaría bastante arreglo para estar perfecto, pero él seguía deseando tenerla de rodillas, allí mismo, frente al sillón, mirándolo mientras le desabrochaba el cinturón.

Estirando el brazo en dirección a ella, le susurró:

—Ven aquí.

Andi no se movió, permaneció de pie a pocos metros de distancia, con una extraña expresión en el rostro.

—¿En qué estás pensando?

Ella se quitó los tacones y se sentó en otro sillón; luego cruzó las piernas con rapidez, no como en Instinto básico , sino como si estuviera en un dormitorio universitario. De manera fría, práctica y nada sexi.

—Si consigo un trabajo de lo mío en el Instituto Oceanográfico Scripps de San Diego, ¿considerarías la posibilidad de que nos mudáramos allí?

Craig casi se atragantó del susto. No había descanso con ella... ¿Qué le pasaba a esa mujer? ¿Cuándo iba a olvidarse de eso?

—¿Y empezar de nuevo en el sector inmobiliario en California? —consiguió decir en tono normal y equilibrado; su voz no transmitía nada de la rabia que sentía bullir en su interior.

Andi sonrió.

—Cuanto más caras son las viviendas, mayores son las comisiones.

—Sí... Eso es verdad.

Craig frunció el ceño, considerando la inesperada idea sin encontrar muchos inconvenientes.

En primer lugar, esa molesta zorrita, Janelle, y el gilipollas del padre de Andi quedarían en el olvido.

Por supuesto, tendría que empezar de nuevo, encontrar a los Donati y Haskett de California, pero ya lo había hecho una vez.

Seguro que podría volver a hacerlo. La única pregunta era si Jude consideraría mudarse.

Porque sin él, nada tenía sentido. Sin duda tenía el dinero suficiente para que pudieran empezar de nuevo en la Costa Oeste, pero ¿lo haría?

Miró a Andi, estudiando su rostro. No parecía haber conseguido aún el trabajo de San Diego; su pregunta no tenía la urgencia que habría conllevado eso.

Estaba tranquila y relajada, pero también un poco distante, casi aprensiva.

No tenía ningún sentido. Tal vez era todo culpa de la tontería esa del embarazo.

Por lo que había leído en Internet sobre el primer trimestre, era un milagro que la especie humana hubiera sobrevivido.

Las mujeres se convertían en auténticos zombis, con un lío de hormonas y cambios de humor y todo tipo de cosas desagradables como pechos caídos, retención de líquidos y aumento de peso. «Mierda».

Mudarse a California podría ser una buena idea.

Se inclinó hacia delante, sonriendo.

—Si eso te hiciera feliz, estaría dispuesto a hacerlo. Haría cualquier cosa por ti.

¿Cómo demonios no había pensado antes en California y en su mercado inmobiliario en alza? Jude estaría encantado. Pero Craig quería hacer una cosa antes.

Se levantó y se acercó a ella despacio, desnudándola con la mirada, mientras observaba sus reacciones para ver si el fuego que estaba encendiendo se extendía.

Andi respondió un poco más despacio de lo habitual, pero le cogió la mano y se levantó; luego aceptó su abrazo y lo besó con pasión, gimiendo con cada respiración.

Una lágrima rebelde encontró inexplicablemente su mejilla, pero ella no lo apartó, no dejó de besarlo y empezó a desabrocharle los botones de la camisa con dedos fríos y temblorosos.

Con suavidad, centímetro a centímetro, Craig le bajó la cremallera del vestido y lo deslizó fuera del cuerpo de su hermosa mujer como si desenvolviera un extravagante regalo atado con un elegante lazo de seda.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Cuándo fue la última vez que vio a su hija?

DOCTOR HUNTER WILMORE: El siete de octubre. Era jueves.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Y dónde fue?

DOCTOR HUNTER WILMORE: En el Centro de Rehabilitación Cardiaca, donde he estado desde mi ataque al corazón. Vino a verme. Venía casi todos los días.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Mencionó Andrea Wilmore Brafford algo fuera de lo común?

DOCTOR HUNTER WILMORE: No. Sin embargo, se sentía mal. Estaba pálida y le temblaban las manos.